El Retablo del Flautista

Merecida Ovación a Memorias

 

Por Guido Eguigure

Definitivamente el Teatro Memorias se ha consagrado con la hermosa y espectacular puesta en escena de la obra del autor catalán, Jordi Teixidor, El Retablo del Flautista. Nació el año que comenzó la segunda guerra mundial y al finalizar la guerra civil española, su familia se mudó a Francia. La obra se estrenó en 1970 y logró cumplir las mil presentaciones. En Honduras, el primer montaje se hizo el mismo año que se estrenó en Barcelona. Eduardo Bahr y Saúl Toro fueron pioneros de esta magistral obra.

Eran los tiempos del Teatro Obrero del Pueblo Unido, TOPU, que a finales de los sesenta y principios de los setenta desarrolló una gran actividad artística. En ese periodo, el teatro se hacía al aire libre, en edificios universitarios, en salones sindicales, plazas, campos bananeros y, cuando se podía, en salas. Este teatro era considerado desde un sector como político y liberador, y desde el poder, subversivo. Por eso teatristas fueron perseguidos, encarcelados, asesinados y exiliados, pues se consideraban instigadores del peligroso delito de hacer pensar a la gente.

Heredero del TOPU, el Conjunto Teatral Rascaniguas se embarcó en los ochenta en la enorme tarea de montar esta hermosa, pero compleja obra. Para esa época, el promedio de edad de sus miembros era de 22 años. Considerando lo complejo de la obra, tal desafío sólo podía ser asumido por la audacia de estos jóvenes imberbes, inexpertos pero llenos de energía y compromiso. Viendo en retrospectiva, la complejidad de la obra, los escasos recursos con que se contaba, la poca experiencia y la formación limitada, el montaje fue definitivamente, todo un éxito.

Rascaniguas reunió a un grupo de actores, actrices y músicos que desarrollaron una febril actividad teatral muy novedosa para la época. La Escuela Nacional de Bellas Artes fue testigo de la persistencia, el talento y la energía de estos jóvenes, empeñados en hacer brillar el teatro hondureño para aportar a la conciencia crítica de la juventud, mostrando que el camino de la cultura es liberador en su esencia, pues redime al espíritu humano de las ataduras de la ignorancia, de la infamia del despotismo y de la ceguera de la mediocridad.   

Casi 25 años después del montaje de Rascaniguas, Tito Ochoa -quien fuera su director, ahora consagrado en Memorias-, decidió montar nuevamente la obra. Esta vez, con una larga carrera que incluye la formación profesional en dirección teatral, y su paso por las tablas de varias ciudades, incluidas Praga, Bogotá y Tegucigalpa. Además, dirigiendo a un grupo de talentosos teatristas, entre ellos, estudiantes de la Escuela Nacional de Arte Dramático -donde José Luis Recinos mantiene viva la cantera de relevos- y con actores profesionales de la talla de Gabriel Ochoa, Oscar Quiroz, Leo Matute, Jean Navarro, Carolinne Álvarez, María Dubón, Christian Roque, Vera Guillen y Jean Navarro. 

Para quienes tuvimos la oportunidad de ver este fabuloso montaje, no nos queda ninguna duda de que, en nuestro país debemos sentirnos orgullosos de tener una compañía de teatro de primer nivel. El montaje es magnífico. La escenografía, el vestuario, las luces, la utilería, la música, la producción en general, la construcción del personaje y la dirección se conjugan para lograr un exquisito resultado en esta obra que, además de causar una hermosa impresión por su enorme nivel artístico, nos motiva a pensar en los tiempos que vivimos, en los desafíos que enfrentamos y nos da pistas y sugerencias para abordarlos, buscando salidas que respeten la dignidad y los derechos de los excluidos.

Resumiendo, la obra se desarrolla en Pimburgo, una pequeña aldea alemana, donde se enfrenta una plaga de ratas que pone en pánico a toda la población. Primero a los más pobres y después amenaza a los más acaudalados. Los pobres encabezados por el zapatero (Gabriel Ochoa) exigen soluciones al Burgomaestre (Oscar Ortiz Quiroz), uno de los personajes centrales, quien, como buen político, debe calmar los ánimos de los aldeanos, ofreciendo soluciones eventuales, las que, con gran probabilidad, no cumplirá. El flautista (Leo Matute), aparece como una solución posible, sobre todo, porque permite al consejo ahorrar recursos, aunque su efectividad este en duda.

