
Por Giovani Funa
Noam Chomsky es una figura clave para comprender el siglo XXI. Su revolución en la teoría lingüística y su análisis crítico del imperialismo y la globalización lo han convertido en uno de los intelectuales más influyentes de nuestro tiempo. Nacido en Filadelfia en 1928, hijo de inmigrantes judíos rusos, Chomsky se formó en la Universidad de Pensilvania, donde obtuvo títulos en lingüística y hebreo moderno, además de especializarse posteriormente en filosofía del lenguaje. Aunque inicialmente fue reconocido por sus aportes en el ámbito lingüístico, su fama se consolidó durante la década de 1960, cuando orientó su pensamiento hacia la crítica política y social.
Su mayor contribución a la lingüística fue el desarrollo de la teoría de la gramática universal, según la cual los seres humanos poseen una capacidad innata para adquirir el lenguaje, previa a cualquier aprendizaje social. Esta hipótesis intenta responder al enigma de cómo los niños logran dominar lenguajes complejos a edades tempranas. En el terreno político, su abierta oposición a la guerra de Vietnam lo convirtió en uno de los intelectuales disidentes más destacados del movimiento de protesta que sacudió a Estados Unidos en 1968. Asimismo, se vinculó a las movilizaciones estudiantiles y sociales que también estallaron en otras partes del mundo, como el Mayo francés, cuyo origen estuvo relacionado con el rechazo al colonialismo francés en Argelia. Su activismo provocó que el gobierno de Richard Nixon lo considerara un adversario político y lo mantuviera bajo vigilancia.
Las aportaciones de Chomsky en los campos de la lingüística, la filosofía y la política lo sitúan entre los pensadores imprescindibles para comprender, analizar y transformar el mundo contemporáneo. Muchos lo consideran uno de los impulsores de la llamada revolución cognitiva, un cambio de paradigma surgido en los años cincuenta que trasladó el estudio del lenguaje humano al ámbito de las ciencias cognitivas. Desde esta perspectiva, el cerebro es entendido como un órgano especializado en el procesamiento de información lingüística, lo que dio origen al enfoque conocido como cognitivismo. Por ello, con frecuencia se habla también de una “revolución chomskiana” para describir este giro profundo en la disciplina lingüística.
Chomsky desafió los modelos lingüísticos dominantes de su época y propuso un enfoque científico más ambicioso que superara las limitaciones del análisis puramente comparativo. Hasta entonces, el estructuralismo, especialmente influyente en Francia, concebía el lenguaje desde una perspectiva centrada en la comparación entre lenguas y en el estudio de sus reglas formales. Chomsky fue más allá al preguntarse por el origen mismo de la capacidad lingüística humana. Postuló que el lenguaje es producto de un sistema mental específico, una facultad innata que organiza el mundo de forma estructurada. Esta concepción permite explicar por qué los seres humanos son capaces de formular expresiones nuevas y originales que jamás habían escuchado antes, gracias a la combinación creativa de reglas gramaticales y vocabulario.
En el ámbito de la lingüística, Chomsky distingue entre dos niveles de análisis del lenguaje. Por un lado, la gramática mental, entendida como el conocimiento subconsciente que se forma en el cerebro a partir de la exposición constante al lenguaje; por otro, la gramática descriptiva, cuyo propósito es formalizar ese conocimiento mediante normas y categorías explícitas. Estas ideas fueron presentadas por primera vez en su obra Estructuras sintácticas, publicada en 1957. En este libro, Chomsky sostiene que una teoría lingüística debe explicar cómo los seres humanos aprenden, utilizan y generan el lenguaje. Critica las aproximaciones basadas exclusivamente en el análisis sintáctico, ya que las considera insuficientes. El estudio del lenguaje requiere también considerar los significados que atribuimos a las palabras y el papel que desempeña el lenguaje en la construcción de la identidad humana. Para el ser humano, el lenguaje no es simplemente una herramienta funcional, como un cuchillo o una rueda, sino un elemento central en la conformación de la conciencia y del pensamiento.
