El modelo económico chino ¿El futuro de la humanidad? (parte 4)

Por: Rodil Rivera Rodil

Fundamentos teóricos y antecedentes históricos del modelo chino

Tal como lo adelanté en la Introducción, aquí tocaré al tema principal que dio origen a este ensayo. Si el modelo chino no puede calificarse de capitalismo tradicional, a semejanza del de Occidente que encabezan los Estados Unidos, de un tipo distinto de capitalismo, como sostiene el economista serbio estadounidense Branko Milanovic en su última obra “Capitalism, alone” (Capitalismo, solo) o de una simple combinación de los dos sistemas, entonces ¿qué es? A continuación intentaré demostrar que lo que China echó a andar hace cuatro décadas y que sus dirigentes denominan “Socialismo con características chinas” en realidad es una fase primera de socialismo, o intermedia entre capitalismo y socialismo, que su fundamento teórico se encuentra en la propia teoría marxista y su antecedente histórico en la denominada “Nueva Política Económica” (NEP) que Lenin promovió en la Unión Soviética en 1921 y que estuvo en vigencia hasta 1928. Veamos.

Al tomar el poder en 1949, los dirigentes comunistas consideraron que la condición semifeudal y semicolonial de China no permitía el paso inmediato a un sistema socialista total, por lo que escogieron implantar medidas similares a las que Lenin puso en vigencia en la Unión Soviética en 1921, cuando el país se encontraba en parecidas circunstancias, y que fueron bautizadas con el nombre de “Nueva Política Económica”, más conocida internacionalmente como NEP por sus siglas en inglés.

En la Unión Soviética, la Primera Guerra Mundial, la guerra civil, la intervención militar de las potencias occidentales, la inexperiencia de los nuevos líderes y de los funcionarios que asumieron el manejo de las empresas nacionalizadas, más el llamado “comunismo de guerra”, una economía centrada casi exclusivamente en el esfuerzo bélico, la habían llevado a una gravísima crisis que afectaba seriamente las condiciones de vida de la población. El sistema de contingentación, o de exacción de todos los excedentes agrícolas que debían entregar los campesinos a la industria y el ejército, los había desmotivado y, como consecuencia, causado un alarmante descenso de la producción agrícola.

Como era de esperarse, esta situación condujo a una drástica caída del rendimiento de la agricultura a menos de un tercio de la de 1914 y de la industrial a solo un 15%, lo que Lenin se propuso sortear con una suerte de retroceso al capitalismo que, entre otros cambios, propiciaba la sustitución del mecanismo de contingentación por un impuesto en especie que le permitiera al campesino disponer del remanente para venderlo en un mercado libre; el restablecimiento del comercio privado en la ciudad; la flexibilización de los salarios; el arrendamiento de fábricas a antiguos hombres de negocios y un concertado intercambio entre la producción industrial y la agrícola, las cuales dieron pie al renacimiento de la burguesía en las ciudades y al aumento de los kulaks (agricultores de la época zarista que poseían tierras en el campo y contrataban trabajadores). En la misma forma, se permitió la inversión extranjera en algunos rubros de la economía, como en la extracción de petróleo.

Las bases teóricas de la NEP pueden encontrarse, principalmente, en la interpretación y aplicación que hizo Lenin de la teoría marxista al estado de cosas que imperaba en Rusia en 1921. Debe recordarse, en una explicación muy resumida, que esta preveía que la revolución socialista solo podría darse cuando las fuerzas productivas de un país alcanzaran un nivel tan elevado que forzaran la contradicción entre el carácter social de la producción y la apropiación privada de sus frutos, esto es, entre las grandes masas de obreros que hacen funcionar los  medios de producción y los pocos capitalistas que son dueños de ellos, hasta desembocar en una crisis de tal magnitud que permitiera a los primeros la toma del poder.

