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Controlar la inflación sin subsidiar a los bancos

Por: Paul De Grauwe y Yuemei Ji*

LONDRES – En sus esfuerzos por enfrentar el peligro inflacionario, los principales bancos centrales han ido elevando marcadamente sus tasas de interés, pero un subproducto de las últimas alzas son los mayores desembolsos por concepto de intereses sobre los depósitos en los bancos centrales mantenidos por los bancos comerciales, lo que significa en la práctica una transferencia de fondos públicos a la banca privada.

El Eurosistema -compuesto por los 20 bancos centrales nacionales de la eurozona y el Banco Central Europeo- pagará €107 mil millones ($111 mil millones) en intereses (sobre €4,3 billones de depósitos) a instituciones financieras durante 2023. Esa cifra aumentará a €129 mil millones una vez el BCE eleve a un 3% su tasa a los depósitos en marzo, como ha prometido hacerlo.

En los Estados Unidos, la Reserva Federal hace poco votó por elevar la tasa de interés sobre los saldos de reserva a un 4,65%, lo que implica que deberá $140 mil millones sobre cerca de $111 billones de reservas bancarias este año. En Banco de Inglaterra también va en camino de hacer grandes transferencias de fondos a bancos comerciales.

El último ciclo de ajuste monetario implica utilidades para los bancos comerciales y pérdidas financieras para los bancos centrales, haciendo que nuevamente se plantee la pregunta de si se debería pagar a los primeros por mantener reservas en el banco central. ¿Es necesario el pago de intereses sobre las reservas para llevar a cabo una política monetaria? O ¿pueden los bancos centrales elevar las tasas de interés sin hacer transferencias masivas a los bancos comerciales?

Aunque muchos economistas dan por sentado que las reservas bancarias ganan intereses, esta práctica es más bien un fenómeno reciente. El BCE introdujo pagos de intereses sobre el exceso de reservas cuando inició sus operaciones en 1999, y el Congreso estadounidense autorizó a la Fed a hacerlo en 2008. Antes del 2000, la práctica general era no pagar intereses sobre los depósitos bancarios.

De hecho, los bancos comerciales no pagan intereses sobre los depósitos de sus clientes, incluso si estos también aportan liquidez a la economía real (no financiera). ¿Por qué se habría de pagar a los banqueros por mantener liquidez cuando todos los demás tienen que aceptar no recibir el mismo trato?

La falta de una base económica genuina para el pago de intereses sobre las reservas se hace todavía más evidente si se considera la manera en que los bancos centrales logran sus ganancias: tienen el monopolio estatal de crear dinero. La práctica de pagar intereses a los bancos comerciales equivale a transferir utilidades de este monopolio a instituciones privadas. Pero esas utilidades son esencialmente dinero de los impuestos de los contribuyentes, y se deberían devolver al gobierno que ha adjudicado el derecho monopólico, en lugar de canalizarlos a los bancos comerciales.

Aun así, muchos economistas creen que hoy en día es necesario remunerar las reservas bancarias para llevar a cabo políticas monetarias. Después de todo, los grandes bancos centrales poseen una superabundancia de reservas, debido a años de facilitación cuantitativa. A causa de esta sobreoferta, la tasa de interés está estancada en 0% y el banco central no puede subir la tasa de interés de mercado (que es lo que necesita para combatir la inflación).

Según el sentido común que prevalece en la actualidad, la única manera de que los bancos centrales eleven las tasas en un entorno así es pagando intereses sobre el océano de reservas mantenidas por las instituciones crediticias. Puesto que los bancos comerciales no otorgarán préstamos a una tasa de interés inferior a la tasa de depósitos sin riesgos, esta actúa como suelo de la tasa de interés de mercado. Así, si las tasas a los depósitos son más altas se traspasan a toda la estructura de tasas de interés.

Pero hay otras maneras de que un banco central haga subir las tasas de interés de mercado sin transferir sus utilidades a los bancos comerciales. Por ejemplo, podría vender bonos de gobierno, una forma de ajuste cuantitativo que los principales bancos centrales ya están implementando.

El problema es que reducir el balance de un banco central es un proceso muy lento. Podría tomar más de una década el que las reservas del banco lleguen a los niveles previos a la crisis financiera de 2008. Por eso, las ventas de bonos se deberían complementar con un aumento temporal de los requisitos mínimos de reserva.

El BCE ha optado hasta la fecha por no usar este instrumento y mantener el actual requisito de reserva en un 1%, mientras que la Fed lo ha abolido del todo. Sin embargo, las autoridades deberían reconsiderar el asunto. A medida que los bancos centrales reduzcan gradualmente sus tenencias de bonos del gobierno, se podrían ir reduciendo también los requisitos mínimos de reserva.

Al transformar el exceso de reservas mantenido por las entidades crediticias comerciales en requisitos de reserva, sobre los cuales no se pagan intereses, los bancos centrales podrían volver a crear el sistema que existía antes de la crisis financiera. En ese punto, la escasez de reservas significaría que pequeñas manipulaciones de la oferta de reservas podrían cambiar la tasa del mercado de dinero, sin necesidad de que los bancos centrales paguen intereses sobre los depósitos.

Algunos podrían objetar que, en la práctica, el uso de requisitos mínimos de reserva equivaldría a un impuesto a los bancos, lo que podría causar distorsiones económicas. Pero todos los impuestos generan distorsiones; la verdadera pregunta es si las ganancias compensan los costes.

Las ventajas de hacer uso de los requisitos mínimos de reserva son dobles. Primero, las autoridades eliminan la distorsión creada por dar subsidios masivos a los bancos. Segundo, los encargados de definir las políticas ganan una excepcional herramienta diseñada para sacar una parte significativa del balance de un banco central, al tiempo que siguen manteniendo la estabilidad financiera.

Los bancos centrales pueden elevar las tasas de interés sin grandes subsidios a los bancos. Sus utilidades debieran volver a transferirse a los gobiernos. Los contribuyentes tributarios, no los bancos, deberían beneficiarse con el dinero del sector público.

*Paul De Grauwe es director de Economía Política Europea en el Instituto Europeo de la Escuela de Economía de Londres. Yuemei Ji es Profesora Asociada de Economía en el University College de Londres.

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