El modelo económico chino ¿El futuro de la humanidad? (parte 3)

Por: Rodil Rivera Rodil

Estrategia global china

El 3 de diciembre del 2018, en la sección de Economía del diario El País, de España. aparece un artículo bajo el sugestivo título “La Nueva Ruta de la Seda, el gran plan estratégico de China”, del cual reproduzco el párrafo siguiente:

“Un puerto en Portugal, el de Sines. Una ruta de tren a Madrid. Un gasoducto en Kazajistán. Una urbanización en Malasia. Una exposición artística en Dunhuang, en el oeste de China. Todos son proyectos integrados en la Nueva Ruta de la Seda, la ambiciosa red china de infraestructuras repartida por los cinco continentes que puede costar hasta un billón de dólares. Un plan estratégico de ramificaciones geopolíticas y económicas, criticado por algunos como un instrumento para dominar el mundo y alabado por otros como un plan Marshall del siglo XXI que ayudará a desarrollar regiones olvidadas. Y al que China asigna una importancia vital; tanta, que desde el año pasado la ha incluido en la Constitución del Partido Comunista”.

El proyecto de La Nueva Ruta de la Seda fue anunciado al mundo en el 2013 por el presidente chino Xi Jinping. El nombre viene de la “vieja” Ruta de la Seda que fue determinante para que China en el pasado fuera una superpotencia económica. La nueva ruta comprende carreteras, rutas ferroviarias, puertos, aeropuertos, y en fin, toda clase de infraestructuras de transporte y, además, aduanas, tribunales, comercio electrónico y una completa legislación. Como hizo notar un funcionario internacional: “Básicamente, es una etiqueta que se puede pegar en todo un abanico de proyectos”.

La vieja ruta de la seda fue abierta por el emperador chino Wu, de la dinastía Han (que reinó entre los años 141 y 87 a.C.), aunque los estudiosos de la prehistoria afirman que China la utilizaba desde la era paleolítica y que la Ruta de la Seda, propiamente dicha, habría sustituido a otra anterior llamada “Ruta de Jade”, cuyos orígenes se remontarían a más de 7.000 años atrás. La Ruta de la Seda comunicaba a China con Mongolia, India, Persia, Arabia, Siria, Turquía, África, Europa y llegaba en el siglo XVhasta territorios de Hispania, hoy España.

Nota relacionada El modelo económico chino ¿El futuro de la humanidad? (parte 1)

El término “Ruta de la Seda” es relativamente reciente, fue acuñado en el siglo XIX por el geógrafo alemán Ferdinand Freiherr von Richthofen en su obra “Viejas y nuevas aproximaciones a la Ruta de la Seda” que publicó en 1877. El nombre, por supuesto, se debe a la seda, el principal producto, pero en realidad se comerciaban muchos más, como telas de lana, de lino, diamantes, rubíes, ámbar, marfil, especias, porcelana, vidrio, laca, coral.

En un principio, muy pocos creyeron en la seriedad y menos en la viabilidad del proyecto, era tan ambicioso y requería de tal cantidad de recursos que, se pensaba, ni aun China con su enorme poder económico sería capaz de cubrir su colosal costo. Pero hoy, seis años después, no solamente nadie duda de que lo va a sacar adelante, sino que se percibe como una gran amenaza para Occidente y particularmente para la supremacía mundial de Estados Unidos.

Y parece que tienen razón. Se trata de un plan estratégico de China para estrechar cada vez más sus relaciones comerciales y políticas con todo el mundo, el cual, como vimos, en Occidente se suele comparar con el Plan Marshall, con el que Estados Unidos contribuyó a la recuperación de Europa de la devastación sufrida durante la Segunda Guerra Mundial, aunque también para establecer su dominio económico y político sobre el Viejo Continente.  

En una primera etapa de la Nueva Ruta de la Seda se creará un mercado integrado entre Europa y Asia con ramificaciones en los demás continentes, que en un plazo relativamente corto desplazará el centro económico de Occidente a Oriente y cambiará el futuro del mundo haciéndolo girar sobre un nuevo pivote, que naturalmente será China. Está previsto que la fase inicial concluya en el año 2049, cuando se cumplan los cien años de la fundación de la República Popular China. Le seguirá la Ruta Marítima de la Seda, que rodeará las costas de los océanos Pacífico e Índico y continuará por el mar Rojo hacia la costa africana hasta el mar Mediterráneo.