En 1917 Rusia era posiblemente el país capitalista más atrasado de Europa, por lo que su clase obrera era relativamente pequeña y el desarrollo de sus fuerzas productivas aún insuficiente para impulsar una revolución socialista. Esta solo fue posible porque los reveses que experimentó en la Primera Guerra Mundial habían creado una situación insurreccional excepcional que fue muy bien aprovechada por el partido bolchevique. De ahí que Lenin, en un principio, hubiera considerado que la revolución corría el grave peligro de ser derrotada si no era seguida por el triunfo de más movimientos revolucionarios en otros países, especialmente en Alemania, a tiempo para que el mutuo apoyo las consolidara. Pero cuatro años más tarde, en 1921, comprendió que el terrible estado en que se hallaba el país no daba tiempo para esperar. Era cuestión de vida o muerte recuperar la producción agrícola e industrial. Y era evidente que en ese momento la burguesía, nacional y extranjera, era la única que tenía el conocimiento y la experiencia para hacerlo.

El temor de Lenin no sólo provenía de la situación interna de la Unión Soviética, sino también del mundo capitalista porque sabía que cuanto más rápido se recobrara de la guerra mundial más tendría que temer la revolución rusa. En el informe sobre la NEP que presentó el 17 de octubre de 1921 al II Congreso Nacional de los Comités de Instrucción Política, expresó:

“Todo el mundo se desarrolla con mayor rapidez que nosotros. Al desarrollarse, el mundo capitalista enfila todas sus fuerzas contra nosotros. ¡Así está planteada la cuestión! Por esto tenemos que dedicar una atención especial a esta lucha”.

Vista en perspectiva, la resolución de invitar a empresarios para que restauraran las relaciones capitalistas que fueran necesarias para acrecentar con la mayor celeridad la producción y, de paso, capacitar a los cuadros que el Partido Comunista designaba para ser los nuevos administradores de las fábricas que habían sido expropiadas, tiene toda la lógica del mundo. Por supuesto, reitero, solo desde la óptica que nos brindan los casi cien años transcurridos desde aquellos lejanos días.

Lenin reforzó su propuesta con el imbatible argumento de que el peligro que suponía este renacer provisorio del capitalismo quedaría conjurado con el inmenso poder que había adquirido la dictadura del proletariado. Con el fuerte control de los grandes sectores de la economía, como la tierra, los ferrocarriles, la gran industria y los bancos, a los que se agregaba el ejército, el riesgo era aceptable; la revolución contaba con medios más que suficientes para someter a los capitalistas que sobrepasaran los límites que les fueran fijados o intentaran derrocar el nuevo régimen y reimplantar al completo el anterior modelo capitalista.

 La determinación de Lenin se encontraba igualmente respaldada por la aseveración de Marx, tantas veces repetida por él, de que el marxismo debía considerarse siempre como “una guía para la acción”, no una doctrina rígida y menos como un dogma religioso, por lo que su aplicación debía ser consecuente con la realidad concreta de que se tratara. De ahí que insistiera en que la aplicación de sus principios generales a específicas circunstancias históricas sin tomar en cuenta su singularidad, conocido como “dogmatismo” o “sectarismo”, estaría condenada al fracaso. La NEP, entonces, sería una prueba de fuego para demostrar cuán flexible podría ser esa “guía para la acción”. Y esto únicamente se podría comprobar en la práctica, tal como rezaba su famosa sentencia: “La práctica es el criterio de la verdad”.  

La propuesta original de la NEP está contenida en el informe que Lenin rindió al X Congreso del Partido Comunista de la URSS el 15 de marzo de 1921. He considerado indispensable reproducir algunos de sus párrafos, no sin antes advertir al lector que el documento no fue redactado con carácter doctrinario o académico, sino más bien, en estilo didáctico o discursivo, pues sus destinatarios eran los 694 delegados que participaban en el Congreso:

Sobre la sustitución del sistema de contingentación por el de impuesto en especie, Lenin explicó:

“Camaradas: la sustitución del sistema de contingentación con el impuesto en especie es ante todo y sobre todo una cuestión política, pues su esencia reside en la actitud de la clase obrera ante los campesinos. El planteamiento de esta cuestión significa que debemos someter a un nuevo examen, o yo diría más bien a un examen complementario más cauteloso y acertado y a una cierta revisión, las relaciones de estas dos clases principales, cuya lucha intestina o cuyo acuerdo recíproco determinan la suerte de nuestra revolución. No tengo necesidad de detenerme a analizar con todo detalle las causas de esta revisión. Desde luego, todos vosotros conocéis perfectamente la serie de hechos, debidos en particular a la extrema exacerbación de la miseria, provocada por la guerra, la ruina, la desmovilización y la pésima cosecha, la serie de circunstancias que han agravado de manera extraordinaria la situación de los campesinos y han acentuado inevitablemente sus vacilaciones, que los alejan del proletariado y los aproximan a la burguesía”.

