Educación y democracia

 

Por: Rafael del Cid

“Apriete la galleta”, hunda el pie en el acelerador para que el vehículo corra más. El acelerador inyecta gasolina al motor que, transformada en energía, adquiere más velocidad. Tenemos la certeza de una cadena causal avanzando en una sola dirección: Más combustible– Más energía– Más velocidad. Por supuesto, el combustible deberá tener una mínima calidad y el mecanismo completo tiene que funcionar con eficiencia. Esto ahora lo sabe cualquiera. Y creo que todas estas personas nunca esperarán el efecto contrario, o sea, que al acelerar el vehículo ¡el motor produzca más gasolina! El combustible (C) puede producir velocidad (V), pero V no produce C. Así vale afirmar que C es, bajo ciertas condiciones, causa de V, pero no a la inversa. La cadena causal resulta evidente.

Buena cantidad de fenómenos de la física mecánica y la química se explican diáfanamente de esa misma manera. Por ello, sus cálculos y predicciones se acercan a lo exacto. Y cuando no, poco se tarda en encontrar la falla. Sin embargo, esto no sucede en el análisis de los fenómenos biológicos y, mucho menos, en los sociales. Aquí enfrentamos realidades más complejas. Para explicar un fenómeno necesitamos una larga lista de causas probables y, además, “A” no solo podrá producir “B”, sino que, a la inversa, “B” podrá dar lugar a “A”. En lugar de cálculos exactos, en ciencias sociales nos valemos de la estadística para estimar probabilidades.

Morazán afirmó que “la sencilla educación popular… es el alma de las naciones” (1932). Quiso decir que pueblos educados producen democracia. Con esto el héroe repetía lo que antes habían afirmado los Enciclopedistas y muchos pensadores de las antiguas Atenas y Roma. Y lo continúan machacando hoy muchos otros pensadores, por ejemplo, “la democracia tiene que nacer de nuevo en cada generación y la educación es su comadrona” (John Dewey). Tenemos aquí una sencilla cadenita causal: Más educación – Más democracia. ¿Y funciona al revés? Yo diría que, al haber educación, habría más acción política ciudadana para continuar promoviéndola; de esta manera, más “D” también traería más “E”. Debo aclarar que en este asunto la educación viene con apellido: “Educación Ciudadana”. Educación Cívica también le llaman algunos; Moral y Cívica le nombraron otros. Claro, tampoco es cualquier educación ciudadana, es educación cívica de calidad. Me dejaron desgano para recordarlas las odiosas clases de moral y cívica que, cual purga amarga, me recetaron un cura español anclado en la edad media o el más bolo de los profesores de mi colegio de secundaria. Con tales maestros, había que ganar en disciplina a los cadetes de la Escuela Militar para no sucumbir a las tentaciones de Morfeo.

Dichosamente crecí entre una parentela paterna de docentes. En sus modestos libreros descubrí textos cubanos, chilenos, mexicanos e italianos que enseñaban cívica de maneras tan entretenidas como para hacer difícil el quedarse dormido con su lectura. Más tarde, entrado en años universitarios, tuve acceso a textos de la cultura anglosajona utilizados en sus centros de enseñanza a diferentes niveles. ¡Eran (son) otra cosa! Estos libros explicaban amenamente el contenido y significado de la Constitución y las leyes principales, mostraban cómo funcionaban y debían funcionar los poderes estatales. Introducían discusiones sobre el derecho al voto y la importancia del sistema de partidos y de la alternabilidad en el poder. En suma, un estudiante promedio egresado de la primaria y de la secundaria de tales países podría explicar aceptablemente el significado de la democracia y el funcionamiento del gobierno. Tampoco es que fuera o sea una enseñanza óptima. Suelen ocultarse o tergiversarse algunos temas incómodos, por ejemplo, la esclavitud, el racismo, el colonialismo, el imperialismo, el socialismo o la incoherencia entre la prédica y la práctica plena de los derechos humanos universales. En esa cultura existen temas tabús, es cierto, pero tampoco faltan textos y docentes con el coraje suficiente para alentar su discusión. Comparando enseñanzas sobre democracia, me parece observar más calidad de contenido y forma en la cultura anglosajona y Europea del Norte (sin olvidar a la admirada Francia) que en América Latina. Esto me hace ver más clara la sinergia de la Educación con la Democracia.