La corresponsal de diario El País en China, Macarena Vida Liy, envió el 3 de diciembre de 2018 el siguiente reportaje sobre la Nueva Ruta de la Seda:

 “El plan ha adquirido una importancia estratégica aún mayor para Pekín ante su guerra comercial con Estados Unidos. Si continúan las tensiones, necesitará diversificar sus importaciones y exportaciones. “Pekín recurrirá a los canales construidos a lo largo de la Ruta, especialmente en los sectores agrícola y energético. En los márgenes, cierta producción adicional china puede trasladarse al sureste asiático”, apuntaba la consultora Eurasia Group esta semana en una nota.

Para los países beneficiarios, las ventajas son también obvias. Asia necesitará cerca de 1,7 billones de dólares (1,5 billones de euros) en inversiones en infraestructuras hasta 2030 para mantener su crecimiento, según el Banco Asiático de Desarrollo. Y las inversiones de China llegan sin preguntas sobre derechos humanos o la naturaleza del Gobierno en el poder”.

Todo parece indicar que el monumental proyecto no nace propiamente de la anterior Ruta de la Seda, se inspira en ella sin duda, pero obedecería principalmente a la necesidad de expansión de su gigantesca industria de exportación. Y este mismo crecimiento económico provee a China de ingentes recursos, como resultado de haberse convertido en el mayor exportador y acreedor del mundo, que le aseguran que el plan no sea una quimera, como había supuesto Occidente, o más bien, los Estados Unidos.

La guerra arancelaria que ha decretado Trump, por consiguiente, no sería tanto para revertir el abultado déficit comercial de Estados Unidos con China. Debe verse, más que nada, en el marco del enfrentamiento global de las dos grandes potencias. Y nadie puede dudar de que China se valdrá de todos los medios a su alcance para no ser la perdedora. Así, a la decisiva ventaja que le proporciona la Nueva Ruta de la Seda debe agregarse la penetración económica, cada vez más acelerada, que está consiguiendo en todas partes por medio de los millones de sus habitantes que por diversas razones comenzaron a emigrar, incluso antes de la toma del poder por los comunistas en 1949.

Se calcula que en el presente viven más de treinta y cinco millones de chinos en el exterior, los que por su gran laboriosidad se han convertido en un verdadero ejército de comerciantes que importan y venden a precios muy bajos infinidad de productos de su país natal, el conocido “Made in China”, con lo cual ayudan al crecimiento de su economía y de su influencia, lo que en Occidente se conoce como “La silenciosa conquista china”. Los corresponsales españoles de El País en Asia, Juan Pablo Cardenal y Heriberto Araújo, en su libro del mismo título, afirman que “se trata de una invasión que en vano se trata de repeler y que es ya imparable en medio del abismal diferencial de costes”.  

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Es reconocido que la conquista silenciosa del Made in China, principalmente en los mercados de Asia, África y América Latina, impulsada por la entrada de China en la Organización Mundial de Comercio (OMC) en 2001, ha traído efectos beneficiosos para sus habitantes, pues ahora tienen acceso a productos imposibles, por su precio, de adquirir en otros mercados.

Debe destacarse que los Estados Unidos apoyaron las negociaciones de China con la OMC, pero solo porque estaban seguros, sostienen Cardenal y Araújo, que la “inundarían con sus mercancías”. Pero las cosas salieron exactamente al revés, pues fue el Made in China el que invadió los mercados mundiales y, en primer lugar, el de los Estados Unidos, lo que le permitió a China pasar a ser el mayor exportador del mundo y enseguida el mayor acreedor.

Y aunque parezca increíble, en el enfrentamiento estratégico entre las dos potencias, los errores cometidos por el presidente Trump tendrán un gran peso en el resultado final. Para el caso, su inexplicable rechazo en el 2017 al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) impulsada fuertemente por el presidente Obama precisamente para hacerle contrapeso a China en Asia, o sea, en su propio campo, le brindó a esta en bandeja de plata la oportunidad para revertir la jugada y ahora es ella la que pasa a liderar la alternativa del TPP, la Asociación Económica Integral Regional, (RCEP, por sus siglas en inglés) que será la mayor zona comercial del mundo, sumará la mitad de la economía mundial y quedan excluidos los Estados Unidos.

Pero los expertos coinciden en que tanto o más preocupante para los Estados Unidos deberían ser otras armas de que dispone China, si como tales se pueden considerar las cualidades sicológicas inherentes a su idiosincrasia y mentalidad, que alguien denominó la “Cultura estratégica de China” y resumió así: “Para la sabiduría milenaria de Oriente, la fuerza material no es la clave del poder. Conquistar una posición invencible pasa, más bien, por la construcción de una civilización espiritualmente superior a todas las demás”.

