La brigada del diablo (Guerra del 69)

 Por: Arturo Rendón Pineda

(Diario La Prensa el 30 de Julio de 1989:”. LOS HEROES ANONIMOS DE LA GUERRA–.LA BRIGADA DEL DIABLO CONFORMADA POR CIVILES DESARROLLÓ UNA PATRIÓTICA LABOR HASTA AHORA DESCONOCIDA)…

Cuando se desató la guerra con El Salvador, algunos civiles tomamos la decisión de colaborar con grupos de apoyo al ejército hondureño, y nos tocó hasta empuñar las armas en los días en que permanecimos en el área de El Portillo en el Departamento de Ocotepeque.  Durante esos nueve días álgidos que permanecí en el frente a partir del 15 de Julio, hasta el día en que nos tocó firmar el acta de recepción de la ciudad de Ocotepeque junto al Abogado Miguel Villamil Luna y la Delegación de la OEA que presenció los actos; venía a Santa Rosa ocasionalmente a ver a la familia que se había trasladado a La hacienda “Montecristo” propiedad de mis suegros.  Mi hijo Roberto Emilio de 15 años de edad, quien dicho sea de paso siempre tuvo vocación militar, cuando venían a la ciudad por el día con mi esposa a ver la casa y atender la radio, se dedicaba a hacer ronda de vigilancia en las vecindades de nuestra casa de El Calvario con un rifle 22 de mi propiedad.

Como decía anteriormente, cantidad de civiles cuyos nombres no puedo precisar, se trasladaban de toda la república a colaborar con la tropa, grupos de sampedranos como Odilon Ayestas y el abogado a quien apodaban “El Mono Discua”, llegaron con camiones cargados de frutas, verduras y otros comestibles, y muchos otros entre los que puedo nombrar a Enrique Vitanza Funes (Quique) que operó con la tropa  del Coronel Matías Hernández,  y el Dr. Humberto Pineda Santos con las brigadas médicas todos amigos nuestros, se hicieron presentes como voluntarios para la defensa del país.

Juntamente con ciudadanos de todas las clases sociales y colores políticos, pero particularmente jóvenes sampedranos en su gran mayoría, surgió la idea de formar un grupo armado al que se dio en llamar La “Brigada del Diablo”, en la que tuve la honra de participar entre otros con Juan Alcina, Rubén Solano Díaz, Pedro Castejón y Eduardo Piña Monsálvez, chileno de nacimiento, pero hondureño de corazón. El grupo estaba compuesto por más de 150 personas entre jóvenes y hombres maduros.  Patrullabamos todo el día con efectivos del ejército desde El Portillo hasta un lugar denominado La Pedrera, justo a orillas de Sinuapa ciudad gemela de Ocotepeque donde los salvadoreños habían tomado el cuartel. Cierto día, desde una loma en La Pedrera aproximadamente un kilómetro del cuartel tomado por los salvadoreños, pudimos ver con anteojos larga vista cuando le prendieron fuego.  Recuerdo que cerca donde estábamos hacían blanco en la carretera aledaña las granadas de un cañón de 105 mm que desde el cerro Cayaguanca disparaban las tropas invasoras haciendo un ruido atronador que de solo oírlo causaba pavor. 

Fueron muchas las anécdotas que podríamos contar de esa experiencia: Cierta vez, llevamos en un pick-up a un celador de línea del telégrafo con el propósito de instalar en un sitio en medio de dos cerros un teléfono de magneto en un lugar localizado entre dos cerros muy cerca de Siguapa, donde los invasores habían cortado la línea telegráfica interrumpiendo la comunicación con el Cuartel General de S. Rosa.  Mientras ayudábamos al encargado a cumplir con su cometido, fuimos sorprendidos desde un bosque cercano cuando comenzaron a dispararnos con una ametralladora calibre 50. Eran grupos de soldados salvadoreños que patrullaban la falda de la montaña a orillas de la carretera por donde a diario transitábamos. 