Dos palabras sobre el significado o el enfoque teóricos de esta cuestión. No cabe duda de que en un país donde la inmensa mayoría de la población es de pequeños productores agrícolas, la revolución socialista puede hacerse únicamente mediante toda una serie de medidas especiales de transición que serían completamente innecesarias en países de capitalismo desarrollado, donde los obreros asalariados de la industria y la agricultura constituyen una mayoría aplastante. En los países de capitalismo desarrollado existe una clase de obreros asalariados agrícolas formada a lo largo de decenios. Sólo esta clase puede ser, en los sentidos social, económico y político, el puntal para la transición directa al socialismo. Sólo en países donde se ha desarrollado lo suficiente esta clase, el paso directo del capitalismo al socialismo es posible y no requiere medidas especiales de carácter transitorio a escala nacional. En toda una serie de obras, en todos nuestros discursos y en todas nuestras publicaciones hemos subrayado que en Rusia la situación es distinta, que en Rusia poseemos una minoría de obreros industriales y una inmensa mayoría de pequeños agricultores. En un país así la revolución socialista sólo puede alcanzar el éxito definitivo con dos condiciones. La primera es que sea apoyada a su debido tiempo por la revolución socialista en uno o en varios países adelantados. Como sabéis, al objeto de que se dé esta condición, hemos hecho muchos más esfuerzos que antes, pero no son suficientes, ni mucho menos, para que esto llegue a convertirse en una realidad.

 La otra condición es el acuerdo entre el proletariado, que ejerce su dictadura o tiene en sus manos el poder del Estado, y la mayoría de la población campesina. El acuerdo representa un concepto muy amplio, que incluye toda una serie de medidas y transiciones. Hay que decir al respecto que debemos plantear el asunto en toda nuestra propaganda y agitación con entera sinceridad…Sabemos que sólo el acuerdo con el campesinado puede salvar la revolución socialista en Rusia, en tanto que no estalle la revolución en otros países. Así es como tenemos que hablar, sin rodeos, en todas las asambleas, en toda la prensa.

Este intercambio de mercancías es para el campesino un estímulo, un aliciente, un acicate. El agricultor puede y debe afanarse por su propio interés, puesto que no le serán incautados todos los excedentes, sino que sólo se exigirá de él un impuesto que, a ser posible, habrá de fijarse con antelación. Lo fundamental es que haya un estímulo, un aliciente, un acicate para el pequeño agricultor en su trabajo. Nos es preciso construir nuestra economía estatal, teniendo en cuenta la economía de los campesinos medios, que no hemos podido transformar en tres años ni podremos hacerlo en diez más”.

 Y sobre la necesidad de aceptar empréstitos e inversión privada nacional y extranjera:

Repito que este tipo de relaciones económicas, que, por arriba, ofrece el aspecto de pacto con el capitalismo extranjero, por abajo brindará al poder estatal proletario la posibilidad de establecer el libre intercambio de mercancías con el campesinado. Yo sé -y he tenido ya ocasión de decirlo- que esto ha sido motivo de algunas burlas. En Moscú existe todo un sector intelectual burocrático que tiene pretensiones de crear «opinión pública». Pues bien, ese sector comenzó a mofarse, diciendo: «¡Mirad lo que ha resultado del comunismo! Es como uno que llevara muletas, con toda la cabeza cubierta de vendajes. Del comunismo no ha quedado otra cosa que una figura enigmática». Hasta mí han llegado en número más que suficientes bromitas por el estilo, pero estas chanzas ¡o despiden tufillo burocrático o no tienen ningún fundamento! Rusia ha salido de la guerra en tal estado que se parece más bien al de una persona medio muerta a palos: siete años estuvieron apaleándola, ¡y menos mal que puede andar con muletas! ¡Esa es nuestra situación! ¡Creer que podemos salir de ella sin muletas es no comprender nada! Mientras no estalle la revolución en otros países, deberemos ir saliendo del presente estado en unos cuantos decenios, y no hemos de escatimar unas centenas de millones, si no millares de millones de rublos, de nuestras incalculables riquezas, de nuestras abundantes fuentes de materias primas, con tal de recibir la ayuda del gran capitalismo adelantado. Después lo recuperaremos todo con creces. Pero no es posible sostener el poder proletario en un país increíblemente arruinado, con un gigantesco predominio de los campesinos igualmente arruinados, sin ayuda del capital, por la que, lógicamente, cobrará intereses desorbitados. Esto hay que comprenderlo. De ahí que el dilema sea: o relaciones económicas de este tipo o nada. Quien plantee de otro modo la cuestión no entiende ni un comino de economía práctica y sale del paso con tales o cuales cuchufletas. Hay que reconocer el hecho del agotamiento y de la extenuación de las masas. ¿Cómo no iban a repercutir en nuestro país los siete años de guerra, si los cuatro años de conflagración mundial se dejan sentir aún en los países más adelantados”?