No hay que olvidar que desde tiempos inmemoriales los chinos se consideraron los más sabios de la humanidad. Se bautizaron a sí mismos como el “Reino del Centro” o el “Reino Medio”, esto es, el centro del mundo o el máximo poder entre el cielo y la tierra. Y Occidente cometería un grave error si subestima esta autodenominación de su gran adversario. Kissinger previene:

“Mientras otros países recibían el nombre de algún grupo étnico o a partir de una referencia geográfica, China se autodenominó zhongguo: el «Reino Medio» o el «País Central». Quien pretenda comprender la diplomacia china del siglo XX o su papel en el mundo en el siglo XXI tiene que empezar —aunque sea a costa de una posible simplificación excesiva— valorando básicamente el contexto tradicional.”

Un ilustrativo ejemplo de estas utilísimas cualidades chinas se encierra en las enseñanzas contenidas en el conocido tratado “El arte de la guerra” del legendario estratega chino, Sun Tzu, a quien la mayoría de los historiadores ubican en el período llamado de los “Reinos combatientes” (476-221 a.C.). Por juzgarlo de sumo interés, copio algunas anotaciones que hace Henry Kissinger sobre este tema:

“Los chinos han sido siempre hábiles practicantes de la realpolitik y estudiosos de una doctrina estratégica claramente distinta de la estrategia y la diplomacia predominante en Occidente.  

Una historia turbulenta enseñó a los dirigentes chinos que no todos los problemas tenían solución y que un énfasis excesivo en el dominio total de los acontecimientos específicos podía alterar la armonía del universo.

En muy pocas ocasiones los dirigentes chinos se arriesgaron a resolver un conflicto en una confrontación de todo o nada; su estilo era más el de elaboradas maniobras que duraban años. Mientras la tradición occidental valoraba el choque de fuerzas decisivo que ponía de relieve las gestas heroicas, el ideal chino hacía hincapié en la sutileza,la acción indirecta y la paciente acumulación de ventajas relativas”.

 ¡No creo que pueda haber mayor contraste con la estrategia personal, twiters incluidos, del presidente Donald Trump!

De igual forma, muchas valiosas lecciones, relacionadas con la doctrina de Sun Tzu, se pueden aprender del popular juego chino “Wei qi”, que podría considerarse el equivalente del ajedrez de Occidente, pero con grandes diferencias que Kissinger comenta no sin antes recordar que las artes del famoso estratega fueron utilizadas con notable suceso por Mao Zedong en la guerra revolucionaria que libró contra Chiang Kai-shek y que lo condujeron a la victoria en 1949:

“El jugador de wei qi no solo tiene que calcular las piezas de la cuadrícula, sino los refuerzos que puede desplegar el adversario. El ajedrez enseña los conceptos de Clausewitz del «centro de gravedad» y del «punto decisivo»: el juego suele empezar como lucha por el centro del tablero. El wei qi enseña el arte del rodeo estratégico. Donde el hábil ajedrecista apunta a eliminar las piezas del adversario en una serie de choques frontales, el diestro jugador de wei qi se sitúa en espacios vacíos de la cuadrícula y va debilitando poco a poco el potencial estratégico de las piezas del adversario. El ajedrez crea resolución; el wei qi desarrolla flexibilidad estratégica.

En el caso de la teoría militar distintiva china se produce un contraste parecido. Los pensadores chinos crearon un discurso que hacía hincapié en la victoria conseguida por medio del conocimiento psicológico y abogaba por evitar el conflicto directo”.

En la edición de septiembre de 2018 de la revista rusa Sputnik aparece una reseña de un artículo del economista chino Wei Yen, publicado en el diario South China Morning Post, con un interesante análisis de la posible reacción de China a la en ese tiempo recién iniciada guerra arancelaria de Trump, de la cual reproduzco estos párrafos:

“La experiencia que tiene China en ser ‘humillada’ por las potencias occidentales, así como tener una cultura que valora la paciencia y la planificación a largo plazo podrían ser los factores clave para que Pekín resista la presión económica de Washington, enfocada en resultados inmediatos”.

“Ellos prefieren tomar soluciones mutuamente beneficiosas y no las que permiten al ganador llevárselo todo. Además, optan por solucionar problemas comunes y solo después de eso se encargan de las diferencias. La razón detrás de esta conducta es la siguiente: una persona 26 de 42 que toma una posición extrema corre más riesgo de perder el equilibrio y de ofrecerle a su oponente una ventaja”.

