La rebelión de la luminosidad: un proyecto contra la opacidad

Irma Becerra[1]

Thelma Mejía, periodista hondureña, en su reciente ensayo titulado “La (in)seguridad de la pandemia para las mujeres”, publicado en criterio.hn del 8 de junio de 2020, define a Honduras como “el país de la opacidad”. En conversaciones privadas señala que “le llamo Honduras de la opacidad porque la transparencia y la rendición de cuentas no ha sido una política pública en este país, ha sido un discurso pegajoso, pero incómodo cuando se tiene que aplicar. La corrupción es uno de los más claros ejemplos y quizá el más doloroso de ellos es la salida de la MACCIH, la sacaron quienes se sentían incómodos con sus acciones, los políticos, empresarios, gremios, etc. La MACCIH denunció una red de operación de corrupción que empezó a tocar a los ‘intocables’, con pequeños casos, pero esos los pusieron en evidencia y cómo se reaccionó: con leyes de blindaje: nuevo Código Penal; reforma a la ley orgánica del Tribunal Superior de Cuentas para limitar la acción fiscal; una ley de secretos; ley de inmunidad parlamentaria; la ley de los subsidios mediante el fondo departamental, y así van creando su propia institucionalidad de ‘protección legal’ que vuelve cada vez al Estado más opaco”. Frente a esto, Thelma Mejía señala, además, que “somos una cultura de ‘comodidad’ y eso nos vuelve tolerantes a la opacidad…somos un pueblo demasiado aguantador”.

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Desde esta perspectiva, en Honduras ha reinado la incultura de la opacidad contra la cultura de la transparencia y la luminosidad. Tenemos una mentalidad de resignación y abatimiento que nos lleva a no protestar y luchar contra la corrupción y su opacidad, y a esperar que sean los “gringos” o los extranjeros los que nos resuelvan los problemas. Somos un tanto “cínicos” señala el estudiante de Filosofía, Elliot Lau, “y nos acomodamos y resignamos ante la opacidad”. También el historiador hondureño, Rolando Sierra, señala más o menos lo mismo que los anteriores autores: “La mayoría de los hondureños, según demuestran los estudios especializados, no confiamos en el otro y si no confiamos tendremos a ser oscuros y opacos. Y, por supuesto, este es un país donde no reina la verdad. La mayoría de los hondureños desconfiamos de los otros, por lo tanto, no vamos a actuar de forma transparente”. Siguiendo esta misma línea de pensamiento encontramos la definición del filósofo hondureño, Mario Coto, quien entiende la opacidad como “equivalente de oscuridad, ausencia de luminosidad o fría claridad sin calor…opacidad como ocultamiento, no reconocimiento, indiferencia”.

Estas definiciones resultan inobjetables al momento de caracterizar la mentalidad hondureña en la que predomina un fatalismo desvalorizante de lo hondureño y un abatimiento generalizado ante los conflictos, las circunstancias y los problemas que nos aquejan. Sin embargo, debemos señalar que dicho estado sicológico de la mayoría de la población tiene causas profundas en la historia de Honduras, la cual siempre se ha visto dominada por fuerzas foráneas y élites autoritarias que han gobernado a través de la fuerza bruta y represiva con un Estado autocrático y totalitario que roba descaradamente los fondos públicos y sostiene negocios ilícitos con el crimen organizado y el narcotráfico, manteniendo en la ignorancia al pueblo al que no se educa para someterlo a la sumisión, el temor y el terror generalizado que provocan la militarización y la criminalización de la protesta social y la población en general. Por eso, el que denuncia o disiente de la situación de terrorismo de Estado que se ha aplicado en Honduras y se aplica en la época actual, es eliminado físicamente o desaparecido por lo que muchos optan por guardar silencio antes que provocar a las falsas autoridades que nos gobiernan. En este sentido, lo que la incultura de la opacidad está haciendo con nuestra conciencia moral y del deber, es acostumbrando a la población a someterse ante la falta de escrúpulos y no es extraño que muchos niños de los barrios marginales ahora sueñen con ser sicarios o grandes capos de la droga.

Contrario a la incultura de la opacidad, la cultura de la luminosidad se puede definir como aquel modo de vida decente que tiene el valor de vivir los valores y de respetar los principios y las leyes de verdadera legalidad y legitimidad. Es, pues, el conjunto de hábitos, costumbres y tradiciones que no dañan ni destruyen a la persona humana y que se basan en esfuerzos, sacrificios y coraje ciudadanos por lograr edificar el bienestar común inclusive con leyes que benefician a toda la sociedad y que no solamente protegen a un grupo determinado o a un individuo en particular.