La democracia funciona mal -o no funciona del todo- donde los pueblos ignoran las reglas elementales del juego. Es como en el deporte. La trampa y las largas discusiones sobre buen o mal arbitraje, sobre goles y no goles, son más frecuentes y hasta trágicas donde la ignorancia de los reglamentos es mayor. Preguntó ayer un periodista a un calentador de bancas del Parque Central ¿Está usted de acuerdo con la segunda vuelta electoral? Y el interrogado respondió: “Mire, a la mascarilla no se le debe dar vuelta” (Bueno, entiendo que estaba refiriéndose a la mascarilla protectora contra el COVID-19, porque si mas bien hilaba una fina ironía sobre las prácticas de los políticos, mi ejemplo queda inservible). El desconocimiento acerca de qué es la democracia y cómo funciona un gobierno democrático es una de las más notorias falencias de nuestros pueblos. Peor todavía es el desconocimiento de otros asuntos de civismo relacionados a derechos y obligaciones ciudadanas. Decir esto, no es ignorar el sentido de moral y justicia subyacente en el ADN de todo humano. Es reafirmar que para la democracia lo elemental es necesario, pero nunca suficiente. Si vamos a lograr que la democracia funcione, los pueblos -en tanto protagonistas y depositarios de la soberanía- deben conocer las reglas del juego. Más aun si se trata de un sistema de democracia representativa, donde el pueblo delega su capacidad de decisión a políticos profesionales.

“Quis custodiet ipsos custodes?” o “¿Quién vigilará a los propios vigilantes?” Es una alocución latina adjudicada al poeta satírico romano Décimo Junio Juvenal. Suele asociarse la frase al desencanto de los filósofos griegos, entre ellos Platón y Sócrates, con la corrupción en la política. Es que Atenas, cuna de la democracia, tampoco se libró del virus de la corrupción de los políticos, supuestos representantes o custodios. Afirmaba Platón que los guardianes se cuidan a sí mismos. Queriendo decir que el poder invierte las cosas: los representantes llegan a pensarse superiores a sus representados. Al final no cuidan de su gente, se cuidan de sí mismos y para sí mismos. Por ello, remarcaba Platón, hay que inculcar en la gente y en sus representantes el rechazo, el menosprecio, por el poder y los privilegios. Si ha de gobernarse que sea por justicia, nunca por ambición.

La educación ciudadana jamás basta para lograr, en representados y representantes, un óptimo de coherencia con la democracia. Así que la adhesión a esta forma de gobierno necesita inyecciones permanentes, renovadas, de combustible. La educación sobre las reglas del juego y el funcionamiento democráticos debían ser una obsesión nacional, una pasión, mucho más grande y sublime que la dedicada, por contraste, al fútbol.

Pero ¿a quién compete promover la educación democrática? ¿Al gobierno? Bueno, al gobierno si se admite que desde allí se reparte el presupuesto público, se diseñan políticas y se implementan programas. Pero no olvidar que los guardianes -burócratas y políticos- fácilmente incumplen sus deberes. Resulta suicida para los pueblos confiar ingenuamente en sus custodios. La democracia, particularmente la representativa, es confianza, pero más, mucho más, es desconfianza. Se pone un cheque en manos de los políticos, de tan alto valor, como para no olvidar las condicionalidades. Aquí no debe operar la práctica de adquirir hospitales con plata adelantada y sin contrato. ¡Nunca! En el gobierno democrático los tres poderes fundamentales deben operar con independencia, para asegurar su mutuo control. Deben establecerse momentos y circunstancias para la rendición periódica de cuentas. ¡Levantemos la mirada! ¿Quién conoce cómo los suecos controlan a sus parlamentarios? ¿Cuánto les pagan, cuánto viático les es permitido, en qué lugar los alojan cuando se movilizan para sus reuniones, etc.? ¿Y quién ha estudiado la manera cómo los suizos discuten y acuerdan los asuntos trascendentales de su República? Guardando distancias y circunstancias, mucho de lo mejor puede adaptarse en Honduras. El renovado aprendizaje de los jóvenes puede llevarnos incluso a innovaciones ejemplares, ¿Por qué no soñar?

Las experiencias de los países donde la democracia parece funcionar mejor enseñan que la obligación de promover la educación democrática reside, al final de cuentas, en los propios pueblos. Al menos en las mentes más lúcidas y comprometidas de los mismos. Estos son, supuestamente, sus docentes y, por extensión, los sindicatos y las asociaciones profesionales. Así lo afirma un interesante libro que encarecidamente recomiendo leer al magisterio y a todo ciudadano preocupado con la educación democrática: “Sobre la educación y la democracia. 25 lecciones de la profesión docente” de S. Hopgood y F. van Leeuwen. Bruselas. 2019. Es una obra de fácil alcance, basta consultar en la Internet el vínculo: https://issuu.com/educationinternational/docs/eiwc8_sobre-la-educaci_n-y-la-democracia.

Termino con un par de lecciones tomadas del citado libro: “La democracia y los derechos humanos no son un regalo de la naturaleza. Sus valores subyacentes deben inculcarse en las generaciones futuras. Esta es la cláusula no escrita en la misión de la profesión docente a nivel mundial”.

 “Aunque la responsabilidad de financiar la educación y fijar los objetivos educativos recae en las autoridades públicas, los educadores siempre deben utilizar su criterio profesional para cuestionar y rechazar las directivas curriculares que contradicen los hechos, falsifican la historia, generan xenofobia y odio o están en conflicto con las normas internacionales en materia de derechos humanos”. 

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