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Por: Víctor Meza

La palabra normalidad, junto a múltiples términos compuestos y derivados, se ha puesto de moda. No son pocos los que esperan, con bovina paciencia, el regreso pasivo a la “normalidad”. Otros, airados y descompuestos, la reclaman y exigen con impaciencia incontrolada. No faltan aquellos que se interrogan sobre el tipo de normalidad que se demanda y oscilan en la incertidumbre y desconcierto entre la vieja o la nueva “normalidad”. Para cerrar el círculo y agregar confusión al tema, más de alguno se pregunta sobre lo que significa la “post modernidad” o la “modernidad post pandémica”. Hay para todos los gustos.

La crisis sanitaria generada por la pandemia del coronavirus ha puesto en jaque al mundo entero, a unos países con más fuerza y perjuicio que a otros, a algunas comunidades en forma más devastadora y terrible que a otras. Pero, en el fondo, nadie – o muy pocos – escapan a su siniestro impacto. Nosotros, aquí en nuestras honduras, lo experimentamos a diario y debemos saberlo muy bien.

Lo que ayer era futuro, mañana puede ser pasado. La normalidad que prevalecía antes no debe ser la nueva normalidad que deberemos construir y articular mañana. La crisis, en este sentido, se nos presenta como una gran oportunidad, como una ventana abierta hacia un panorama que, si lo hacemos bien, podría ser mucho mejor y venturoso que el que prevalece hoy. Todo es cuestión de perspectiva y de voluntad. No en balde, el ideograma chino que significa crisis representa, al mismo tiempo, la idea de oportunidad.

Por ahora, el debate indica que la discusión gira en torno al llamado “retorno a la normalidad”. Pero ¿a cuál normalidad? Porque regresar a lo de antes como que no tiene sentido, significa una involución pasiva, sin creatividad ni ingenio, sin novedad. Equivale a repetir el pasado, sin dar muestras de haber aprendido las inevitables lecciones que nos deja y enseña cada día el Covid-19.

Se trata, en el fondo, de crear una “nueva normalidad”, acorde con las lecciones aprendidas o por aprender y, sobre todo, congruente con las nuevas facetas y características que deberá tener el futuro modelo de relacionamiento social y de convivencia comunitaria que la vida nos sugiere.

Hasta el momento la discusión gira y gira en relación con los plazos y las fechas antes de volver a la “vieja normalidad”. El debate se construye en torno al tiempo. En cambio, la esencia del problema no reside en la fecha sino en el sistema, como afirman reconocidos expertos a nivel mundial. ¿De qué sirve volver a las antiguas prácticas, conservando al mismo tiempo los viejos marcos teóricos de funcionamiento? ¿Qué sentido tiene seguir haciendo lo mismo y obteniendo los mismos resultados? La clave está en otro lado. Está en el modelo de funcionamiento y gestión de la salud pública.

Preguntémonos, ¿Qué clase de sistema es este que convierte la salud pública en mercancía comercial, que somete la vida de la gente a los vaivenes y exigencias de la ganancia privada? ¿Es acaso este un sistema apropiado para garantizar la salud más elemental a las personas? Por supuesto que no.

Todo el sistema de salud pública está en crisis. La pandemia solo ha servido para ponerla más en evidencia y revelar sus profundas y purulentas grietas. Ha llegado la hora de cambiarlo.

Pero ¿acaso sólo el sistema de salud pública? Claro que no. La transformación, para que sea válida y real, debe ser integral y profunda, de largo plazo y de carácter estatal. Se requiere, pues, una reforma integral del Estado hondureño, un conjunto de cambios profundos que le permitan a nuestra sociedad un modelo de vida diferente, libre de tantos y repugnantes vicios, a salvo de tantos pillos y trúhanes que se han apoderado de los eslabones principales de la cadena estatal para ponerla a su exclusivo y egoísta servicio. Es la hora y la oportunidad del cambio.

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