En medio de la trama juegan papeles importantes los mercaderes, Maese Weiss (Gabriel Ochoa) y Maese Baum (Cristian Roque), dueños del poder económico, quienes como siempre, ven en el desastre, una oportunidad para hacer negocios. El reverendo Grundig (Christian Roque), siempre juega un papel apaciguador de la revuelta y de mantenimiento del orden establecido por voluntad divina. Hace uso de la prédica del miedo para ayudar a restablecer el orden y usa sus capacidades de convencimiento para condenar cualquier idea que profane o cuestione el status quo. El jefe de la milicia (Jean Navarro), hace gala de su brutalidad y poco seso a cada momento, ofreciendo la violencia como la solución a todo.

La trama muestra los entresijos del poder, los intereses de los poderosos y las enredadas componendas de la corrupción. El regidor Webs (Vera Guillén), que cumple las funciones de tesorero; el regidor Rush (Leo Matute); el regidor Kost (Caroline Álvarez) se deleitan con las posibilidades de sacar una tajada del descalabro social provocado por la plaga. De forma genial, luces, escenografía, vestuario, máscaras, música y parlamentos se conjugan en un performance que nos transporta a la dimensión desconocida del poder, donde la codicia, los intereses, el crimen se conjugan en una peligrosa mezcla que destruye a las sociedades que no logran descifrar su sino y apegarse a la verdad.

El poder del burgomaestre es sostenido por la fuerza bruta de la milicia, dirigida con brutalidad por su jefe, quien muestra a lo largo de la obra, las formas de como destripar a los revoltosos. Sólo cuando la Iglesia mete sus manos en asuntos no puramente litúrgicos, es cuando la Milicia trasciende su mandato y se rebela contra la autoridad establecida. Enorme poder que amasan los prelados, no es novedad aquí en nuestro país. Tampoco lo es, de que lado se ponen.                    

Vayamos despacio desmenuzando esta hermosa puesta en escena para el deleite del público. La escenografía resulta muy ingeniosa, combinando paneles móviles de doble uso, con utilería adaptada como cortineros, rótulos, para crear el ambiente apropiado a las diferentes escenas. Se adapta perfectamente al pequeño escenario del Teatro Memorias para transportar a los espectadores a los ambientes escénicos que define la obra. En un par de minutos, la plaza se convierte en barbería y, esta, en sala de reuniones del consejo. La opción de mantener el telón abierto, mientras con una luz tenue, actores cambian los escenarios, es un recurso que permite al público participar, entender y adentrarse en lo complejo de la obra, mientras otros actores en el camerino, cambian de personaje y vestuario.

Conociendo los limitados recursos para el montaje, la producción, incluidas la escenografía y el vestuario se limitan a lo que el presupuesto tiene. Sin embargo, aplaudimos la creatividad y esmero con que se diseñó y realizaron ambos. La recreación de la época en que transcurre la obra es muy realista. Un merecido aplauso para el vestuario, que como siempre, nos trasporta en el tiempo y a los lugares y culturas que los dramaturgos detallan. Las máscaras, muy bien logradas, sin duda aportan enormemente, junto a la caracterización de los actores, a construir a los personajes más odiados de la trama, los regidores. La repulsión que inspiran se ve aumentada por ese tono burlón, obsceno y grotesco magistralmente logrado en cada una de las máscaras con gran maestría por José Luis Recinos.  

Sobre el montaje empezaremos diciendo que esta obra no sólo requiere las cualidades de actor, sino también de bailarín y cantante. Esta obra nos transportó con los recuerdos a aquel enorme director colombiano Santiago García y su compañía teatral La Candelaria y el montaje de El Diálogo del Rebusque, que tuve oportunidad de presenciar en el hermoso teatro Rubén Darío a mediados de los ya lejanos años ochenta. Una obra musical resulta compleja por partida doble. La dirección debe encontrar soluciones audaces para cada escena. Ya de por sí, la actuación es sumamente compleja, no digamos tener además que bailar y entonar afinadas melodías. No todos los actores cuentan con esas cualidades, si acaso una, o dos a lo sumo, pero las tres cosas, es muy difícil. Así que imaginemos el esfuerzo, la preparación y dedicación para hacer que cada escena mostrara lo mejor del elenco y de la obra. Memorias ha alcanzado sin duda, un nivel que no tiene nada que envidiar a aquella compañía.

