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Cómo ser feliz sin ver el mundial

Por suerte, la selección hondureña de fútbol no clasificó al mundial; sino ya estaría privatizada la ENEE. La sobredosis mediática del mundial funciona como un mecanismo de despolitización ciudadana. En un país con retos estructurales tan complejos como la inseguridad, la migración o la crisis económica, el fútbol actúa como un potente anestésico social. Al volcar toda la atención colectiva en un evento deportivo, la exigencia de rendición de cuentas a las autoridades pierde fuerza. Mientras las masas están distraídas debatiendo tácticas de juego o celebrando goles, la agenda pública, que requiere de ciudadanos críticos y vigilantes, queda relegada a un segundo plano.

Les pido disculpas de antemano: a mí no me gusta el fútbol tanto como a las mayorías. No busco que me otorguen el «Grinch» del mundial por ello, ni pretendo erigirme como un intelectual solo por no sentarme frente al televisor a seguir cada partido. Es simplemente que cada uno es feliz a su manera, y de eso trata este artículo: al fin y al cabo, la labor de un escritor es explorar las complejidades de este mundo a menudo incómodo.

Primero, seamos honestos: Honduras no está ni cerca de ser competitiva en el fútbol de alto nivel. En consecuencia, deberíamos apoyar a los atletas de disciplinas como el boxeo, el béisbol, el taekwondo, el judo, la lucha grecorromana, la natación, el atletismo, la halterofilia o el ajedrez; deportes que, aún sin recibir el apoyo colectivo de la sociedad, han traído gloria al país en las competiciones más exigentes.

Resulta curioso cómo nos aferramos a un deporte en el que, lejos de destacar, somos deficientes, especialmente si nos comparamos con aquellas disciplinas donde sí poseemos un alto rendimiento. Esto revela un objetivo comercial perverso: la cultura termina siendo víctima de un mercado voraz que concentra millones en el fútbol. Paradójicamente, es el mismo deporte que, en sus momentos más álgidos en los estadios, deja un saldo trágico de violencia y muerte. Este fenómeno se ha normalizado a tal punto que, incluso tras reportarse fallecimientos fuera de los estadios, el espectáculo continúa, ignorando el luto de las familias que sufren las consecuencias de una pasión desmedida.

Es revelador observar cómo mis compatriotas se sumergen en un fanatismo donde se entremezclan la identidad colectiva y la moral. Se ha instaurado la premisa de que, si eres hombre y no te gusta el fútbol, tu orientación sexual es cuestionada; del mismo modo, si no portas la camiseta de un equipo, quedas excluido de la comunidad. Este afán de pertenencia es tan profundo que la razón sucumbe: muchas personas actúan en automático, bajo la presión de consumir alcohol o drogas solo para encajar en las denominadas «barras» o grupos sociales cuyo halo es el fútbol.

Este mecanismo de control social y validación de la masculinidad hegemónica no implica que el deporte sea intrínsecamente negativo. El problema radica en permitir que nuestra identidad sea comercializada a través de los signos del fútbol, y en buscar constantemente emular a ídolos deportivos, creando personalidades superfluas centradas en el «deporte rey», mientras el país requiere ciudadanos despiertos ante realidades más duras y complejas.

Para las grandes masas, los referentes de éxito se han reducido a una vacuidad sorprendente. Hoy, la aspiración colectiva se limita a la fama y el dinero que proyectan los youtubers de moda o las estrellas del fútbol. La juventud parece haber renunciado a vocaciones como la agricultura, la poesía, la abogacía o la medicina, pues demandan un esfuerzo sostenido que el mercado de la inmediatez ha vuelto indeseable. Es aquí donde delimito el núcleo de este artículo: la urgencia de comprender que no necesitamos emular a figuras como Messi o Cristiano para alcanzar una vida plena.

Podemos ser felices trazando nuestras propias metas, objetivos reales y alcanzables dentro de nuestro contexto nacional. Es posible abrazar nuestra verdad y encontrar plenitud en ella; no necesitamos cumplir con estándares ajenos —ni ser blancos, atléticos o millonarios—, pues la verdadera realización reside en reconocer y agradecer la dignidad de nuestro propio esfuerzo.

Conclusión

Todos merecemos escribir nuestro propio final feliz. No necesitamos un alter ego en redes sociales para transformar nuestra piel, nuestro peso, nuestra estatura o nuestro intelecto; todo se trata de aceptarnos tal como somos y de entender que, en la vida, vale más ser feliz que «ganar». No importa si tus pasiones son coleccionar utensilios de cocina, dibujar, jugar videojuegos o asistir a la iglesia; lo verdaderamente importante es preservar la autenticidad en un mundo diseñado para el consumo, un mundo que, bajo la presión de las masas, ahuyenta ese pensamiento alternativo tan necesario para transformar nuestra sociedad. Ojalá podamos decir: «No he visto ningún partido del mundial y soy feliz».

  • Periodismo Amplio e Incluyente, nace el 1 de mayo del 2015
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