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La calle: el hogar que espera a muchos hondureños durante y después de la pandemia

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Desde hace una semana un grupo de personas que vivía en los alrededores del barrio Los Dolores, en el centro de Tegucigalpa, fue desalojado y ahora duermen en la calle que sube al barrio Buenos Aires, a pocos metros de la Jefatura Metropolitana Uno, más conocida como “el Core 7”, ante la pasiva mirada de los agentes policiales que entran y salen, llaman por teléfono y compran en una pulpería cercana.

Por: Fernando Destéphen

redaccion@criterio.hn

Tegucigalpa. –En la bandeja que sostiene en sus piernas, Delia tiene cinco platos de comida: burritas de chicharrón y pollo. Tiene 64 años y alrededor de cinco de vender su comida en este redondel que encierra un árbol en el Parque Central de Tegucigalpa.

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Delia sonríe simulando su preocupación por no tener dinero para pagar la renta de donde vive.

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A su lado derecho, Agustina García se levanta después de estar recostada en el tronco del árbol. A sus 47 años no pierde la moda, eso explica el piercing en su labio, también la gruesa cadena de plata que, aunque sucia cuelga del cuello de esta mujer de más de 1.60 metros, quien mantiene siete hijos, que se quedan solos en un cuarto que alquila en la Calle Real de Comayagüela o Tercera Avenida, mientras ella busca el sustento diario.

Tomasa Pineda es la tercera de esta cadena y también es la mayor del grupo, ella tiene 72 años, cría dos nietos con las ventas que obtiene de una chiclera. La historia es la misma, los niños se quedan solos en una cuartería, de donde la han amenazado con sacar si no paga 3 mil lempiras de la renta acumulada desde que en Honduras se aprobó el estado de excepción. Tomasa me resume parte de su historia y las vicisitudes que comparte con su inseparable nieta, quien la acompaña en las actividades diarias.

La historia de Tomasa, Delia y Agustina, son parecidas, las tres están a punto de ser expulsadas de las cuarterías donde viven, pues el toque de queda les ha impedido salir a trabajar a las calles y no han podido ajustar el dinero de la renta.

Ellas tres son parte de los 3.5 millones de los 9.3 millones de hondureños que viven en pobreza extrema, según los datos del Instituto Nacional de Estadísticas (INE).

Antes era más fácil, me dicen. Ese antes al que se refieren es al de la pandemia del Covid-19 y que en Honduras podría elevar los niveles de pobreza al 80 por ciento, según cálculos de economistas nacionales y que actualmente anda en un 62 por ciento.

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Agustina teme que muy pronto la echen de la cuartería donde vive. El toque de queda ha afectado su venta de agua, lo que le impide recoger el dinero de la renta.

Las protagonistas de esta historia son parte de la precarización y miseria que se vive en Honduras y que hoy ha quedado al descubierto con la desactivación de la economía, producto de las medidas de aislamiento social. La necesidad ha hecho que Tomasa, Delia y Agustina, se reinventen y salgan a diario a vender a las calles, burritas, agua, cigarros, chicles bombones y galletas. Antes de la emergencia sanitaria, ellas, aseguran que adquirían lo necesario para sobrevivir, ahora, ni para eso están haciendo.

Las ayudadas de alimentos no llegan

El Centro de Tegucigalpa despierta. Las pocas personas que se mueven pasan al lado de Delia, Agustina y Tomasa. Un joven que antes había estado besando a su novia se acerca a Delia y le compra una burrita, ella sonríe y me dice que hacen, aunque sea “el gracias a Dios”.

Delia sonríe apenas, pero me cuenta que las ayudas de alimentos han llegado al Parque Central, pero las repartieron de La Peatonal hacia abajo. A ella y a sus compañeras no las incluyeron. “No nos dieron nada, solo a la gente de allá”, dice y señala la estatua de Francisco Morazán, la que en términos prácticos sirve como frontera imaginaria para dividir el parque en dos y dejar a Delia, Agustina y Tomasa fuera de las ayudas humanitarias destinadas a esa población en riesgo.

No son las únicas en riesgo. Desde hace una semana un grupo de personas que vivía en los alrededores del barrio Los Dolores, siempre en el centro de Tegucigalpa, fue desalojado y ahora duermen en la calle que sube al barrio Buenos Aires, a pocos metros de la Jefatura Metropolitana Uno, más conocida como “el Core 7”, ante la pasiva mirada de los agentes que entran y salen, llaman por teléfono y compran en la pulpería.

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En la esquina de la avenida Las Delicias y la calle Buenos Aires, un hombre mayor está metido hasta la cintura en un desagüe. Con un martillo golpea un tubo de PVC cortado a la mitad, este sirve de canal para que el agua limpia caiga en las botellas de gaseosas y en los demás botes que una niña de unos diez años transporta de esa esquina a una casa con pasillo oscuro y lejano.

En esa calle, un hombre de camisa azul manga larga, calzoneta negra, chancletas y calcetines negros, me dice que ya no quiere salir en periódicos, mientras sintoniza música en un radio portátil. “Si me tiras algo podés tomar todas las fotos que querás”, me dice, mientras me advertía y gritaba que no le tomara fotos. No lo había hecho.

En la acera tienen acumulado todo lo que tienen: ropa, juguetes, ollas, sartenes y entre las cobijas varios niños. Eran las ocho y media de la mañana. Una mujer con la cara de recién haberse despertado contempla a un niño que acomoda con almohadas en la dura acera. Al fondo de esta triste escena, la música sigue su curso, como para matizar la tragedia.

Unos siete adultos se dividen la calle, unos en las gradas de un negocio de venta de artículos recuperados de casas comerciales, y en la otra, los que duermen o descansan lo poco que pueden entre las miradas de los que pasan y no creen que en medio de una epidemia hay gente tirada en la calle, porque no tienen los 100 o 150 lempiras diarios de alquiler.

Honduras cumple su séptima semana con medidas de confinamiento, segmentación para comprar, distanciamiento social y el uso obligatorio de mascarillas, aunque esto no se cumple, porque en este país impera el desorden y la violación a las leyes, conducta que se impone de arriba hacia abajo.

En las últimas horas se registró el deceso de una enfermera del personal del Hospital Mario Catarino Rivas, de la ciudad de San Pedro Sula

La noticia ha sido fue por el director del Seguro Social en San Pedro Sula, Omar Janania. El funcionario de la salud notificó que la mujer, de 55 años, padecía de hipertensión, hipotiroidismo y diabetes.

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Pese a sus 72 años, Tomasa sigue vendiendo en las calles. Junto a ella su inseparable nieta.

Más dinero para la crisis

El Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE) aprobó este martes una línea de contingencia de crédito por 200 millones de dólares (5 mil millones de lempiras) para fortalecer la posición y capacidad de gestión de liquidez del Banco Central de Honduras en el marco de la crisis por el coronavirus. Estos fondos se suman a los casi 92 mil millones de lempiras aprobados por el gobierno en el contexto de la epidemia por el Sars-Cov-2.

Hasta el momento los millonarios fondos no han llegado a cubrir las necesidades de Delia, Agustina y Tomasa, quienes seguirán vendiendo burritas, agua, cigarros y chicles con la esperanza que la situación mejore.

 

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