Un aplauso enorme para la música. Las canciones son un estupendo y original logro del querido Alfredo Corrales con el talentoso acompañamiento de Mariano Rodríguez. Ambos reconocidos músicos que, sin duda, merecen todo nuestro respeto. Si bien, estas canciones son las que se usaron con Rascaniguas, definitivamente se mejoraron mucho para este montaje. La fuerza que impone a las escenas es muy meritoria. La escena donde los regidores explican su función y propósito, por ejemplo, es escalofriante. Uno puede imaginase las reuniones del gabinete y las propuestas que se lanzan, discuten y aprueban. El desprecio por la vida de la gente común es pasmoso. La canción y las imágenes cantadas y creadas por los regidores, van mostrando al público la verdad que se manosea en los ámbitos del poder. En una mezcla de marcialidad, con profundos rasgos de fascismo, se ejecuta la canción y la escena en que los regidores van describiendo su función, la naturaleza de su poder, considerado casi divino, y la necesidad de imponer el orden -al que han sido llamados- a toda costa. Y es que en estos tiempos en que las castas políticas se han entronizado en el estado por varias generaciones, en ese nivel, se considera natural que estas familias y personajes, pueden seguir viviendo y usufructuando el poder a su antojo, ad infinitum.

Es claro que no todos los actores tienen cualidades de cantantes. El timbre, la entonación, el ritmo y la fuerza, no son cualidades comunes, pero sorprende mucho que la mayoría de actores, lo hacen muy bien, resultado del buen trabajo de Alfredo y Mariano. Resaltan especialmente el burgomaestre (Oscar Quiroz) a quien no le conocíamos esas habilidades y el Flautista (Leo Matute), quien no solo se entona muy bien, sino que proyecta su potente voz hasta el último rincón de la sala, animando al público a seguir emocionado con cada escena.   

La construcción del personaje, que nos traslada de forma obligada a Stanislavsky, es quizá uno de los mayores logros en este montaje. Cada uno está trabajado con mucho esmero. Desde el aberrante y obtuso jefe de la milicia (Jean Navarro), hasta el refinado, temeroso y todopoderoso burgomaestre, pasando por el encantador Flautista, los codiciosos comerciantes, el ultra conservador cura, la sumisa tejedora. Asimismo, la enamorada y vanidosa hija del burgomaestre, los indignados aldeanos, el incorruptible zapatero, hasta el anquilosado sirviente. Cada personaje ha sido trabajado para imprimirle realismo y al mismo tiempo exagerar algunas de sus facetas. En un equilibrio precario, que muestra la genialidad de la dirección actoral, los personajes se debaten entre los constantes cuestionamientos éticos, filosóficos, religiosos y humanos que enfrentan en todo el performance. Cada uno muestra lo trágico y lo cómico del debate entre la vida y la muerte, entre el pecado y la gracia, entre la miseria y el poder. La función pedagógica del actor, su transformación psicológica y expresión corporal, la gestualidad, conjugadas con la muy elaborada utilería, vestuario, luces y música, nos brindan un espectáculo memorable, que deleita mágicamente al público, implicándolo en la trama del poder y la injusticia que, a lo largo del tiempo, le es inherente.       

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Con toda seguridad El Retablo del Flautista, se convertirá en una de sus obras favoritas, como lo ha sido para mí. El goce del teatro se desborda en este montaje durante toda la obra. La secuencia de escenas, canciones, personajes, vestuario, escenografía, transcurren de tal forma, que la sonrisa y la atención sobre los personajes se vuelve permanente.   

El Retablo del Flautista nos muestra, de forma descarnada la injusticia, la corrupción, la brutalidad de la milicia, la impunidad que se instala a sus anchas, la codicia de las elites y la decisión de los humildes por defender sus derechos. La historia del Retablo bien puede ser hoy la historia del río Gualcarque o del río Reitoca. En la lucha por defender el agua, el territorio, en esencia, la vida, de la voracidad de los poderosos, asistimos todos los días a una historia terrible de persecución, amenazas, criminalización, estigmatización, violencia y despojo contra lo mejor de este país. Pero también somos testigos de la decisión de los pueblos de ofrendar hasta sus vidas por mantener su dignidad intacta.   

Una grande y merecida ovación a Tito Ochoa, a Teatro Memorias, al tremendo reparto integrado por Oscar, Gabriel, Leo, Caroline, Jean, Christian, María y Vera por su talentosa actuación. A José Luis Recinos y a Inma López quien fue la responsable de la producción coordinando el equipo que puso un gran empeño en diseñar vestuario, utilería, escenografía y sonido. A los excelentes músicos Alfredo y Mariano por su dedicación y compromiso. Por supuesto al público, por completar la ecuación que da sentido al teatro.

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