Y he aquí que los resultados de la NEP fueron muy exitosos. Para 1927 se habían recobrado con creces los niveles de producción de 1914. No obstante, desde el principio la nueva política tuvo fuerte oposición de parte de otros dirigentes de la revolución que la veían como una traición a los principios comunistas, posición que se vio alimentada por errores que se cometieron en su conducción y por el resurgimiento de algunas prácticas corruptas del zarismo.

A continuación, un fragmento de un artículo de la época publicado por un opositor a la NEP, que habla por sí solo:

“¿Adónde nos conduce, por consiguiente, la NEP? ¿Hacia el capitalismo o hacia el socialismo? Evidentemente, en este punto se encuentra la cuestión central. ¿Cuáles serán las consecuencias del mercado, de la libertad de comercio de los cereales, de la competencia, de los arrendamientos, de las concesiones? Si se da un dedo al diablo, ¿no será necesario entregarle posteriormente un brazo, luego medio cuerpo, y finalmente el cuerpo entero? Somos ya testigos de un reavivamiento del capital privado en el comercio, especialmente a través de los canales entre la ciudad y el campo”.

La NEP se mantuvo en vigor hasta 1928, cuatro años después de la muerte de Lenin, en que fue reemplazada por el primer Plan Quinquenal de Stalin, que se proponía la colectivización de la agricultura y la urgente industrialización en previsión de que tarde o temprano el país se encontraría en guerra con Alemania. Conviene señalar que los líderes de la URSS que sucedieron a Lenin nunca intentaron corregir los problemas que enfrentó la NEP y mantenerla vigente.

Ahora volvamos a China. Como decíamos, tan pronto los dirigentes comunistas accedieron al poder en 1949 implantaron su propia versión de la NEP, a la que llamaron “Nueva Democracia”, cuyas bases habían sido planteadas por Mao Zedong en un largo artículo titulado precisamente “Sobre la Nueva Democracia” que publicó en 1940 en el primer número de la revista “Cultura china” (fundada por el partido comunista en Yenán, ciudad considerada la cuna de la revolución), que prueba que Mao fue uno de los promotores, sino el principal, de la participación de la inversión privada en el sistema económico chino, aunque más tarde haya cambiado de parecer bajo la influencia del sector radical del partido comunista. He aquí algunos segmentos de dicha publicación:

“Todas las empresas pertenecientes a chinos o extranjeros, que fueren de carácter monopolista o demasiado grandes para la administración privada, tales como bancos, ferrocarriles y líneas aéreas, serán administradas por el Estado, con el fin de que el capital privado no pueda dominar la vida material del pueblo; éste es el sentido fundamental de la limitación del capital.

En esta república, dirigida por el proletariado, el sector estatal de la economía será de carácter socialista y constituirá la fuerza dirigente en toda la economía nacional; no obstante, la república no confiscará el resto de la propiedad privada capitalista, ni prohibirá el desarrollo de aquella producción capitalista que no pueda dominar la vida material del pueblo, ya que la economía china está todavía muy atrasada.

