Opinion

El ambicioso y audaz logro climático de Helsinki

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Por: Carlo Ratti

 

BOSTON – Hay muchas creencias erróneas sobre el cambio climático y hace mucho que una de ellas, en particular, no es puesta en tela de juicio. Se trata de pensar que los aumentos de la temperatura solo afectarán negativamente a las regiones más cálidas y harán que el clima polar sea más benigno y agradable. De hecho, el clima extremo y el aumento de los niveles del mar en los países más fríos superarán con creces los beneficios de inviernos más cálidos.

La ciudades del norte de Europa son perfectamente conscientes de ello. Según un estudio llevado a cabo en 2021 por el Foro Económico Mundial, nueve de cada diez de los países líderes en la transición hacia la sostenibilidad están en Europa y, casi todos ellos, en latitudes elevadas. Por ejemplo, las ciudades nórdicas compiten entre sí para ver cuál puede reducir más sus emisiones mediante diversas medidas relacionadas con la movilidad, el consumo de materias primas y la producción energética. Copenhague quiere convertirse en la primera «capital con cero emisiones neutras de carbono» ya en 2025, mientras que Estocolmo está tratando de dejar de usar combustibles fósiles para 2040.

Pero tal vez el caso de Helsinki sea el más interesante. Finlandia ha puesto el mandato de la sostenibilidad a la altura de sus otros pilares para el desarrollo nacional de posguerra: una democracia cuya premisa es la igualdad de todos sus ciudadanos, una cultura económica basada en un sano equilibrio entre el trabajo y las demás actividades, y ciudades en armonía con la naturaleza. Estos atributos permitieron que un país relativamente periférico y poco poblado se luzca sistemáticamente en las clasificaciones de países más felices del mundo.

Las emisiones de dióxido de carbono en Helsinki cayeron el 26 % entre 1990 y 2019, a pesar de que su población creció significativamente durante ese período. Pero la ciudad a enfrenta un gran problema: la calefacción de los espacios interiores, que representa más de la mitad de las emisiones locales y depende fuertemente del carbón, porque el sistema de calefacción del distrito bombea el excedente de agua caliente de las plantas de energía eléctrica a carbón en toda la capital.

Esta realidad se percibe claramente cuando uno viaja fuera del centro histórico de Helsinki: los adustos bloques residenciales del siglo XX y las líneas más suaves de la arquitectura más contemporánea repentinamente ceden lugar a plantas de generación eléctrica de escala monstruosa. La más imponente, Hanasaari, tiene una chimenea de 150 metros de altura que todavía se yergue por encima de los demás edificios de la capital.

El cierre de las plantas de generación eléctrica a carbón de Helsinki —programado para 2029— ocupa un puesto elevado en la agenda política local. Pero aunque casi todos están de acuerdo en que es necesaria una transición para abandonar el carbón, la transformación del colosal sistema de calefacción del distrito de la ciudad de manera sostenible es mucho menos obvia. Más allá de las dificultades técnicas, no existen soluciones estándar a esta escala, ni mejores prácticas en las que inspirarse.

Afortunadamente, los formidables obstáculos que enfrenta Helsinki inspiraron una audaz y ambiciosa innovación urbana. En febrero de 2020, Jan Vapaavuori, por entonces alcalde de la ciudad, lanzó el Desafío Energético de Helsinki, un concurso internacional para generar ideas y propuestas técnicas para acelerar la transición verde. En tan solo unos pocos meses más de 250 grupo presentaron proyectos. A principios de este año se anunció que cuatro grupos —entre ellos, el de la empresa de diseño que cofundé y un gran equipo de consultores— eran los ganadores.

Todas las propuestas ganadoras adoptaron un enfoque paciente y sistémico, y no prometieron panaceas ni varitas mágicas. Nuestro proyecto propone canalizar el agua caliente que se usa en el sistema de calefacción del distrito de Helsinki hacia enormes cuencos térmicos que flotan en el agua fuera del puerto. Funcionarían como baterías para almacenar la energía generada con fuentes renovables, como la energía eólica —que es notablemente irregular, a veces inaccesible y, otras, disponible a precios bajos y hasta negativos—, e introducirla en el sistema cuando sea necesario.

Helsinki y su Desafío Energético ofrecen lecciones para el resto del mundo. La primera es que los esfuerzos climáticos deben equilibrar la competencia y la colaboración. El concurso de Vapaavuori permitió que Helsinki sintetice una amplia gama de habilidades y visiones.

En segundo lugar, tenemos que diseñar nuevas formas para materializar la innovación. Los gobiernos de las ciudades suelen basarse en las mejores prácticas, y elegir proyectos y políticas con resultados probados. Supuestamente esta estrategia minimiza los riesgos y el posible mal uso del dinero de los contribuyentes, pero la urgencia de la crisis climática —ni que hablar de los otros desafíos demográficos y sociales que enfrentarán la ciudades en el futuro cercano— exige un enfoque diferente y, a veces, más riesgoso. Fue la ausencia de mejores prácticas lo que disparó un aluvión de innovación en Helsinki. Si evitamos que gran cantidad de trabajos anteriores limiten nuestra imaginación, podemos replicar esta creatividad en otras situaciones.

Dado que la discreción y la modestia a menudo son consideradas características distintivas de los finlandeses, Vapaavuori merece ser reconocido no solo por haber modelado la forma de crear una meta innovadora, sino también un proceso novedoso para lograrlo. Es probable que más ciudades exploren enfoques osados y ambiciosos como el que adoptó Helsinki para implementar políticas climáticas más audaces.

Carlo Ratti, director del Senseable City Lab en el MIT, es cofundador de la oficina internacional de diseño e innovación Carlo Ratti Associati.

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