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Los grandes desafíos de contabilizar el riesgo climático

Por: Gernot Wagner y Tom Brookes

NUEVA YORK – Se supone que los economistas son buenos a la hora de entender el riesgo. La toma de decisiones frente a la incertidumbre, después de todo, es el elemento básico de la disciplina. Sin embargo, en un momento en el que los riesgos del mundo real –geopolíticos, macroeconómicos, financieros, de salud pública y ambientales- no paran de crecer, muchos economistas parecen desorientados.

Si bien las empresas y los inversores ganarán mucho dinero si logran evaluar y atravesar correctamente el contexto de riesgo actual, nadie parece tener una buena explicación de por qué estamos donde estamos. Esto es especialmente válido en el caso del cambio climático: hoy resulta evidente que los riesgos se han subestimado de manera sistemática y, por ende, se han valorado erróneamente desde el vamos.

Una explicación es que los participantes de mercado no supieron entender el tamaño y la probabilidad del riesgo, porque han venido pensando en la cuestión de manera equivocada. El sistema climático no es como un casino con desenlaces y probabilidades bien definidas. Como señalaba un comentario de 1987 en Nature, los cambios en los sistemas de nuestro planeta pueden generar todo tipo de “sorpresas desagradables”.

Es como si estuviéramos jugando con mazos de cartas que incluyen una cantidad desconocida de comodines. Asimismo, también debemos tener en cuenta el conservadurismo inherente de la ciencia. Los investigadores climáticos, en especial, tienden a pecar de precavidos.

Un caso clásico es la cuantificación del ascenso del nivel del mar. En términos generales, los niveles del mar aumentan por tres razones: derretimiento de las capas de hielo polar, derretimiento de los glaciares internos y el hecho de que el agua más cálida ocupa más espacio.

Pero en los informes del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático a comienzos de los años 2000, las cifras globales sólo tenían plenamente en cuenta el derretimiento de los glaciares y la expansión termal. Los científicos por supuesto sabían que el calentamiento global podía derretir el hielo polar, y que este efecto podría ser el de mayores consecuencias de los tres.

Pero como las estimaciones de con qué velocidad se derretirían los polos diferían tanto en aquel momento, fueron excluidas de las cifras globales.

Esa omisión se ha corregido desde entonces. Pero hoy son los economistas los que están rezagados a la hora de cuantificar los daños económicos asociados con los niveles crecientes del mar y los muchos otros riesgos e incertidumbres interrelacionados que acompañan al cambio climático. Cuantificar el daño relacionado con el clima es una tarea laboriosa; y en un contexto académico que premia las nuevas ideas por sobre lo que podría parecer un simple ejercicio de “contabilidad”, no es el tipo de trabajo que genera demasiada recompensa o reconocimiento.

De todos modos, los economistas, entre ellos Simon Kuznets, el “padre” del producto interior bruto, han sido algunos de los principales críticos de las métricas económicas que pretenden representar el bienestar general. El PIB es central para el análisis macroeconómico, pero deja de lado otros muchos indicadores importantes, como los que miden la salud humana y planetaria. Los bosques existentes y el aire y agua limpios no tienen ningún valor en la contabilidad del ingreso nacional a menos que entren directamente a la economía como factores de producción.

Afortunadamente, una iniciativa de la administración del presidente norteamericano, Joe Biden, apunta a corregir esta deficiencia al desarrollar un nuevo conjunto de “estadísticas para las decisiones económico-ambientales”.

Si bien este esfuerzo no es el primero de su tipo en el mundo, está entre los más ambiciosos. El objetivo es suplantar al PIB por un conjunto de cuentas mucho más integral, y luego utilizar esta nueva métrica como guía para las decisiones en torno a las políticas.

Hace mucho tiempo que hace falta un cambio de este tipo. El cambio climático tal vez no se habría convertido en el problema que representa hoy si se hubieran incorporado los daños que ocasiona en las cuentas nacionales desde un principio.

Esto apunta a una segunda razón igualmente importante de por qué el clima y otros riesgos se han valorado erróneamente. Una cosa es que los científicos, los economistas y los miembros informados de la población reconozcan que muchos riesgos e incertidumbres no se han valorado correctamente; otra muy diferente es adoptar políticas que desalienten a las empresas de transferir esos riesgos a la sociedad. 

Para los líderes empresariales, el mayor riesgo climático, según un sondeo reciente del Banco de la Reserva Federal de San Francisco, es que el cambio climático influirá en las “reglas y regulaciones relacionadas con nuestras empresas”.

Los ejecutivos, correctamente, anticipan que los responsables de las políticas querrán que ellos paguen por las emisiones de gases de efecto invernadero y otras externalidades negativas en lugar de que se les permita socializar esos costos.

Esas medidas inevitablemente caerán en el terreno de la política, pero los economistas no deben confundir sus preferencias políticas con una política sólida. Quienes están inclinados ideológicamente a considerar al “libre” mercado como un principio guía para organizar a la sociedad deben reconocer que un mercado puede funcionar bien sólo cuando se consideran y se pagan todas las externalidades.

Otra iniciativa contable de la administración Biden podría ayudar en esto. Las reglas propuestas por la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos para divulgaciones relacionadas con el clima obligaría a las empresas a estandarizar y reportar el impacto de sus operaciones en el clima y también los riesgos que el cambio climático plantea para estas operaciones.

El esfuerzo de la SEC no les pide a todos los contaminadores que paguen por su propia contaminación; por el contrario, deja en manos de los inversores decidir qué hacer con la nueva información.

Los economistas deben defender el eje fundamental que desempeña su consejo en la toma de decisiones políticas. Las fuerzas políticas y los intereses especiales que inciden en esta cuestión distorsionarán su consejo y criticarán a los asesores. Pero eso no debe convertirse en una excusa para la inacción. La honestidad intelectual exige que los economistas y los responsables de las políticas lidien con la manera en que los nuevos riesgos e incertidumbres pueden afectar los resultados.

Contabilizar lo que se conoce ya es bastante difícil. Tener en cuenta los riesgos e incertidumbres difíciles de valorar como los puntos álgidos en materia de clima es aún más difícil. Pero reconocer estos riesgos e incertidumbres deja en claro que la acción política debe tener lugar más temprano que tarde.

Gernot Wagner, economista climático en la Escuela de Negocios de Columbia, es el autor, más recientemente, de Geoengineering: The Gamble (Polity, 2021). Tom Brookes es director ejecutivo de Comunicaciones Estratégicas en la Fundación Europea para el Clima.

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