La república adoptará ciertas medidas necesarias para confiscar las tierras de los terratenientes y distribuirlas entre los campesinos que no tienen tierra o tienen poca, haciendo realidad la consigna del Dr. Sun Yat-Sen de “La tierra para el que la trabaja”, con el fin de abolir las relaciones feudales en el campo y convertir la tierra en propiedad privada de los campesinos. Se permitirá la existencia de la economía del campesino rico. Tal es la política de “igualamiento del derecho a la propiedad de la tierra”. En general, no se establecerá aún en esta etapa una agricultura socialista; no obstante, contendrán elementos de socialismo las diversas formas de economía cooperativa que se desarrollen sobre la base de “La tierra para el que la trabaja”.

Tales son las relaciones económicas internas que una China revolucionaria, una China en 34 de 42 lucha contra la agresión japonesa, debe y ha de establecer. Tal es la economía de nueva democracia. Y la política de nueva democracia es la expresión concentrada de esta economía”.

De acuerdo con historiadores chinos, las medidas económicas de la Nueva Democracia, entre las que incluyeron planes quinquenales similares a los soviéticos, generaron un gran crecimiento y estabilidad. Maurice Jerome Meisner, conocido historiador norteamericano de la China del siglo veinte y, hasta su fallecimiento en el 2012, profesor de la Universidad de Winsconsin, Estados Unidos, en su obra “La China de Mao y después: una historia de la República Popular”, escribe:

 “Entre 1952 y 1957, la industria china creció a un ritmo mucho más veloz que el ambicioso 14,7% anual establecido en el Plan. El incremento anual real fue del 18%, de acuerdo con las estadísticas oficiales, y del 16%, de acuerdo con más conservadoras estimaciones occidentales. El producto industrial chino total aumentó más del doble, y la tasa de crecimiento de las industrias pesadas claves fue aún mayor.

China estaba ahora produciendo por primera vez pequeños, pero significativos números de camiones, tractores, aviones jet y barcos mercantes. En conjunto, los chinos habían resultado ser excelentes estudiantes del modelo soviético, ya que la producción industrial china entre 1952 y 1957 creció más rápido que la industria rusa durante el Primer Plan Quinquenal soviético de 1928-1932”.

nota relacionada El modelo económico chino ¿El futuro de la humanidad? (parte 1)

Pero en 1956, durante la celebración del XX Congreso del Partido Comunista chino se produjo un vuelco de ciento ochenta grados en la dirección del país. similar a lo que aconteció con la NEP después de la muerte de Lenin, lo que constituye una muestra del paralelismo que puede hallarse entre ambos experimentos.

El congreso se llevó a cabo en circunstancias particularmente difíciles, entre ellas, la gran influencia que en ese entonces ejercía el general Lin Piao y otros dirigentes de la línea ultraizquierdista del partido comunista sobre el máximo líder Mao Zedong, ya anciano y debilitado; el rompimiento con la Unión Soviética, que había retirado todo su apoyo y el personal que tenía en China, el impacto de graves desastres climáticos y el temor a una invasión norteamericana. Lin Piao y sus allegados tomaron el control del país y en 1958 proclamaron el llamado Gran Salto Adelante, el cual, según la versión oficial:

“Tomó diferentes elementos de la historia de la URSS para combinarlos en una única y original fórmula china. Colectivizaciones al estilo del tercer periodo estajonovismo de principios de los años 1930; el rol de la guardia popular creada por Nikita Jruschov y la política original china de crear comunas como unidades económicas como autosuficientes, que incorporaban la industria ligera junto a proyectos de infraestructuras. Se pensaba que, a través de la colectivización y el trabajo en masa, la producción china de acero sobrepasaría la del Reino Unido en quince años”.

Como es conocido, El Gran Salto Adelante provocó un desplome de la producción agrícola y el rotundo fracaso de los objetivos que se establecieron para la industria, por lo que se le puso fin en 1961.Pero más tarde, en 1966, el general Lin Piao pudo movilizar a las masas por medio de los autodenominados “Guardias Rojos” en una violenta cruzada, conocida como “La Revolución Cultural”, en contra de los que, decía, querían restaurar el capitalismo. En palabras de un antiguo dirigente chino: “Se expropió todo a todos y la economía se planificó al 100%”. La actividad mercantil privada se prohibió y, como dato curioso, también la música clásica a la que se calificó de“burguesa”.

