La patria compartida, construcción en marcha y propuesta

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

                                                           a la memoria de Zoe, compatriota 

Incluso las palabras más sagradas terminan por vaciarse oscuramente si no las reflexionas con rigor. Patria literalmente es la heredad de los padres cultivada. Como don A. Fuentes y G,[1] yo puedo verla por mi ventana y fue fácil enseñármelo. Pero ¿qué cosa es la patria si tienes 15 años, hambre, miedo y no tienes refugio hoy en la noche –Zoe- cuando te persigue el escuadrón para encostalarte? Falsa patria. ¿Qué significa, la patria, si crees en gratificarte a costa de la vecindad? Aun así. La patria compartida y solidaria es ¡el concepto que enciende la mayor simpatía de la juventud comprometida, si postergada, de una ciudadanía que emerge! ¡Una patria para todos y cada uno! Para el comunero y el tulipán, el miskito y el garífuna, el lenca que exige dignidad y el terruño del ancestro. ¡Nadie la acaba de inventar!

Urge soñar, y urge pensarla en la historia, que es proceso. Pese a tropiezos, la obra de la patria tiene viejos antecedentes y contradicciones. Está pendiente izarla, pero se ha venido fundando como el ideal de generaciones, y últimamente, la de nuestros padres y la nuestra. ¿Por qué desestimar al antecesor? F Morazán y Dionisio de Herrera ya ambicionaban una patria sin privilegios de castas. R. Rosa y Antonio Vallejo acariciaron una mirada de patria sin discriminación. Froilán Turcios y los intelectuales obreristas como A Guillén Zelaya, de la Segunda República, 1924-1936 retomaban esa visión, compartida por A. C. Sandino y Farabundo Martí y plasmaban su vivencia.

Con su ley laboral y de educación universal, su Instituto de Seguro Social y sus intentos de reforma agraria, los paladines de la Tercera República 1957-1963 entendían que para exigir patriotismo hay que extender, a todos, los beneficios de un estado de derecho. La justicia para el pueblo fue enarbolada incluso -como proyecto de patria- por la reforma militar de 1972 a 1975.Y la asumieron el pacifismo de J. S. Azcona, la desmilitarización de C. R. Reina y el poder ciudadano de Mel Zelaya, aunque ninguno alcanzase a coronarla, antes que la desbarataran los enemigos, incluso en sus propias filas.

Para honrar la tarea demorada de izar la patria, tenemos que entender a cabalidad los errores propios que la han frustrado, y la fuerza que ha jaloneado los avances (una élite egoísta, que nos da la espalda, desnacionalizada) desde adentro, así como de sus aliadas externas intransigentes, las bananeras, en 1936 y 1954, la guerra fría en 1963 y 1980, y las mineras y petroleras en 2009, en sociedad con el Southcom. A saber, que no son inventos, los que el compañero llama oligarquía e imperialismo Yankee, en varios tiempos y ediciones. Aunque hay que abordarlos de otro modo. Avanzaremos midiendo al mismo tiempo nuestra vulnerabilidad, como la fuerza recalcitrante que se opone. Y si entendemos que debemos negociar, calificando sus intereses, y conseguir acuerdos transitorios y sucesivos, para encarrilar en paz el proceso del cambio, el cual tiene una dinámica ineludible porque, a fin de cuentas, no hay un impasse ideológico. ¡A todos beneficiará la permuta!

Pero ¡hay que constituirla! Nos hace falta generar y reclutar una mayor fuerza social, más amplia, explicar el trabajo al obrero, confirmar nuestra asociación vital con el empresariado, nuestra relación respetuosa con un estamento patriótico de las fuerzas armadas y el compromiso con la juventud desbordada y alguna alienada, por marginal. Identificar a socios en la comunidad mundial de las naciones que, unos solidarios y otros por su interés bien fundado, podrían ayudarnos a construir la patria socialmente responsable, democrática, evolucionada, compañero, ¡moderna!

Porque no faltará quien añore versiones arcaicas. Y defenderemos un país en que se conserve una libertad de pensamiento y expresión intocable, así como la autodeterminación e iniciativa del individuo. Con la organización estatal de sectores estratégicos y que precisan ese apoyo, la verdadera asociación público-privada, que no es esta porquería. Por ejemplo, para la minería y energía, comprometida con el ambiente. Que al mismo tiempo no solo conserve el derecho de la pequeña y mediana propiedad independiente, de la empresa privada y corporativa, sino -aún más- que anime a esos actores coadyuvantes para la mayor prosperidad. Exigiendo garantías fiscales para la compartición. Nadie va a venir después a cambiarnos la cartilla, a inventar otras razones, a despojar por dogma, a imponer berrinches.

Una patria en la cual, en los barrios y las ciudades, estarán bajo control ciudadano los servicios de seguridad que existen, en primer lugar, para garantizar los derechos y proteger, al pueblo, a quien el patriota no puede reprimir, porque el pueblo es la patria.

En el entendido de que hay sectores que es indispensable controlar desde el Estado, para asegurar los derechos de todos a la mejor salud que puede haber y a una educación de calidad para todos, bajo control igual de la comunidad inmediata.  E incluso el derecho universal al empleo, y a la subsistencia, para quienes no pueden emplearse.  Al ambiente sostenible y a la conservación del patrimonio natural, no digamos el cultural. Que el estado debe estar siempre presente cuando se explotan recursos no renovables. Que si quiere aprovechar nuestros recursos, nuestro consumo o mercado, el capital extranjero debe someterse a un control de calidad, como en sus propios países.

Constituir una patria que asegure al productor los medios para su fin. Y una versión más técnica de lo que fue el Instituto Hondureño de Mercadeo Agrícola que garantice la reserva y la distribución de alimentos, sin intermediaciones excesivas ni desbasto sorpresa para el consumidor. Exigirá lucha, construir una patria así, es proceso. Pero estaremos todos orgullosos un día, de ese país que se levantará.

Habrá afectados. Se resistirá incluso alguno que se empeña en llamarse demócrata, cuando se olvida del pueblo y su derecho. Al final del día, habrá que enfrentar y ubicarlos en su sitio. La gran mayoría de los hondureños de todas las generaciones va a estar con nosotros en esta construcción, dispuesta a esforzarse, aportar su ladrillo hasta la cresta, defender su horma, de la patria nueva y justa, si la sabemos inspirar y merecer.

[1] La Recordación Florida  de Antonio Fuentes y Guzmán fue la primera exaltación de la idea de la patria criolla centroamericana, brillantemente analizada por Severo Martínez Peláez en La Patria del Criollo,

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