Nación.

Salvador Zúniga arranca lágrimas con emotiva carta inspirado en Berta

Salvador Zúniga de la Coordinadora Indígena del Poder Popular

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Por: Redacción CRITERIO

redaccion@criterio.hn

Tegucigalpa.-La sensibilidad humana y la memoria retrospectiva sacaron lágrimas a Salvador Zúniga la madruga de este sábado al escribir una carta en la que expresa el amor por la extinta Berta Cáceres; un sentimiento tan profundo que va más allá y se ha extendido de lo carnal a lo espiritual.

Zúniga es el hombre que Berta escogió como esposo y padre de sus cuatro hijos, sin embargo algunas cosas de la vida los habían separado, pero ahora los recuerdos los han vuelto a unir y a reafirmar esa lucha por la defensa del medio ambiente, los bienes comunes y los derechos del pueblo lenca.

CRITERIO quiere compartir con sus lectores la carta que Salva, como le decía Bertita, escribió y que desde ya se ha vuelto viral en las redes sociales.

Una veladora Roja para Bertita.

Por: Salvador Zúniga
Hace unos pocos días se celebró en Honduras el día de las madres, desde unos días antes me sentía con una fuerte depresión, sentía la lengua gruesa, nudos en la garganta y de cuando en cuando salían mis lágrimas incontenibles. Me agobiaba la depresión al ver a mis hijas e hijo que pasaban en imágenes claras por mi mente.

No pude evadir el llanto al estar cerca de la dulce y heroica madre de Bertita. Caminaba sin rumbo con una ansiedad horrorosa a pesar del ejercicio mis pies estaban helados, en ese andar me fui a la tienda de la iglesia y compre una veladora roja para ir a ponerla en la tumba de Bertita. Al estar ahí me senté a ver las flores que adornan el lugar donde descansan sus restos, saqué un cigarrillo, lo prendí queriendo calmar mi pena. Recuerdos me halaron a un tiempo atrás cuando en su casita me dijo; – Voy a hacer comida y vamos a comer juntos. Ese gesto no era tan común pues Bertita no era tan dada a esos menesteres y entendí que florecía en nosotros un amor espiritual, ese amor que esta sobre los deseos de la carne. Llegó la hora de comer me sirvió y se sirvió, -Que cosas dije en mi mente, -Somos raros, quien lo podría creer.

