Japón,  cultura y Covid-19

Entre líneas

Por: Roger Marín Neda

La lucha contra COVID-19 enseña la lección inesperada de que reaccionan mejor las culturas con valores ancestrales y propósitos de nación bien definidos.

Japón es un ejemplo insignia, donde las condiciones para una gran crisis sanitaria son más propicias que en los países más afectados.

Japón está muy cerca de China, con quien mantiene   flujos intensos de personas y comercio; su limitada extensión alberga

127 millones de personas, 25% de las cuales tiene más que 65 años; la adicción al tabaco, que predispone al contagio, es muy extendida.

Sin embargo, hasta hace poco los infectados eran menos que 20 mil, y los fallecidos menos que mil.

El lavado de manos y la distancia social son habituales en Japón desde hace siglos. La reclusión no es exigida, y la vida sigue casi normal.

Hace unas semanas, la escritora argentina de origen japonés María Kodama, contó a    Longobardi (CNN) que su padre nunca hacía preguntas. Él señor Kodama decía que, si la otra persona quiere contarte algo, lo hará, pero que, si no quiere, no responderá a tu pregunta, o te mentirá. Longobardi dedujo que “era respeto hacia el otro.”

El respeto mutuo es esencial en la cultura japonesa. La gente usa mascarilla por una simple gripe; hace colas distantes y silenciosas; entra descalza en las casas; saluda inclinando la cabeza, sin comerciar bacterias en apretones de manos, o en falsos besos de mejilla.

La higiene es una purificación física y espiritual inspirada por la mitología japonesa primigenia.

La sensibilidad artística, la espiritualidad profunda, la veneración de los mayores y de la naturaleza, el honor, son valores propios de las sociedades agrícolas, decantados y asentados en la cultura japonesa.

Pero el país no renunció a sus valores cuando a mediados del siglo XIX fue forzado por cañoneras de EUA a abrirse al comercio e industrializarse. Fue un cambio radical casi incruento, que a países como Inglaterra, Francia y EUA costó ríos de sangre. Fueron la cultura y el temple nacional los que encajaron el golpe.

Nuestra cultura, dentro del tamaño y pobreza del país, vivió algunos de esos valores. El aseo de la niñez era exigido en la escuela primaria. La clase de moral y cívica era formal, reafirmada los sábados en actos cívicos. El respeto hacia los maestros, los padres y las mayores eras sacramentales en el campo, y obligado en las ciudades. Las clases de manualidades, dibujo y canto acercaban a los niños al arte, a la espiritualidad, al trabajo.

Cuando en los 60 hicimos un falso esfuerzo de industrialización, comenzó un proceso de supresión de esos valores. Repetidas reformas educativas de escritorio, fragmentarias, politizadas y desganadas, eliminaron las clases de moral y cívica, los actos cívicos, y en general bajaron el nivel cívico, moral y espiritual en la formación de los niños y de los jóvenes. Hermosas tradiciones de la enseñanza volaron, como pluma al viento, junto con el sentido de pertenencia a un proyecto de país y la emergencia de una cosmovisión nacional que partía de la niñez y de la juventud. A cambio de una ilusoria modernización, perdimos rumbos y contenidos esenciales en los programas educativos de niños y de jóvenes.  

Ya no se trata sólo de reformar la educación. Hay que rehacer la cultura, recuperar los alientos patrios que orientaban hacia la construcción del país. En el largo plazo, como nación, esa es la gran enseñanza que nos deja COVID-19. 

Tegucigalpa, 01 de junio, 2019.

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