A las desastrosas consecuencias del Gran Salto Adelante y de la Revolución Cultural debe sumarse el aislamiento que experimentó China en este período debido a que tanto Occidente como el propio campo socialista rompieron relaciones con ella, sin contar con el enorme costo que le ocasionó su intervención en conflictos armados en la India, Corea y Vietnam, que afectaron el crecimiento de sus fuerzas productivas. No olvidemos, como escribe un historiador occidental, que se trataba de “una economía aún mucho más atrasada que la de la Rusia Zarista que debía satisfacer a la población más grande del mundo, la cual necesitaba urgentemente cubrir las necesidades materiales elementales de cientos de millones de personas. Si el socialismo no lograba esto, estaría condenado al fracaso”.

 Esta situación se prolongó hasta 1978, dos años después del fallecimiento de Mao Zedong, en el que Deng Xiao Ping y sus seguidores lograron desplazar al último dirigente de la Revolución Cultural, Hua Guofeng. El 13 de diciembre de ese mismo año, en la sesión de clausura de una reunión de trabajo del Comité Central del Partido Comunista, Deng Xiaoping pronunció su famoso discurso “Emancipar la mente, actuar en función de la realidad y mirar unidos hacia adelante”, en el que anunció el cambio que venía, profundizó en la frase de Mao: “hay que buscar la verdad en los hechos” y recordó que el materialismo filosófico es contrario al dogmatismo que había imperado hasta entonces en el Partido Comunista, en donde se rendía culto a los textos marxistas, incluyendo los del mismo Mao, pasando por encima de las peculiaridades de la realidad china. Hizo ver que “el dogmatismo de izquierda era tan nocivo como el revisionismo de derecha”.

En su alocución, Deng Xiaoping bautizó la nueva etapa como “protosocialismo” o “socialismo en su primera fase”, dado que, manifestó, la ansiada revolución industrial aún no se había producido a pesar del derrocamiento de la burguesía, por lo que a esta se la debía incorporar nuevamente al proceso, para lo cual se hacía necesario restablecer el anterior modelo de la Nueva Democracia suprimido durante el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural. En resumen, se repetía la historia de la NEP de la Unión Soviética.

Richard Nixon, que publicó su libro “La verdadera guerra” un poco más de un año después de su última visita a China en 1979, en la que recibió información de primera mano sobre los planes de invitar al capital extranjero a participar en el proyecto económico de Den Xiao Ping, hace el siguiente comentario:

“Hay que recordar que durante cinco años la Nueva Política Económica (NEP) de Lenin dio la bienvenida al capital americano y a la técnica americana. Una vez esto sirvió los propósitos que le asignaba Moscú, el Kremlin decidió continuar por su cuenta, y los americanos y otros “capitalistas” fueron enviados a sus países. Esto puede suceder en China, a menos que los dirigentes chinos sigan convencidos de que la inversión extranjera es indispensable para su progreso y seguridad. Eso, a su vez, dependerá de si sus nuevos amigos del mundo capitalista evitan la tentación de poner un beneficio rápido por encima de inversiones a largo término que hagan el progreso futuro de China dependiente de una colaboración permanente con Occidente”.

La Nueva Democracia reimplantada por Den Xiaping consiste, en lo esencial, en una reestructuración del régimen de propiedad sobre los bienes de capital del país, que en la actualidad se distribuyen así: el 38% de dominio estatal y comprende la tierra y los medios de producción estratégicos como la energía, el acero, la petroquímica y otros, incluyendo la actividad bancaria; el restante 62 por ciento, fundamentalmente de industria ligera, se divide como sigue: 32% que corresponde a las empresas mixtas, privadas y estatales, en las que el Estado puede tener o no participación mayoritaria y el 30% restante de inversión privada, nacional y extranjera. Pero toda la actividad económica, en especial la privada, se halla bajo un riguroso control y supervisión del gobierno. Debo aclarar que esta división de bienes de capital no significa que estos sectores sean compartimentos estancos, entre los que no existe ninguna relación ni comunicación. Por supuesto que la hay, pero sería prolijo y excedería el alcance de este ensayo entrar en ese detalle.

