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El metarrelato neoliberal y un modelo alternativo de desarrollo

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Por: Erick Tejada Carbajal

Mary Lester ya insinuaba desde 1881 —en aquel librazo suyo “Un viaje por Honduras”— y en pleno auge de la reforma liberal, esa obsesión de la clase dirigente catracha con su noción de progreso y modernidad. Yo soy de la idea que el pueblo catracho históricamente se ha debatido en una suicida pulsión (como la pulsión de muerte de la que teorizó Freud) entre lo que aspira a ser y lo que realmente es. Siempre ansiamos grandes obras de infraestructura y edificios portentosos. Es la sociedad hondureña víctima de su propia banalidad y trivialidad. El éxito temporal de Tito Asfura radicó justamente en eso, en brindarle un campo visual al hondureñito para que se regodeara en su patética epopeya del progreso.

En los ochenta, cuando Suazo Córdoba asumió la presidencia de la república en lo que fue una supuesta transición de los gobiernos militares a la alternancia de la democracia liberal burguesa; la élite encarnada en la sociedad civil con la APROH (Asociación para el progreso de Honduras), ya delineaba a instancia del embajador yankee Dimitri Negroponte, el famoso plan de acciones inmediatas, que no era más que un recetario de medidas neoliberales aplicadas en la Chile del dictador Pinochet.

En la campaña de Callejas, la modernización del Estado y la venta de empresas estatales por “ineficientes” fueron también punta de lanza del corpus discursivo del líder nacionalista. Ricardo Maduro, enarboló la bandera de la cero tolerancia con las maras y el saneamiento de las finanzas públicas, trillado eufemismo de recortes neoliberales a la salud, educación y las pensiones. Pepe Lobo y JOH también insistieron con la demagogia conservadora de privatizaciones, concesiones y exoneraciones fiscales en aras de “dinamizar la economía”.

Todo este metarrelato neoliberal de modernidad, civilización y progreso ha sido mera retórica de Partidos políticos que operan más como estructuras criminales organizadas que como una institución política. Y se ha repetido una y otra vez sin tapujos por los mismos de siempre que han sumido a la nación en la más oscura de las noches. Basta ver la propaganda cachureca hoy en día en radio y televisión apelando al comunismo como significante político para insuflar miedo en la masa votante.

Esa cantaleta anticomunista viene desde Reina, renació con el golpe de Estado y revive hoy en el ocaso de una tiranía infame incapaz de brindarle la más mínima solución al pueblo hondureño en los severos problemas sociales que lo acechan. Semejante despliegue del oficialismo de mediocridad, torpeza y falta de imaginación, sólo se compara con sus abrumadoras capacidades para delinquir y jugarle la vuelta —a través de argucias— al sistema.

Es evidente que la corrupción e impunidad han sido terribles flagelos que han lacerado a nuestro país; pero se debe hablar del aspecto material y de la exclusión social también. No se puede cultivar una sociedad sana con los exorbitantes y obscenos niveles de desigualdad de Honduras. Según los informes y la base de datos del banco mundial, para el 2016 Honduras era el sexto país más desigual del planeta y el primero en Latinoamérica y su índice de Gini era de 53.7, el más elevado del hemisferio. Si asumimos que la tendencia de la pobreza, exclusión social y desigualdad ha sido al alza, encontraremos que la situación del país es francamente preocupante a nivel de desigualdad.

La patética falta de creatividad de nuestros gobernantes y las castas criollas que dominan al país, su descarada y descarnada corrupción y su mediocridad, los ha hecho históricamente tratar de copiar a rajatabla modelos económicos extranjeros sin pensar por mucho tiempo en las peculiaridades de Honduras como país y sociedad.

Parecería fácil en un Estado con tantos problemas como el catracho pensar en muchísimas ideas para “desarrollar” al país; sin embargo, cuando se piensa en serio en qué modelo alternativo de desarrollo se plantearía para nuestra nación, la respuesta no es tan obvia. Hay tanto qué hacer, tan pocos recursos y tan poco tiempo, que, para el gobierno entrante, será un verdadero reto tomar las riendas de un país prácticamente en quiebra y con mucho por realizar.  

La sociedad hondureña debe de llegar a ciertos consensos mínimos para generar un plan de nación de al menos 30 años, y, que existan puntos torales o cimentales en ese plan que sean inamovibles y que todas las fuerzas políticas sin importar del signo que sean, se comprometan a respetar.

No se puede plantear una nueva alternancia dentro de la democracia liberal sin que se constitucionalicen ciertos acuerdos mínimos que son un tema de derechos humanos y dignidad más que ideológicos. Todos estamos de acuerdo en promover un sistema educativo de calidad y más eficiente y que no deje por fuera a la mayoría de los niños y adolescentes de nuestra tierra. Existen muchos otros consensos mínimos a los cuales apuntarles como ejes de desarrollo a largo plazo.

Si el 28 de noviembre cae finalmente la larga noche orlandista. Tendremos que pensar en un nuevo modelo de desarrollo, que sea confeccionado a la medida de Honduras y ad hoc a nuestras propias necesidades.

San Pedro Sula, 2 de noviembre del 2021.

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