Antes de su muerte, en 1997, Deng Xiao Ping escribió una serie de advertencias y consejos para sus sucesores y, según se sabe, algunos solo para los altos mandos del partido comunista. Uno de ellos, basado ciertamente en esa especial “estrategia cultural china”, tenía que ver con la actitud que se debía observar con las grandes potencias de Occidente, y particularmente, con los Estados Unidos. Henry Kissinger lo comenta en los siguientes términos:

 “Una vez que hubiera surtido efecto la reforma, el crecimiento de China podía poner al descubierto otro aspecto de la preocupación mundial. Entonces, quizá la comunidad internacional se planteará cortar el camino a China en su avance para convertirse en una potencia dominante. ¿Acaso Deng, en un momento de crisis importante, vio que el peor peligro para China podía derivar de su resurgimiento final? Según esta interpretación, Deng pidió a su pueblo: «Disimulemos nuestra capacidad y aguardemos la oportunidad» y «no reivindiquemos nunca el liderazgo», es decir, no resucitemos temores innecesarios con excesiva contundencia”.

El presidente Trump y los principales funcionarios de su gobierno constantemente están acusando a China de lo mismo que los Estados Unidos y las grandes naciones desarrolladas siempre han sido culpadas, esto es, de explotar y despojar a los países subdesarrollados de sus recursos naturales y de hacerse la competencia desleal entre ellas mismas.

La economista española Claudia Marcela Arboleda Trujillo, en su trabajo “Análisis y claves de éxito del modelo económico de China”, presentado en 2008 en el Master en Comercio y Finanzas Internacionales de la Facultad de Ciencias, Económicas y empresariales de la Universidad de Barcelona, expresa lo siguiente:

“Demasiada gente piensa que la economía es un juego de suma cero, y que el éxito de China ocurre a expensas del resto del mundo. Sí, es cierto que el crecimiento de China plantea desafíos a Occidente. La competencia obligará a algunos a trabajar más duro, a volverse más eficientes o aceptar menores utilidades.

Sin embargo, en realidad la economía es un juego de suma positiva. Una China cada vez más próspera no sólo ha elevado las importaciones desde otros países, sino que además ha proporcionado bienes que han mantenido bajos los precios en Occidente, a pesar de la abrupta alza de los precios del petróleo en los últimos años. Esta presión descendente sobre los precios ha permitido a los bancos centrales occidentales seguir políticas monetarias expansivas, apuntalando un mayor nivel de empleo y crecimiento”.

Y por su lado, Henry Kissinger, refiriéndose a las relaciones entre China y los Estados Unidos, dice:

“Ha sido un camino complejo, pues ambas sociedades consideran que representan valores únicos. La excepcionalidad estadounidense es propagandista. Mantiene que este país tiene la obligación de difundir sus valores por todo el mundo. La excepcionalidad china es cultural. China no hace proselitismo; no reivindica que sus instituciones tengan validez fuera de China”.

No obstante, son muchos los políticos y asesores del gobierno norteamericano que están convencidos de que China busca la supremacía a cualquier precio, incluyendo el militar. Kissinger también se refiere al tema, y aduciendo la magnitud de los problemas demográficos con que esta debe lidiar, escribe:

“Los cambios demográficos serán marcados: se estima que en 2030 se habrá reducido a la mitad el número de trabajadores rurales de entre veinte y veintinueve años…Un país que se enfrenta a unas tareas internas de tanta envergadura no va a lanzarse, así como así a una confrontación estratégica, ni a la búsqueda del dominio universal…La competición clave entre Estados Unidos y China probablemente será más económica y social que militar”.

Por mi parte, pienso que, si bien Kissinger tiene razón, también es cierto que, para conseguir el dominio del planeta, no tiene sentido para China buscar un conflicto armado con los Estados Unidos, cuando pacíficamente, sin necesidad de disparar un tiro, la va superando en todos los campos, sin excluir el militar. Y no necesariamente porque aspire a ser la más grande potencia del mundo -que, por supuesto, querrá serlo- ni por mera ambición de predominio, como ha sido el caso de otros países mucho más pequeños, como Japón y Alemania, sino porque tratándose de la más poblada de la tierra, el enorme desarrollo que están alcanzando sus fuerzas productivas la está colocando, como por inercia, en el primer lugar. Y la misma experiencia que le dejaron las derrotas que le propinó Inglaterra en las guerras del opio explicaría que no quieran nunca más quedarse atrás en el aspecto militar.

Esto, sin contar, como antes mencionamos, que los chinos no deben olvidar que, durante casi toda su milenaria historia, su país fue la mayor potencia económica del planeta, con la única excepción del siglo XIX en que dejaron de serlo, precisamente, por causa de las potencias occidentales. Henry Kissinger dice:

“Durante dieciocho de los últimos veinte siglos, China produjo un porcentaje del total del PIB mundial superior al de cualquier sociedad occidental. En 1820, por ejemplo, registró una cifra superior al 30 por ciento del PIB mundial, cifra que superaba la del conjunto del PIB de Europa occidental, de Europa oriental y de Estados Unidos”.