Para darle cabida a la inversión privada extranjera en el contexto del sistema chino, es decir, concentrada en ciertas áreas de su territorio de manera que pueda ser mejor supervisada, desde la década de los ochenta del siglo pasado se han creado catorce Zonas Económicas Especiales (ZEE) ubicadas en la región costera sureste, el valle económico del río Yangtze y la región central de la nación, siendo obligatorio para las compañías que deseen operar en ellas la cesión al gobierno de sus conocimientos y patentes tecnológicas, las que posteriormente son desarrolladas y mejoradas por las empresas del Estado, y este, como contrapartida, les concede incentivos fiscales, económicos y comerciales, tales como exenciones de impuestos, planes de amortización, compensación de pérdidas y deducciones por reinversión.

En otro discurso del mismo año 1978, Den Xiao Ping afirmó¨

“Gracias al socialismo, China es hoy un país independiente y unido. La revolución democrática ha sido completada. Ahora para realizar las cuatro modernizaciones, debemos pasar por una fase capitalista. Cuando ésta termine, retomaremos la tarea de construir el socialismo”.

Las “Cuatro Modernizaciones” se refieren al desarrollo y fortalecimiento de la “agricultura”, la “industria”, la “defensa nacional” y la “ciencia y la tecnología”. Aunque estos objetivos ya habían sido anunciados por el entonces primer ministro Chou En Lai en 1963, fueron definitivamente fijados por Deng Xiao Ping en 1978. Seis años después, el 30 de junio de 1984, en una entrevista con la delegación del Comité Japonés para II Conferencia de Personalidades No Oficiales de China y Japón, Den Xiao Ping expresó las ideas que en seguida reproduzco y en las que, igualmente, puede apreciarse la similitud con los planteamientos de Lenin sobre la NEP formulados más de seis décadas atrás:

“Por tanto, la tarea fundamental para la etapa del socialismo consiste en desarrollar las fuerzas productivas. La superioridad del socialismo ha de manifestarse, al fin y al cabo, en un mayor y más rápido desarrollo de las fuerzas productivas que bajo el capitalismo, y en el mejoramiento incesante, sobre la base del desarrollo de las fuerzas productivas, de las condiciones de vida cultural y material del pueblo. Si alguna falla tuvimos después de la fundación de nuestra República Popular, esa fue que descuidamos hasta cierto punto la necesidad de desarrollar las fuerzas productivas.

Hemos abierto al exterior 14 ciudades costeras, todas grandes o medianas. Damos buena acogida a las inversiones extranjeras, y también a las avanzadas técnicas de otros países, dentro de las cuales se cuenta la administración. ¿Sacudirá esto a nuestro socialismo? Creo que no, porque en nuestro país la economía socialista es el sector principal de la economía nacional. La base en que se apoya la economía socialista es muy extensa, y no será sacudida por admitir varias decenas o un centenar de miles de millones de dólares de inversiones extranjeras. De esta manera, la admisión de capitales extranjeros constituirá sin duda alguna un importante complemento para nuestra construcción socialista y, desde el punto de vista de hoy, se puede decir que es un complemento imprescindible. Desde luego, esto conllevará ciertos problemas, pero, después de todo, los efectos negativos serán mucho menores que los positivos en la utilización de las inversiones extranjeras. Hay algo de peligro, pero no es tan grande”.

Las zonas económicas especiales hoy en día no constituyen ninguna novedad, se calcula que en el mundo funcionan más de tres mil, bajo diferentes tipos, pero es muy claro que las más exitosas han sido las chinas. ¿Por qué? Son muchas las razones que pueden explicarlo, pero entre estas no son menos dignas de mención la gran ventaja que representa la eficaz planificación, dirección y fiscalización que se ejerce sobre ellas, el inmenso mercado chino y la alta calidad de su mano de obra y de sus científicos.

 Y recientemente se crearon las Zonas Especiales de Alta Tecnología (ZEAT) que, según la publicación digital “Observatorio de la Política China” cuentan “con mayores niveles de especialización en los procesos tecnológicos de punta, además del dinamismo de los servicios financieros, y le ha conducido a la consolidación de procesos de internacionalización de China. Entre los proyectos de desarrollo de alta tecnología está la utilización de tierras raras, que han hecho posible el continuar con tal dinámica, impulsando novedosas tecnologías y creando nuevas ramas industriales, posicionando mercancías de creciente demanda en el mercado global”.

