El reto de Bukele
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Las tribulaciones de la derecha

Por: Rodil Rivera Rodil

El bipartidismo sigue culpando a Libre de todos los males que padece Honduras, en lo que muchos solo ven nuestro revanchismo político tradicional. Y algo hay de eso, sobre todo, en la actual cúpula del Partido Liberal, tildada de “lado oscuro”, la que, en su afán de desquite, destila un odio tan visceral que algunos de sus voceros no vacilan en exigir el encarcelamiento de dirigentes y ex funcionarios de la pasada administración, que lo priven de representantes en los organismos electorales y hasta que le cancelen su inscripción; y, paradójicamente, lo piden en nombre de la democracia.

Pero el Partido Nacional persigue, además, dos objetivos un tanto diferentes, el primero, desviar la atención de la opinión pública sobre su pobre gestión gubernamental, la que puede resumirse en que no ha hecho nada realmente significativo para el país y sus múltiples problemas, excepto para los empresarios  -y para los grandes principalmente-,  y lo más importante, en que no sabe a ciencia cierta para dónde va, por lo que, con ocasión de sus 100 días de gobierno, recibió duras críticas de prácticamente todos los sectores de la sociedad. Y el segundo, mantener en la llanura a Libre y al propio Partido Liberal para entronizarse en el poder; los liberales pecan de ingenuos si creen que sus sempiternos adversarios en verdad los quieren de socios para manejar la cosa pública y se niegan a reconocer que les será extremadamente difícil, sino imposible, recobrar el poder sin la cooperación de Libre. Imprudentemente, están ignorando que el presidente del Congreso ya inició su campaña electoral, y más aún, que los nacionalistas llevan el continuismo incrustado en su ADN

De otra parte, lo que estamos presenciando son las reacciones de la derecha, digamos normales, contra quien sea que abogue por transformaciones sociales, con la salvedad de que aquellas no siempre han sido electorales o pacíficas. Aquí mismo, en Honduras, únicamente desde la segunda mitad del siglo anterior, tuvimos dos golpes de Estado bajo el pretexto anticomunista. Y estuvimos a punto de tener un tercero si hubiera tenido éxito la conspiración que montaron varios diputados y líderes liberales y nacionalistas con algunos militares retirados para presionar a las Fuerzas Armadas a que depusieran a la presidenta Castro.

Y hay casos en los que la derecha delirante se enardece sobremanera y lleva hasta lo indecible su radicalismo doctrinario y religioso. Así aconteció en España en 1939, en donde el general Francisco Franco, luego de derribar mediante un golpe de estado seguido de una guerra civil a la coalición de fuerzas republicanas y socialistas que había instaurado la Segunda República en 1931, implantó una dictadura de inaudita crueldad “en defensa de la fe católica, apostólica y romana”.

La represión fue implacable. Entre otras barbaridades  -relata el notable escritor español Arturo Pérez Reverte-,  los partidos políticos fueron declarados fuera de la ley, menos la Falange fascista que quedó como partido único; se decretó la pena de muerte para toda actividad sindical o huelguística; se le entregó el control absoluto de la vida educativa y cultural al clero católico; se separó a niños y niñas en las escuelas, pues la enseñanza mixta se consideraba un crimen contra las mujeres decentes; se suprimió el matrimonio civil y el divorcio, este último con un insólito efecto retroactivo que causó un tremendo desparrame familiar, y hasta el baile fue censurado por la Iglesia católica porque “atentaba contra la Patria y era la tortura de confesores y feria predilecta de Satanás”. En definitiva, se impuso el “nacionalcatolicismo”, a manera de réplica del nacionalsocialismo de Hitler, que transformó a España en “un triste país de cuartel, oficina y sacristía, un mundo en blanco y negro”, al que el papa Pío XII no tuvo inconveniente en proclamar como “Nación elegida por Dios y baluarte inexpugnable de la fe católica”.

No obstante, para la historia, el régimen franquista -al igual que el neofascismo y el ultra catolicismo de hoy en día-, quedó mejor retratado en la consigna lanzada por el general José Millán-Astray el 12 de octubre de 1936 en el propio paraninfo de la Universidad de Salamanca: “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!”, y en nombre de la cual fueron asesinados centenares o miles de intelectuales, entre ellos, uno de los más grandes poetas de la literatura universal, Federico García Lorca.