La importancia del lenguaje lleva a Chomsky a vincularlo directamente con la naturaleza humana. Según su planteamiento, existe un componente genético que permite a los seres humanos adquirir el lenguaje desde edades muy tempranas. Esta capacidad innata es lo que denomina gramática universal. Gracias a ella se explica por qué, aun expuestos a estímulos similares, los animales no desarrollan habilidades verbales comparables a las humanas, mientras que los niños pueden aprender varios idiomas simultáneamente durante sus primeros años de vida. De esta teoría lingüística se desprende también una visión antropológica. Para Chomsky, la capacidad lingüística forma parte de una facultad creadora innata que constituye la esencia de la especie humana. En esta idea puede advertirse cierta influencia de Jean-Jacques Rousseau y de su concepción del “buen salvaje”, según la cual son las instituciones, la educación y las estructuras sociales las que con frecuencia limitan y distorsionan la creatividad natural del individuo, favoreciendo sociedades conformistas.
Estas estructuras innatas no solo explicarían el lenguaje, sino también ciertos aspectos de la moralidad humana. Chomsky sostiene que la moral posee un componente lingüístico importante. Por ejemplo, la distinción semántica entre términos como “asesinato” y “homicidio” implica ya diferencias morales y jurídicas. Del mismo modo, la presencia recurrente de conceptos morales en distintas lenguas sugeriría la existencia de propiedades lingüísticas universales compartidas por toda la humanidad.
Como parte del desarrollo de su teoría lingüística, Chomsky se enfrentó directamente al conductismo radical de B. F. Skinner. Este enfoque centraba su atención exclusivamente en el comportamiento observable y medible, descartando el análisis de los procesos mentales internos. Según Skinner, todo comportamiento, incluido el lenguaje, se aprende mediante la interacción con el entorno a través del condicionamiento operante. Las consecuencias de una acción —refuerzos o castigos— modifican la probabilidad de que determinado comportamiento vuelva a repetirse. Los refuerzos positivos aumentan dicha probabilidad, mientras que los castigos o estímulos aversivos la reducen.
La crítica más influyente de Chomsky a este planteamiento se encuentra en su reseña de Conducta verbal de Skinner. En ella argumenta que el conductismo no puede explicar los aspectos creativos, flexibles y complejos del lenguaje humano. A su juicio, este enfoque reduce el comportamiento lingüístico a una simple respuesta frente a estímulos externos, ignorando los procesos mentales internos y los factores innatos implicados en el aprendizaje del lenguaje. Para Chomsky, el lenguaje no se adquiere únicamente mediante repetición o recompensa, sino gracias a una capacidad mental innata que permite generar y comprender una cantidad infinita de expresiones nuevas.
Aunque sus aportes a la lingüística lo consolidaron como uno de los intelectuales más destacados de su tiempo, Chomsky alcanzó fama mundial a partir de la década de 1960 debido a su firme crítica al imperialismo estadounidense. Fue uno de los primeros intelectuales de renombre en condenar públicamente la guerra de Vietnam y el papel desempeñado por Estados Unidos en ese conflicto. En 1969 publicó El poder estadounidense y los nuevos mandarines, obra que reúne ensayos en los que cuestiona duramente la política exterior estadounidense. En dichos textos también exhorta a los intelectuales a asumir una postura crítica frente al poder, denunciando la manera en que el mundo académico y los medios de comunicación contribuyen a legitimar el statu quo.
Durante varios años, Chomsky se negó a pagar parte de sus impuestos como forma de protesta y apoyó activamente el movimiento de objeción al reclutamiento militar. Estas acciones le costaron varias detenciones y su inclusión en listas negras del gobierno estadounidense como disidente político.
A partir de la década de 1980, Chomsky concentró buena parte de su reflexión en el estudio de la manipulación política y mediática. Junto con Edward Herman desarrolló una crítica al funcionamiento de los medios de comunicación en las sociedades capitalistas. Según ambos autores, los medios no actúan principalmente para informar al público, sino para servir a los intereses de gobiernos, corporaciones y élites económicas, moldeando la opinión pública de acuerdo con dichos intereses.
Frente a esta lógica de manipulación, Chomsky defendió una educación basada en el pensamiento crítico. Solía mencionar como ejemplo su experiencia en una escuela experimental que fomentaba el cuestionamiento y la reflexión. Sin embargo, sostenía que un modelo educativo de este tipo difícilmente podría generalizarse en sociedades organizadas sobre estructuras jerárquicas y autoritarias.
Entre los mecanismos de manipulación más frecuentes identificados por Chomsky destacan la distracción mediante el entretenimiento y asuntos superficiales; la creación de problemas para luego ofrecer soluciones que refuercen el control del poder; la aplicación gradual de medidas impopulares; la promesa de beneficios futuros que nunca llegan a concretarse; la infantilización del público mediante discursos simplificados; el fomento de la ignorancia; la manipulación emocional a través del miedo o la culpa; la promoción de aspiraciones consumistas y superficiales; la culpabilización individual de problemas estructurales; y la recopilación masiva de datos para controlar deseos y anticipar comportamientos sociales.