Al escuchar los disparos y ver caer los proyectiles arrancando la grama en derredor nuestro, corrimos hacia el carro conducido por el abogado Discua”, quien, en la prisa por alejarnos del peligro, en lugar de meter primera metió retroceso y fue grande el susto que llevamos al salir proyectados cuesta abajo a punto de accidentarnos.

Cierto día, mientras nos encaminábamos hacia el desvió de San Marcos en compañía de don Carlos Carias, del Dr. Jorge Alberto Pineda (ambos fallecidos) quienes se nos había unido con otras dos personas, mientras viajabamos de La Labor con rumbo al norte, nos sorprendió ver aterrizar aviones de la Fuerza Aérea Hondureña en una recta de la carretera paralela a Sensenti.  Ese tramo carretero es bastante largo y en un extremo habían colocado a flor de tierra una flecha de madera pintada de rojo encendido como de dos metros de largo para orientar el aterrizaje de los aviones.  La carretera en ese tiempo era de tierra, pero muy bien compactada con cascajo como para resistir el aterrizaje de los aviones con que contaba la Fuerza Aérea Hondureña.

Periódicamente viajabamos del campamento de Santa Lucía para El Portillo y encontrábamos deambulando por los montes soldados hondureños que habían sido reclutados improvisadamente sin ninguna preparación en el uso de las armas, por lo que huían por los terrenos aledaños por temor, estaban pésimamente armados y desertaban dejando botado el obsoleto equipo con que los habían dotado.  El Dr. Jorge Pineda que era de carácter recio, se bajaba del vehículo furioso para regañarlos y luego los subía a empujones a la paila del carro que yo conducía para entregarlos a sus superiores, mientras les gritaba furibundo que no fueran cobardes. Los pobres soldados, jóvenes  campesinos, desertaban alegando que el equipo con que los armaron en el batallón de Santa Rosa no servía, les daban unos pocos  proyectiles con el muy probable riesgo de que estos no reventaran porque eran los mismos que vi limpiando de óxido y cardenillo en los corredores del cuartel, esos proyectiles eran viejos y en su mayoría inservibles a causa de la humedad por tanto tiempo de permanecer embodegados, por lo que los soldados se sentían indefensos ante un adversario muy bien armado y entrenado.

Estos problemas ocurrían con las tropas del Batallón Lempira, de donde algunos oficiales conscientes de la indefensión en que se encontraban por carecer de un eficiente armamento, fueron los primeros en despachar a sus familias para otros lugares del país, acción que alarmó al vecindario que también hizo maletas para salir huyendo masivamente con rumbo San Pedro Sula.

Como nuestro grupo tenía su base en El Portillo donde frecuentemente la tropa llevaba soldados salvadoreños capturados, muchos venían drogados, ¡y al momento de ser capturados gritaban fuera de sí y con visible euforia…!  a San Pedro!! a San Pedro!   Se pudo comprobar que los jefes les daban a tomar pastillas enervantes para levantarles el ánimo y muy probablemente los soldados se excedían en la toma de esos medicamentos.  

 Víctor Morales, conocido fotógrafo de diario La Prensa diariamente tomaba fotografías de la “Brigada del Diablo” que años después fueran publicadas con ocasión de conmemorarse el 20 aniversario de la Guerra con El Salvador con título a cinco columnas: “Los héroes Anónimos” en que aparecíamos con el grupo de improvisados soldados.  Aprovechando las fotos publicadas 20 años después, mandé a sacar copias que exhibo orgullosamente en el altar de mis recuerdos sobre una pared de mi oficina, que llamo jactanciosamente “mi egoteca particular”.

Un comentario en “    La brigada del diablo (Guerra del 69)

  • Abraham Pavon
    el julio 14, 2019 a las 8:19 pm
    Permalink

    Los soldados de hoy en un conflicto armado con otro país al primer disparo salen huyendo porqué su entrenamiento hoy día solo es gasear civiles desarmados esa gloria de las FF:AA se esta extiguiendo por culpa de los políticos.

    Respuesta

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.