Ahora bien, ante la opacidad de la historia y la sociedad provocada por los individuos, los grupos y las familias que carecen de conciencia moral y cívica, ¿cómo avanza la cultura de la luminosidad en la historia? Pues a través de la presión social que resulta de la contradicción entre la legalidad de las instituciones y la ilegalidad de las acciones y los negocios ilícitos, contradicción a la que se tienen que enfrentar aquellas mafias que pretenden controlar el Estado y gobernar con “leyes de blindaje”, al margen del imperio de la ley al que creen y pretenden ignorar. Las mafias de todos los asuntos ilícitos se enfrentan así a la contradicción de tener que vérselas con la legalidad y la legitimidad de la sociedad y la ilegalidad de sus operaciones. Por eso cooptan y penetran las instituciones del Estado para ponerlas a su incondicional servicio. Pero esta opacidad no puede durar eternamente y está llena de conflictos y problemas porque dichas mafias siempre tienen que recurrir al torcimiento de la ley para imponerse. No obstante, lo anterior, las leyes verdaderamente legales terminan, a su vez, por imponerse porque el Estado es un organismo unido a la sociedad que no se encuentra por encima de ésta sino que la coordina y organiza de forma complementaria por lo que se debe a ella para sostenerse y siempre se ve obligado a rendir cuentas a la misma. Por eso la solución para Estados autocráticos cooptados por la ilegalidad del crimen organizado y el narcotráfico es la presión desde la sociedad y sus individuos más sensibles e inteligentes, los que como un conjunto organizado del pueblo deben exigir cada vez más dicha rendición de cuentas. Toda la sociedad debe unirse en la rebelión de la luminosidad para proteger la inocencia y la virtud ética de los mejores integrantes de la población que son la reserva moral que siempre existe en una sociedad, y para que el ejercicio legal de las funciones públicas y el cumplimiento de la ética del funcionario público y el ciudadano puedan hacerse realidad, cosas que no se pueden nunca obviar en una sociedad porque constituyen la función social de cohesión de la misma para evitar que los individuos se maten y se eliminen entre sí, que es lo que les ocurre a los mafiosos ya que les invade la venganza personal ante el irrespeto de las leyes.

Es la presión social ciudadana organizada que posee su vanguardia en los intelectuales mejor formados y más conscientes, la que termina por establecerse y posicionarse en diversas formas pacíficas de intercomunicación como protesta social y logra derribar los gobiernos que se basan en negocios ilícitos y roban los fondos del erario en su propio beneficio. Las leyes verdaderamente legales y la ética terminan por alcanzarlos. La contradicción entre la legalidad inevitable y la ilegalidad antilegal determina que los cómplices de las mafias y todos sus integrantes vivan permanentemente envueltos en la ira que presupone violar la ley algo que solo se puede hacer de manera violenta, directa o indirecta, y es esa violencia inherente a estas malas y antiéticas acciones la que se vuelve contra ellos mismos. En este sentido, debemos señalar que la opacidad no puede nunca vencer a la luminosidad, ya que su base es antisocial y va contra el avance de la sociedad en sentido positivo, fructífero y constructivo.

Agregamos a lo anterior, que la presión social ciudadana organizada en que se constituye toda la sociedad que tiene que salir de su sometimiento y su abatimiento y resignación, se realiza de manera pacífica y no por medio de la violencia de las armas. Por eso por luminosidad aquí no entendemos la violencia rabiosa del maoísmo peruano de “Sendero Luminoso”, organización que asesinara numerosos civiles inocentes con su lucha armada, sino que lo que entendemos es una fuerza cultural, política e intelectual basada y fundamentada en el Iluminismo francés y alemán que preparase la Revolución Francesa de 1789 y acabase con la tiranía monárquica y que constituye una fuerza universal al interior de la Historia que pugna por abrirle paso y forjarle un camino a la utopía política de la humanización de la misma Humanidad. Dicha fuerza de la luminosidad siempre se alza ante toda forma de oscuridad que no desea que resplandezca la luz, eso porque los pueblos no son irracionales, sino que piensan, deliberan, determinan y resuelven las situaciones hacia mejor por mucho que parezca que sus cielos más oscuros carecen de estrellas brillantes.

[1] Irma Becerra es Licenciada en Filosofía por la Universidad Humboldt de Berlín y Doctora en Filosofía por la Westfälische Wilhelms-Universität de Münster, Alemania. Es escritora, catedrática universitaria y conferencista. Ha escrito numerosos libros y ensayos sobre temas de política, filosofía y sociología.

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