Si algún mérito pudiera reconocérsele al presidente Trump sería el de haber comprendido (si fue él, claro está) que el reto que supone China para la hegemonía de Estados Unidos es mucho más serio de lo que, al parecer, creían sus predecesores. Es por ello que se le ha ocurrido impedirlo declarándole la guerra de aranceles. Lo que Trump no ha captado, de acuerdo con los especialistas, es que ya es muy tarde para detenerla. Quizás pueda retrasar un poco el proceso, pero nada más.

Porque no puede ser más evidente que los chinos estaban preparados para esta confrontación con los Estados Unidos. Con ocasión de la crisis del 2007-2008 se pudo apreciar que la potencia asiática logró aminorar el impacto que le causó la fuerte reducción de sus exportaciones a Norteamérica reorientándolas principalmente a su propio mercado interno. Y esto pudo hacerlo con gran celeridad, no únicamente por la agilidad de su sistema de gobierno altamente centralizado, sino porque, recordemos, para ese entonces ya contaba con los más de setecientos millones de sus habitantes liberados de la pobreza, es decir, con otro tanto de nuevos consumidores. Repare el lector en que solo estos compradores adicionales suman más del doble de todos los habitantes de Estados Unidos. Y aparte de ello, China ha aumentado sus exportaciones en el mercado asiático y se las ha ingeniado para mantenerlas sin disminución en el resto del mundo.

La ofensiva de Trump contra China, al menos hasta cuando escribo estas líneas, octubre de 2019, no ha dado el resultado que esperaba. El conocido economista y Premio Nobel de Economía, Paul Krugman, publicó el pasado 10 de agosto de 2019 en el diario El País, de España, un artículo titulado “China intenta enseñar economía a Trump”, del que transcribo lo que sigue:

“Para entender la guerra comercial con China, lo primero que hay que tener en cuenta es que nada de lo que está haciendo Donald Trump tiene lógica. Sus puntos de vista sobre el comercio son incoherentes. Sus exigencias son incomprensibles. Y sobrevalora su capacidad de infligir daño a China mientras que minusvalora el daño que China puede hacer en revancha. Lo segundo que hay que considerar es que la respuesta de Pekín hasta ahora ha sido bastante modesta y moderada, al menos si tenemos en cuenta la situación. EE UU ha impuesto o anunciado aranceles sobre prácticamente todo lo que China le vende, con unas medias arancelarias que no se habían visto en generaciones. Los chinos, en cambio, todavía no han desplegado toda la gama de instrumentos a su disposición para contrarrestar las acciones de Trump.

¿Por qué no han ido los chinos a por todas? Creo todavía están intentando enseñar a Trump un poco de economía. En efecto, lo que han estado diciendo con sus actos es lo siguiente: “Creéis que nos podéis intimidar. Pero no podéis. Nosotros, en cambio, podemos arruinar a vuestros agricultores y reventar vuestro mercado bursátil. ¿Queréis reconsiderar la situación?”.

Y como dato curioso, reproduzco un premonitorio comentario de Richard Nixon en 1979 sobre las relaciones de China con la Unión Soviética, en ese momento muy tensas, y sobre las de China con los Estados Unidos, entonces muy cordiales:

“Mientras (los chinos) crean que tenemos la fuerza y la voluntad de hacer frente a los rusos, la amistad chino-americana será uno de los elementos esenciales de la política exterior china. Si nuestra conducta en Asia o en cualquier otra parte del mundo los lleva a la conclusión de que no somos amigos o aliados dignos de confianza, entonces, en interés de su propia supervivencia, buscarán un arreglo con la Unión Soviética a pesar de las querellas territoriales, ideológicas y personales con los dirigentes rusos. El papel que los chinos desempeñen en el futuro está, pues, tanto en nuestras manos como en las suyas”.

Me pregunto si el presidente Donald Trump habrá leído el presagio de su antecesor hace cuarenta años y que, a lo mejor, lo que quiere es que este se cumpla al pie de la letra. ¡Pues vaya que lo está consiguiendo! Y como también ignoro si sus asesores le han hablado de las enseñanzas de Sun Tzu o de la estrategia cultural china, y de que, seguramente, los chinos las deben estar aplicando en la guerra comercial que les ha declarado, se me ocurre que, si no lo han hecho, deberían…

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