¡Qué si! ¡Algo está podrido en el estado de la nación!

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle                                  

Exclama, Marcelo luego de ver el fantasma del rey sobre el terraplén en el Hamlet de Shakespeare. Acaso la conciencia no es también olfato, capacidad de oler. En una esfera más prosaica, hoy la Directora de Medio Ambiente declara que investiga las multitudinarias denuncias de los vecinos con respecto a un olor nauseabundo prevalente, analizando muestras en el laboratorio

Horacio Castellanos Moya, salvadoreño también, publicó ha más de veinte años, en 1997, una novelita titulada por su tema, El Asco. Por el que siente un emigrado -obligado a regresar, para el entierro de su madre, luego de una década en el exterior- por todo lo que vive, en el retorno que, incontinentemente, despotrica en una diatriba de cantina a un ex compañero del Liceo. Yo más bien cumplo diez años de haber regresado y no sé bien ¿de dónde viene? Ni entiendo ¿por qué no nos damos cuenta todos del mal olor, casi ubicuo? El tufo a muerto, pichete, rata, murciélago, encostalado, ahí está. No importa a dónde vas. ¿Cómo explicar la indiferencia? ¿Somos genéticamente discapacitados? ¿Nos hemos vuelto insensibles a la peste por costumbre? ¿Será que a fuerza de olerla siempre llegamos a creer que la pestilencia es normal?

Traen barcos de porquería hospitalaria desde el otro lado del mundo ¿porque saben que este es un basurero? Letrina, estercolero, fosa séptica, nos dice Donald Trump. Barcos de baterías radioactivas ¿para iluminar la tierra baldía? Si acudes a los cuarteles, huele a pólvora mojada. Si vas a los juzgados apesta a billete sudado, y si a la cámara de los patrones, ahí está la fetidez, en el aire acondicionado. Asistes a los templos con sus poderosos sistemas de sonido para generar la hipnosis del retumbo, y te asfixia ese etéreo efluvio de azufre. Caminas a la sala de reuniones del sindicato más cercano, y te asfixia esa corrupción tóxica. Te presentas a la logia de los pensadores y no puedes evitar sentir ese ijillo[1] rancio. No digamos si acudes al cóctel de los comunicadores, divulgadores de inmundicia. ¿Cómo no le iba a heder el vaho a Esdras? Abres el periódico y te asalta la emanación de excreta editorial. Apesta el colaboracionismo. ¿Qué es lo que huele en el Congreso, pese al Asistín, el tilín? ¿A qué huele la alta burocracia de Honduras, Señora? ¡Purísima! ¿A qué huele la ministra de salud? Y a incompetencia.

Mi madre GJPF (going on 96) alguna vez me dijo que ella creía que La Buchona había castrado cívica, anímicamente al hondureño. (Había visto a su padre, un hombre grande, echarse para atrás). C. Urbizo me ha dicho que él piensa que la gente percibe la enorme dificultad de cambiar las cosas, y se acobarda y nos contagia esa pavura a quienes presumimos ser líderes y pudiéramos enarbolar la lucha. Fíjense en aquel. ¡Pudiera ser! Pero también pudiera que, en esta particular coyuntura tenga algo que ver la anosmia, un síntoma muy generalizado del covid 19, especialmente el asintomático, que es el de la mayoría de los casos, por el cual los infectados pierden el sentido del olfato. Al menos, sirva de pretexto. ¿El que no huele es positivo?

¿Son mil y más muertos del covid por sobre los esperados, los que hieden? ¿O los cadáveres de los garífunas asesinados, que están tratando de esconder bajo la playa en que caminamos? Algunos nos escandalizamos cuando trascendió, en el primer gobierno ilegítimo de JOH, la gran pudrición de la policía con que se quiso justificar la supuesta depuración y la creación de una policía militar paralela. A estas alturas, esa repugnancia luce hipócrita. ¿Qué es lo que no está pútrido? ¿Acaso no los peores eran instrumentos de otros, igual que ellos? ¿Dónde están el ministro probo? ¿los íntegros? ¿los oficiales? ¿los militares probos?

¿Cómo no va a heder hasta la estratosfera el pus de la corrupción en las altas esferas del gobierno cuando queda, por enésima vez, a la vista, con el escándalo, ahora de dos hospitales, que no son hospitales, comprados por cuatro veces el valor que tendrían si fueran hospitales, carentes de los equipos más indispensables, y equipados con utensilios equivocados de todas formas en mal estado e inservibles? Sin que nadie sabe que pasó con los otros cinco. Comprados al contado con la inmunda colaboración de todas las agencias gubernamentales. Esta república nuestra está hedionda compatriotas, y nosotros olemos rapé y nos hacemos los pendejos, esperando que vengan a sacar al gobierno los gringos que lo pusieron ahí, que vengan los cuilios a exigirle que se haga a un lado, cuando fue con ellos que llegó al poder y es a ellos que ha puesto a cargo y a libar el panal del poder, con la familia.

¿Ahora que? pregunta Ana. ¿Quien puede desinfectar esta contaminación general? ¡Los ciudadanos podemos! Todos. No tiene que haber más consenso. No necesitamos estar de acuerdo en otra cosa para después. Arreglaremos las cargas en el camino y claro que nos pondremos de acuerdo en lo esencial. Primero hay que sacar el espectro putrefacto y garrulo de JOH. Para soportarse a sí misma, Honduras necesita purgarse. ¡Vamos a limpiarla!

Hay que poner una fecha. Para el paro, de todos los que no trabajen en funciones de emergencia. En que nadie acudirá a su oficina, tienda, fábrica ni taller, o acudirá a ellas para juntarse en la protesta. Una fecha en que no nos paralizarán con la prohibición y el miedo, sino que nosotros paralizaremos al poder. Un día en que todos los soldados se dedican a limpiar y a aceitar sus armas. En que todos los oficinistas van a desobedecer la orden de servirle al régimen y a jugar naipe en las computadoras. Todos los transportistas les dan mantenimiento a sus unidades. Los periodistas se rehúsan a entregar a sus salas de redacción cualquier nota que no sea sobre el paro. Una fecha que tenga el apoyo total de los líderes, movimientos y partidos, aún el suyo.

Una fecha en que los comunicadores que simpatizan con la causa, se tomen los micrófonos y las cámaras y no hablen de otra cosa en radio y televisión. En que los artistas salgan con sus colores, a hacer teatro o arte, mimo y música en la calle, contra el régimen. Y todos exijamos sin ruido, que se someta a cuarentena esa gente, en su casa. Yo le tiro al 15 de septiembre. Convoquemos y designemos un día que se llame fuera joh, accionemos los parabrisas, aunque no llueva, para decir fuera joh, pongamos el fuera joh en los cubre bocas y pintémoslo en las ambulancias.

Hagamos al final de ese día, guardando las distancias, una marcha vocinglera con antorchas y banderas, un guancasco de todas las banderas contra joh, la de la diversidad y la de Honduras, las de los partidos y la de la Iglesia, las banderas de los gremios y las de las universidades, un gran encuentro bailable de las banderas de todas las ciudades y las de los clubes deportivos. Confirmémoselo al mundo, el rechazo universal. No lo lograremos sin pelear, con todo, pagando el precio de la conciencia. Y si fuera opcional luchar o les sirve, les diré aún, ese día ¡vamos a prevalecer!

[1] Un espíritu apestoso que despiden los muertos vivos según antigua creencia mesoamericana.

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