discurso de Gustavo Petro en la ONU
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Dialéctica Interna de la Humanidad en la historia

El mundo es único, igual que su espíritu. No existe una pluralidad de mundos como la Tierra ni en el planeta, porque esto implicaría una falsa diversidad que cerraría la unidad material del mundo terrícola que se desarrolla en la espiritualidad de la historia humana. En este sentido, decir, para el caso, que hay un “mundo árabe” o un “mundo europeo” significa estar cerrando la posibilidad de que dichas culturas sean vistas desde la dialéctica interna de la Humanidad que dignifica cualquier cultura, no simplemente como modo de vida correcto por imitar, pretender o alcanzar, sino como modo de vida que, igual que el resto de culturas o modos de vida, debe enfilarse hacia el compromiso con el progreso de toda la Humanidad misma hacia el bien de vidas dignas, lo que, por lo tanto, significa, corregir los extremismos y la falta de equilibrios que cada cultura advierta cuando se desvíe en su particularidad del camino con propósito humano universal.

En este sentido, tenía razón el Papa Francisco, al afirmar que debemos tener cuidado con el espíritu mundano que arrecia a través de la mediocridad, la hipocresía y la supuesta diversidad del mundo que niega su unidad definitiva interna y que se manifiesta con aquellos “demonios educados” que pretenden, en nombre de una rabiosa tolerancia, que nos despidamos de los más caros anhelos y principios esenciales de la Humanidad como son la familia, el matrimonio, la adolescencia, la niñez, la sexualidad, la precaución ante la sexualidad precoz y rápida, la maternidad, el aborto, el feminismo radical, etc., en fin, toda la gama de lo que actualmente se denomina diversidad en la llamada ideología de género, que no es más, en sus tendencias identitarias absolutistas, que la destrucción de la unidad material y espiritual del género humano al plantear que es la total diversidad o el hecho de ser distinto lo que tiene que prevalecer por encima del concepto de identidad relativa en la diferencia que establece a la Humanidad en tanto un género siempre unido, a pesar de la alternabilidad, y unido de forma dialéctica en su relación de sentido y función de servir al bienestar integral de la persona humana y la naturaleza desde una pluralización solidaria en respeto y comprensión mutuos.

Pese a los terribles obstáculos, la Humanidad recupera el verdadero Espíritu del Mundo o Weltgeist para ponerlo al servicio de cada individuo humano y a éstos últimos al servicio del componente espiritual de la existencia humana, cuya máxima expresión es aprender a utilizar el conocimiento y la razón para generar sabiduría de la vida, sobre todo de la vida interpersonal y relacionada como cultura interactuante de dicho bienestar en el tiempo histórico que es, igualmente, absoluto y relativo. El tiempo histórico que hace y ejecuta el Bien como mandato del Espíritu del Mundo no es irracional y es absoluto, en tanto, es siempre un avance y una marcha indetenible hacia adelante; mientras que, de otra parte, es relativo, porque implica que da espacio a la lucha individual personal de cada ser humano por no quedarse atrás o rezagado respecto a las globales exigencias correctivas de la Historia misma. Dichas exigencias son fundamentalmente las siguientes:

Primero:

Aprender a decir no a las situaciones incorrectas o inmorales, y aprender a decir sí a las situaciones correctas y morales, de forma contundente. Es decir, aprender a aceptar o a afirmar y aprender a negar o rechazar lo que no es humanamente aceptable, injustamente irrelevante o lo que destruye la unidad interna de la Humanidad.

Segundo:

Aprender la misión humanizadora interior, expresada por Friedrich Nietzsche, cuando dijo que “nada humano me es ajeno”, lo que implica visualizar de manera asertiva una selección de la Humanidad en sus principios para poder así atravesar con estilo el camino que dirige y rige la vida y sus acciones más relevantes como es la protección dignificada de la vida misma.

Tercero:

Aprender a ser entes enseñables para sí mismos y para los demás, de tal forma que “nadie deba ser herido al aprender y nadie hiera al enseñar”. Esto es, la aplicación relevante de una educación y formación correctivas y progresivas de la sabiduría, guiada y no tutelada de la conciencia humana, hacia su autonomía, tal como sugiriese el filósofo Immanuel Kant.

Cuarto:

Hacer de cada nación y de cada cultura potencias pensantes de la Humanidad que nos haga rescatar el Espíritu del Mundo o Weltgeist para que nos esforcemos consciente y voluntariamente por mejorar y perfeccionar el género humano, uniendo de manera interdialéctica el mundo espiritual con un mundo material que ya no se base en el fanatismo religioso, el consumismo, el obsoletismo acelerado y las falsas obligaciones de la gente que vive encerrada en sí misma y es indiferente al curso que toman las cosas y los fenómenos.

La dialéctica interna de la Humanidad implica que nunca se debe herir la autoestima de las personas, y que siempre se debe tener un corazón compasivo que interceda por la superación total del sufrimiento y el dolor en el mundo. Ambos componentes son los elementos racionales de la dialéctica del comportamiento que define dicha formación interrelacional de la persona humana en su plenitud, y que compone, a su vez, la integración espiritual universal de la Humanidad, cuyo máximo componente es por eso la interacción relacionada entre obediencia y desobediencia para crear interdependencias superiores que impliquen la emancipación total del género humano, mientras se cuida el vivir de forma relevante en completo equilibrio de las fuerzas que integran dicho proceso. Cada persona tiene no simplemente una misión que cumplir en el mundo, que pretende imponerse desde arriba y desde el exterior, sino sobre todo una función edificadora trabajada desde el interior que constituye el serio y constante esfuerzo por llegar a ser quienes verdaderamente somos dentro de la Dialéctica de la Esperanza del Bien y su materialización en el mundo concreto, y no fuera de ella. Al interior del Bien nos esforzamos correctamente y llegamos a ser de forma auténtica entes para el Bien mismo. Solo de ese modo se terminan las envidias y la competencia por los talentos, así como la prisa mediocre por alcanzarlos.

Nunca dejemos que nadie permanezca malgastando su vida al revolotear a nuestro alrededor y poniéndonos como su único centro, y no nos perdamos en la vanidad intentando ser el único centro de otros. Permitamos que cada persona que conocemos despliegue sus propias alas y que, ya sin medir fuerzas con nosotros, alce el vuelo emancipado hacia un mejor porvenir. Es este, un mensaje especial para la mujer que se encuentra detrás del poder, para que su comprensión de la Dialéctica Interna de la Humanidad, la haga interceder porque cada ciudadano que toque las puertas de la nación que dirige su esposo como gobernante político o empresario, pueda desplegar esperanzadoramente sus alas en la lucha por concretizar la integración mundial del Espíritu que rige la Historia de la Humanidad hacia mejor. En este sentido, que interceda para condenar e impedir la impunidad y los abusos de poder que, por orden de los presidentes irracionales, atacan con chorros de agua, balas de goma y gases lacrimógenos, a humildes manifestantes que protestan porque se les haga justicia, como recientemente en El Progreso en Honduras.  La Dialéctica Interna de la Humanidad toda en la historia, exige de cada pueblo su participación activa en su despliegue como Espíritu del Mundo o Weltgeist, pero desde la derrota de la impunidad y la injusticia que el Derecho Internacional de los Pueblos le permite para concretizarse justamente.

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