Para Chomsky, estos mecanismos no representan desviaciones excepcionales, sino el funcionamiento habitual del sistema capitalista contemporáneo. Según sostiene, el capitalismo tiende a legitimarse presentándose como el mejor de los sistemas posibles frente a alternativas asociadas con la barbarie o el totalitarismo. Sin embargo, considera que las democracias actuales suelen funcionar al servicio de una minoría privilegiada. En una de sus reflexiones más conocidas afirma que la democracia neoliberal, en lugar de producir ciudadanos, produce consumidores; y en lugar de comunidades, produce centros comerciales. El resultado es una sociedad atomizada, integrada por individuos desvinculados, desmoralizados y socialmente impotentes.
Frente a esta realidad, Chomsky propone una democracia más participativa y directa, basada en el pensamiento crítico, la educación, el acceso libre a la información y una auténtica libertad de expresión. No obstante, considera que estas condiciones son difíciles de alcanzar mientras los grandes medios de comunicación continúen subordinados a intereses económicos y agendas políticas dominantes.
El interés de Chomsky por el anarquismo se remonta a su infancia. A los diez años investigó la caída de Barcelona ante el fascismo durante la Guerra Civil española y escribió un artículo sobre el tema para el periódico de su escuela. Desde entonces desarrolló una profunda desconfianza hacia toda forma de autoridad ilegítima, convicción que se convirtió en uno de los pilares centrales de su pensamiento político. Para Chomsky, toda estructura de poder debe justificarse; de lo contrario, debe ser desmantelada.
La lectura de Homenaje a Cataluña de George Orwell influyó decisivamente en su pensamiento. Admiraba el papel desempeñado por los anarquistas durante la Guerra Civil española, no solo por su resistencia al fascismo, sino también por su oposición a la contrarrevolución estalinista. Su pensamiento político combina elementos del anarquismo con aspectos de la tradición liberal clásica. Chomsky suele definirse como socialista libertario o socialista liberal, destacando que el liberalismo original no fue simplemente una defensa de la propiedad privada, sino también una crítica a las formas de dominación estatal y económica.
En sus análisis sobre globalización y neoliberalismo, Chomsky identifica la manipulación mediática, la crisis de la democracia y la creciente desigualdad como consecuencias de las dinámicas del capitalismo global contemporáneo. Una de sus críticas más persistentes se dirige al imperialismo estadounidense, al que considera motor principal de una globalización desigual. Esta perspectiva se reflejó también en sus análisis sobre la guerra en Ucrania. Aunque condenó la invasión rusa y responsabilizó a Vladimir Putin, sostuvo igualmente que la expansión de la OTAN hacia el este contribuyó a generar las tensiones que desembocaron en el conflicto. Asimismo, criticó el tratamiento mediático de la guerra, señalando que muchos medios presentan narrativas simplificadas que omiten el contexto histórico y geopolítico necesario para comprender sus causas profundas.
Uno de los aspectos más controvertidos de su pensamiento ha sido su defensa radical de la libertad de expresión. Para Chomsky, este principio debe ser universal y constituye la base esencial de toda democracia auténtica. Sostiene que los Estados recurren constantemente a mecanismos de censura y fomentan la autocensura mediante el miedo al aislamiento social o a represalias políticas y profesionales.
La polémica alcanzó uno de sus puntos más altos cuando defendió el derecho de los negacionistas de genocidios históricos a expresarse libremente. Su argumento sostiene que, si no se está dispuesto a garantizar la libertad de expresión incluso para quienes sostienen ideas profundamente rechazables, entonces en realidad no se está defendiendo dicho principio. Según Chomsky, limitar la expresión de cualquier grupo o individuo abre la puerta a formas crecientes de control sobre el discurso público y pone en riesgo la pluralidad democrática. Desde esta perspectiva, la verdadera libertad reside en el diálogo abierto y en la capacidad de confrontar ideas, por difíciles o perturbadoras que resulten, sin recurrir a la censura. Así, la libertad de expresión no es únicamente un derecho fundamental, sino también una responsabilidad indispensable para preservar una sociedad crítica y verdaderamente libre.





