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El legado de JOH (Reflexiones sobre la pandemia) (61)   

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Por: Rodil Rivera Rodil

La credibilidad que en sus comienzos pudo haber tenido el gobierno de Juan Orlando Hernández la fue perdiendo con gran rapidez, incluso para sus mismos correligionarios. Pues muy pronto se pudo advertir que todas sus actuaciones, con rarísimas excepciones, eran motivadas por la demagogia o por la corrupción. O bien, con el propósito de explotarlas políticamente para quedarse en el poder. Lo que evidenció que JOH siempre tuvo la intención de convertirse en dictador. Y como todos los dictadores, nunca pensó en dejar de serlo, al menos por su propia voluntad, como al final ocurrió con el veto que interpuso la embajada a su continuación en la presidencia. 

Su conducta indica que la vocación de dictador le viene de nacimiento. Y tuvo la suerte, no hay duda, de que las circunstancias en que llegó a la política resultaran propicias a su designio. De otra parte, es sabido que en los dictadores suelen hallarse perturbaciones de personalidad, entre ellas, el desmedido gusto por el boato y la ostentación, la egolatría y el mesianismo. Y justamente por estas últimas, cuando no se puede recurrir a medios más radicales para derrocarlos, las mejores armas para enfrentarlos son las sicológicas. Tal como magistralmente lo hiciera en su tiempo el famoso escritor Curzio Malaparte con el dictador Benito Mussolini -prototipo del dictador mesiánico-  y contra quién escribiera el libro “Muss. El gran imbécil”, que comentaré brevemente.

Curzio Malaparte, dicho sea de paso, es considerado como uno de los más conspicuos representantes de la literatura italiana del siglo XX. Luego de luchar con honor en la Primera Guerra Mundial con apenas dieciséis años, abrazó el fascismo y en 1922 participó en la célebre “Marcha sobre Roma” que llevó al poder a Mussolini. No obstante, años más tarde, en 1931, Malaparte se tornó un fuerte crítico de este y, por lo mismo, en una de sus víctimas.

Entre las muchas reflexiones de Curzio Malaparte sobre los dictadores creo digno de reproducir este sabio consejo:

“Cuando un pueblo, por diversas circunstancias, no puede rebelarse, ni puede conjurarse, y tiene que resignarse a padecer la tiranía, no tiene otra manera, para combatir al tirano, que tomarle el pelo, que reírse de él, de sus palabras, de sus gestos, de sus acciones. Reírse de un tirano no es una señal de vileza, y sí de gran cultura. Es como decir: “Yo no me pongo al nivel de tus bajezas, no recurro a la violencia para librarme de ti, como haces tú para mantenerme en la esclavitud. Soy un pueblo civilizado, y tú eres un malhechor, un bárbaro, un criminal. Llegará el día del castigo, y a ti se te quitará de en medio sin que yo tenga que ensuciarme las manos con tu sangre”.

Nos estamos acercando al final de la dictadura de JOH, sin descartar que nos pueda tener preparada alguna desagradable sorpresa de última hora, como muchos temen. El legado que deja no puede ser más deprimente. Y es seguro que, como siempre acontece en el devenir de la vida de los pueblos y de los hombres, será recordada solamente por lo negativo. Esto es. Por haber sido el régimen más corrupto de nuestra historia, por haber sido JOH, probablemente, el único presidente en funciones del planeta denunciado por narcotráfico y corrupción por una fiscalía de los Estados Unidos, por el pésimo manejo de la pandemia, incluyendo la descomunal estafa en la compra de los hospitales móviles y haber sido uno de los últimos del mundo en vacunar a su población, por haber partido en pedazos el territorio nacional y subastarlos entre empresarios extranjeros y nacionales. Y, en fin, por incontables similares motivos.

No deja de ser curioso que en el último espectáculo que nos endilgará JOH, cuál será la inauguración del aeropuerto de Palmerola programado para este 15 de octubre, se resuma la historia de su dictadura: corrupción y mentira. Veamos. La obra que, con razón o sin ella, emprendió contra la voluntad de la mayoría de la ciudadanía, en particular, de la capitalina, a un costo sospechosamente mucho mayor en tiempo y recursos del planificado, no solamente no va a ser la más avanzada, como infinidad de veces lo dio a entender JOH, sino que, inexplicablemente, seguirá siendo la de menor capacidad de Centroamérica, tanto para las grandes y modernas aeronaves como para el desplazamiento de los pasajeros que la utilizarán.

En efecto, la nueva terminal aérea continuará teniendo menos puertas de embarque y menos longitud de pista, y más aún, se encontrará situada a mucha mayor distancia de la capital que todas las demás del área: a 73 kilómetros de Tegucigalpa, o sea, a casi el doble de la hasta ahora más distante, la de Comalapa, ubicada a 40 kilómetros de San Salvador. Pero como esta información ya trascendió a la opinión pública, el gobierno nos quiere tomar el pelo con el cuento de que, en los próximos nueve años, Palmelora “va a alcanzar a los vecinos y triplicará el número de mangas”. Quizás. Pero ¿de dónde saca JOH que en la próxima década los “vecinos” no van a mejorar sus instalaciones aeroportuarias?   

No puede ser más claro que la inauguración no es más que otro show electoral de JOH, porque la obra no ha sido terminada, faltando, nada menos, que la torre de control, la terminal de carga y otras partes indispensables que aún se hallan en proceso de construcción, y las cuales, según trascendió, no estarán concluidas sino hasta el próximo año, quizás en marzo o abril, por lo que tampoco podrá ser certificada para que oficialmente pueda entrar en operación. Lo anterior, sin contar que su ego no le permite que sea otro el que presida la ceremonia. En resumen, repito, corrupción y mentira.

Parece imposible que Juan Orlando no tenga conciencia de la fea mancha que cubrirá el capítulo histórico de su dictadura, como lo es, igualmente, que no abrigue temor por lo que el futuro le depara. No sería nada extraño, sin embargo, que el mesianismo de que adolece le produzca la ilusión de que su nombre será bendecido por las generaciones futuras. Tal habría sido el caso de Mussolini cuando comenzó a presentir su caída, según cuenta Curzio Malaparte: 

“Su inmensa ambición le llevó a imaginarse una desgracia suntuosa, romántica, honorable, como sería el exilio en una isla, con otro Hudson Lowe de carcelero (el militar inglés que custodió a Napoleón en Santa Elena). Él sueña con conmover a los pueblos con su final, quisiera ser compadecido y llorado, quisiera ser recordado con piedad, cuando no con afecto. Quisiera que su leyenda comenzase donde finaliza su poder real. Quisiera, en fin, una apoteosis cristiana, como fue la de Napoleón. Que nada aborrece como el final ridículo de la gran patada en el c… que le auguraría el juego de la gata”.

Desde luego que JOH no puede compararse con Mussolini, salvo, tal vez, en la afición al fausto y a la pompa, No faltaba más. Y menos que se le desee el triste final de este, ejecutado sumariamente con su amante, Clara Petacci, por guerrilleros partisanos el 28 de abril de 1945 (dos días antes del suicidio de Adolfo Hitler), y sus cuerpos conducidos a Milán en donde fueron vejados por la multitud y colgados de los pies en la plaza de Loreto.

Pero que a nadie quepa ninguna duda de que los hondureños no queremos volver a vivir la pesadilla de otra dictadura. Ya fue suficiente con las dos que el Partido Nacional nos recetó en un poco más de sesenta años. No lo olvidemos cuando nos toque votar el próximo 28 de noviembre.

Tegucigalpa, 14 de octubre de 2021.

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