-Qué comida tan rica, le dije. -¿Te gusta? Me dijo. –Claro está muy buena. Le agradezco. Le dije. Yo también te agradezco que me hayas ayudado a limpiar la casa. -Eso no es nada, usted sabe que a mí me gusta el oficio de la casa. Le dije -Una cosa Salvador y te lo quiero decir para que lo sepas, gracias porque a pesar de que nos enfadamos por un tiempo, por lo que ya sabes, te agradezco mucho que me hayas sacado aquella información tan importante para la lucha, yo sé que te arriesgaste, te pudieron matar. – No para nada- No creas esa gente es jodida,- Exagera. Le respondí.- Bueno pudiste pagar un costo político, tu imagen. – Eso a mí no me importa, lo importante es si le sirvió, realmente no fue tan difícil, el conflicto daba para entender ese papel. Le respondí– Yo sabe que le agradezco pero tanto, todo lo que hace por las cipotas y el Salva, es que yo es muy poco lo que les puedo ayudar y a mi edad no consigo un trabajo tan fácil. – ¿Y qué pensás hacer? – Irme mojado para los Estados Unidos, y a propósito usted que tiene contactos, no puede ayudarme a conseguir la visa, mire que si me voy, les podré ayudar más a los cipotes.- Si me dijo. Estoy esperando a una amiga, ella es Brígida y con ella te puedo conseguir una invitación.
Regresé de aquellos recuerdos, tomé la veladora roja y la encendí, casi se me cae, el viento casi me la apaga, sentí inseguridad en mi propósito era como cuando le entregué aquel poema de Mario Benedetti envuelto en una bolsita plástica y que se me cayó antes de que lo tomaran sus manos.
Recordé un par de versos. Tus manos son mi caricia contra la mala jornada. Si te quiero es porque eres mi amor mi cómplice y todo. Era mi declaración de amor y ella sin rodeos me dijo que saliéramos y salimos y nos dimos el primer beso en el llano de Lepaterique, se le cayó la bolsita de los pocos chorros que habíamos encontrado en medio de los bosques.
El vientecito del cementerio me refresco la cara y mi corazón se aliviaba poco a poco y traje a mí las palabras que le decía cuando tirados en el suelo boca arriba, en las noches estrelladas le señalaba una estrellita que cambia de colores y son colores muy tiernos y suaves- Esa es usted, esa estrellita multicolor, esa estrellita que pispilea para lucir muchos colores. – No me dijo. -Esa estrellita será nuestra forma de comunicarnos cuando no estemos juntos, yo la miraré y vos la mirás y a través de ella nos comunicaremos y con los colores nos diremos lo tanto que nos amamos.
Cierta noche después de una dura faena, saqué mi plástico para dormir y me puse a ver el firmamento. La nostalgia me acompañaba, ella no estaba conmigo y de pronto vi aquella estrellita que tiraba luces de varios colores, y sentí que estábamos en una gran comunicación, no es posible contarles el coloquio de aquella noche en la que el desprendimiento de las estrellas fugaces fue un adorno perfecto.
El suave viento me apagó la veladora roja y en medio de recuerdos, dolores en el corazón y las articulaciones de las piernas me levante a encender el fósforo y prenderla de nuevo.
En los cartuchos blancos se aglomeraban las abejas amarillas y negras y el zumbido acompañó mis pensamientos en que por qué no haber agradecido todo el esfuerzo permanente a través de su fructífera vida por un mundo diferente en donde reine la libertad, la justicia y el amor.
El silencio de los sepulcros facilitó que mis pensamientos brotaran y con ellos realicé un homenaje a aquella heroína de nuestro pueblo que derrotó a las buitres que quieren a toda costa adueñarse de los bienes comunes. Los derrotó y ahora se exhiben tal cual son asesinos, mafiosos y cobardes.
De pronto vi las caras de las Bertitas, como les dicen ahora a las flaquitas y la carita de Salvita, las imágenes de sus rostros pasaban alegres -y cómo no? Dije. -Si son hijos de una madre a la que los asesinos no pudieron matar, lejos de eso, ella se multiplicó y se inmortalizó.
La veladora roja enseñaba afanosa el sagrado fuego y pensé en que ciertamente la vida me había traído a una situación para la que nunca pude haber estado preparado, este extremo jamás pensé en vivirlo. 
Un día de noviembre del 89, creo que era el 14 o 15, se me quedó en una retirada en la colonia los Conacastes y al ver que la esquina donde ella estaba fue bombardeada por la Fuerza Aérea fascista y el fuego se levantaba, yo preguntaba asustado -¿dónde está Laurita? Y por circunstancias de vida o muerte, nos tiramos al suelo, entre maniobras tácticas y con un miedo no a mi muerte si no a la de ella, escribí con piedritas y con un inmenso amor su nombre de combate, para suerte al pasar aquel episodio de miedo, nos encontramos, ella por la gracia de Dios, ilesa.
La veladora roja sigue moviendo su llama bailarina alentada por el fresco viento de la mañana y seguí elucubrando. 
Seguro ella no siempre me amó pero en muchas cosas y en las cosas más importantes creo que siempre confió en mí, al grado que en sus últimos momentos pidió que me llamaran.
Mi culpa es no haber acudido y eso me llena de tristeza, pero la vida es así, a cada quien nos toca vivir episodios difíciles.
Ya cuando me dispuse a marcharme saqué de mi bolso la toallita blanca, saque una postal que guardo con inmenso amor y leí llorando el texto que dice: -Salvador: mi corazón infinito, el espíritu que vive adentro de mí desde mis pies hasta mi pelo, eso sos vos, te amo tanto. Sos el mar que golpea en mí, el cielo que no termina. Sos mi horizonte, mi alegría y felicidad. Te amo mi amor dulce y tierno. Bertha.
Me pare frente a su tumba y dije con convicción aquí solo yacen sus restos, su espíritu está en los ríos, las montañas y en las personas que luchan por construir una sociedad más justa y más humana.
Por la noche a pedido de Laurita segunda, regresé al camposanto y mientras ella cantaba a su madre “La Gota de Rocío» de Silvio Rodríguez, levanté mis ojos al cielo y como un regalo de Dios, apareció la estrellita multicolor y mande muchas sentimientos de amor a quien ustedes ya saben y de no ser por Camilo que casi me bota de un empujón, quizá hubiera pasado mucho más tiempo en aquel éxtasis espiritual.
La veladora roja siguió alumbrando el lugar donde descansan los restos de Bertita.

La Esperanza Intibucá 14 de mayo del 2016

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