Por mi parte, no creo que la derecha nacional, por antediluviana que sea, llegue a tanto, no sería muy sensato de su parte en pleno siglo XXI, pero tampoco descartaría que pretenda volvernos un estado confesional aboliendo el laicismo; de hecho, ya comenzó queriendo convertir al Congreso Nacional en una iglesia de segundo piso. Ello, aparte del crudo neoliberalismo, sin una pizca de sensibilidad social, al que nos está sometiendo bajo la férula del presidente Trump, como lo evidencia, entre muchas otras, la abrupta reducción que había decidido sobre el plazo para el pago de la luz, que enseguida revirtió por motivos meramente electoreros, y la supresión de los subsidios, eufemísticamente llamada “focalización”.

Y todo para justificar, y forzar, mediante la monumental campaña de presión que ha desatado, la privatización de la ENEE (el sueño de JOH), que su gerente y el ministro de Finanzas niegan cínicamente basándose en que la empresa va a subsistir como tal, pero sin aclarar que con su partición quedará ya solamente dueña de El Cajón, con sus enormes costos de operación y mantenimiento, y cargando con su millonaria y casi impagable deuda, en tanto que a los empresarios se les va a entregar en bandeja de plata la comercialización y sus anexos, esto es, su función fabulosamente lucrativa, tanto que, solo a las compañías de energía, la ENEE les paga más de mil millones de lempiras mensuales. Lo que inexorablemente acarreará, en relativamente poco tiempo, paulatinas pero imparables alzas de precios, tanto al sector residencial como al comercial e industrial. Y esto, claro está, porque los hombres de negocios no invierten para perder sino para ganar, y cuanto más mejor.

Y como si esto no fuera suficiente, la derecha ya planificó, con lujo de detalles, cómo le va a entrar a saco al presupuesto nacional, con decretos de emergencia, licitaciones opacas, compras directas más opacas todavía, fideicomisos a granel, ayudas a diputados liberales indigentes, bacheos poco verificables y otro sinfín de trucos neoliberales. 

Pero el bipartidismo no las tiene todas consigo. Basta leer el diario oficial del Partido Nacional  -plagado, por cierto, de ofensas y sectarismo-  para enterarse de los pormenores de su conflicto interno, cada vez más áspero, y con el poder poco menos que fraccionado, sin contar con que sobre su cercano porvenir se cierne la inexorable desaparición de la escena política de su padrino, Donald Trump, y la amenaza del regreso de Juan Orlando Hernández para recuperar su antigua influencia y complicarle más la vida, y lo anterior, sin tomar en cuenta el desgaste que le espera, que al ritmo que va puede ser catastrófico.

El Partido Liberal, por su parte, se halla igualmente inmerso en un duro enfrentamiento, reto a duelo incluido, entre el ingeniero Salvador Nasralla y sus actuales dirigentes, por lo que es previsible que al primero le intenten impedir por todos los medios que sea nuevamente candidato a la presidencia, lo mismo que a cualquier otro que no comulgue con el maridaje contraído con los nacionalistas  -si es que dura tanto-  y en el que los liberales no son precisamente el marido, y no digamos, un buen marido, como lo están aprendiendo por las malas los viceministros rojiblancos. Y si los del lado oscuro piensan que ese contubernio les va a granjear el apoyo de sus bases y simpatizantes para los siguientes comicios, me temo que están muy equivocados. Y menos incurriendo en dislates como nombrar diputados sin haber sido electos, y por si fuera poco, que puedan ser ex presidentes del Congreso sin haber sido presidentes. 

Y finalmente, no sé qué diablos está esperando Libre para pasar la página y empezar a revisar su ideario, su centralismo democrático, sin excluir la escogencia de sus cuadros y candidatos, y adoptar una flexible estrategia y táctica de oposición que pueda servirle para construir una futura alianza electoral en la que se convenga, previa y públicamente, un mínimo de cambios económicos y sociales, que quizás no sean los ideales, pero que gozarían del suficiente respaldo legislativo y de la ciudadanía, con lo que se evitaría la desagradable confrontación que se vivió en el gobierno pasado.

  • Abogado y Notario, autor de varios ensayos sobre diversos temas de derecho, economía, política e historia; columnista por cuarenta años de varios diarios, entre ellos, EL Pueblo, El Cronista, Diario Tiempo y La Tribuna, y diputado por el Partido Liberal al Congreso Nacional de 1990-1994.

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