Tenemos, pues, que este bien concebido entramado económico institucional de una nueva forma de propiedad de los medios de producción más una fuerte pero flexible conducción política claramente definida hacia el fin superior de un estado de desarrollo, es el que ha hecho posible a China durante cuatro décadas lograr dos metas inéditas en la economía: la primera: conjurar las crisis cíclicas del capitalismo clásico, y la segunda, producir, y al mismo tiempo, distribuir riqueza, de manera que el modelo resulte mucho más equitativo que el occidental, que lo único que hace bien es generarla, pero no repartirla.

En otras palabras, China habría encontrado la ruta para resolver el problema económico político más acuciante de nuestro tiempo: revertir la imparable dinámica de desigualdad que ha producido el capitalismo tradicional, y comenzar a establecer la armonía de que habla Confucio en la gobernanza de la nación más habitada del planeta. La única interrogante radica en que la contraposición principal entre los dos sistemas de propiedad, capitalista y socialista seguirá existiendo, aunque quizás en algún momento se pueda manejar como una contradicción no antagónica, pero de ello, sin lugar a duda, se ocupará la futura historia de China.

nota relacionada El modelo económico chino ¿El futuro de la humanidad? (parte 2)

De aquí también que la solución para reducir la desigualdad que se suele proponer en Occidente (Thomas Piketty y otros economistas, incluyendo millonarios norteamericanos), a través del aumento de las cargas impositivas a los ingresos provenientes del capital, y hasta de la filantropía, según lo sugiere el multimillonario Bill Gate, sea, en la práctica, ilusoria, o muy pasajera como lo evidenció la experiencia de los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo pasado y lo reconoce el mismo Piketty.

A la vuelta de los años, un hecho es innegable. Con mayores o menores incidencias, China está derrotando al campeón del capitalismo en su propio campo, o sea, en el del libre comercio y mercado, compite con él básicamente con las mismas reglas que han empleado los Estados Unidos y lo está aventajando en toda la línea. Pareciera que China está repitiendo hoy la historia que vivió hace sesenta años. Ha emprendido otro gran salto adelante y otra revolución cultural, pero ahora, como en un retorno dialéctico, en un contexto cualitativamente muy superior que, en contraste con la primera vez, la está conduciendo a logros sin precedente en la historia.

Y de nuevo, en el resonante éxito del modelo que ha puesto en práctica China, también es forzoso admitir la concurrencia de varios otros factores, entre los que destacan su milenaria cultura de paciencia, reflexión y prudencia, la gran capacidad de sus dirigentes, y quiérase o no, la ideología que le sirve de guía, sin olvidar su particular idiosincrasia, en la que, como hemos visto, el sentido de lo práctico es primordial.

Y, por supuesto, hay que decir que no todo ha sido miel sobre hojuelas para China. En los cuarenta años de existencia del modelo impulsado por Deng Xiao Ping se cometieron innumerables errores y en un momento dado, a principios de los 90 del pasado siglo, la fuerte oposición que en el propio interior del Politburó intentaba rebelarse contra su sucesor, Jiang Zeming (al igual que pasó en la Unión Soviética), estuvo a punto de dar al traste con él, lo que obligó a Xiao Ping, de ochenta y siete años, según cuenta Kissinger, “a salir de su retiro para iniciar su último gran gesto público. Eligió como medio una «gira de inspección» por el sur de China para fomentar la liberalización económica y conseguir apoyo público para el liderazgo de la reforma de Jiang”.

En fin, que la dirigencia china ha tenido la capacidad para ir superando las fallas en que se incurrió a lo largo de todos estos años y derrotar a los adversarios del modelo, lo que, como mencionamos, ni siquiera se intentó en la Unión Soviética después de la muerte de Lenin. Me pregunto: ¿qué habría pasado con la NEP si Lenin no hubiera muerto en 1924 a los cincuenta y cuatro años, dejando su reforma a medio andar, y hubiera vivido, digamos, veinte años más?

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