De los disturbios a la reforma en Estados Unidos

 

Por Jorge G. Castañeda

CIUDAD DE MÉXICO – La ola de furia e indignación que arrasa a Estados Unidos en respuesta a la muerte de George Floyd a manos de un policía de Minneapolis expone la infinidad de contradicciones de la sociedad norteamericana. A menos de seis meses de una elección presidencial, Estados Unidos está sumido en la desesperación y la polarización violenta. Sin embargo, si uno analiza la triple crisis del COVID-19, la depresión económica y las protestas y disturbios masivos, puede atisbar un potencial enorme de oportunidades.

Como demuestro en mi nuevo libro, America Through Foreign Eyes, desde que Estados Unidos dejó de ser una sociedad de clase media, a partir de comienzos de los años 1980, ha sido incapaz de prosperar. Sin un estado benefactor pleno, nunca, de modo sistemático, ha podido adaptarse a un cambio fundamental en su paradigma fundacional. Su sistema político de inspiración ateniense se construyó para una sociedad que trataba a todos dentro del círculo de privilegio ciudadano como prácticamente iguales, pero que a la vez excluía a muchos otros a quienes consideraba “menos iguales” (para tomar prestada la descripción mordaz del bolchevismo de George Orwell). Los grupos marginados incluían a las mujeres, a los norteamericanos nativos, a los afronorteamericanos, a los hispanos, a los asiático-norteamericanos y a muchos otros.  

Como resultado de estas condiciones fundacionales, hace mucho tiempo que el sistema político estadounidense da señales de no estar bien preparado para reorganizar su red de seguridad, mucho menos su contrato social más amplio. Para tomar el ejemplo más reciente, consideremos los intentos del entonces presidente Barack Obama de enmendar el sistema de atención médica plagado de errores y profundamente disfuncional de Estados Unidos. Si bien la Ley de Atención Médica Asequible fue sancionada en 2010, contenía muchas lagunas y medidas insuficientes, y desde entonces ha sido minada sistemáticamente por la administración de Donald Trump.

La raza es un punto álgido central en la evolución política de Estados Unidos. Las disparidades raciales siempre han subrayado la necesidad de expandir el contrato social más allá de los hombres blancos con pleno empleo de antaño. Pero la persistencia de estas disparidades indica que existen inmensos escollos en el camino del cambio. El esfuerzo cínico de Trump de atizar el resentimiento social en respuesta a las protestas actuales es emblemático del problema más profundo. Pero también lo fue la primaria del Partido Demócrata, que rápidamente dejó afuera a todos los candidatos de color.

La raza es un factor clave no sólo en las demandas de reparaciones por la esclavitud, sino también en los debates sobre seguro médico y atención infantil universal, educación superior pública gratuita, salario mínimo, inmigración, control de armas y reforma del Colegio Electoral. Todas estas cuestiones abordan el interrogante fundamental que reside en el corazón de la identidad política de Estados Unidos: ¿el pecado original del país (la esclavitud, seguida por Jim Crow) puede expiarse sin un estado benefactor apropiado?

La manifestación de frustración y furia luego de la muerte de Floyd una vez más ha puesto de relieve estas cuestiones. En el pasado año, las encuestas han demostrado de manera consistente que los norteamericanos apoyan las propuestas de expandir la red de seguridad, endurecer el control de armas y ofrecer educación universitaria gratuita. La población también acepta, cada vez más, la idea de que los afronorteamericanos siguen asumiendo los costos del racismo sistémico, desde la delimitación de vecindarios y la discriminación laboral hasta el encarcelamiento masivo y el abuso a manos de la policía. La actual explosión de furia solidificará estos cambios de ánimo, más allá de las consecuencias electorales.

Lo mismo es válido para la pandemia del COVID-19 y el colapso económico más amplio. Las disparidades raciales y socioeconómicas que ambas crisis dejaron al descubierto han llevado a los líderes políticos, expertos y comentaristas desde la izquierda hasta la derecha moderada a coincidir en que la red de seguridad de Estados Unidos está hecha jirones.

Desde el testeo insuficiente y los suministros inadecuados de equipos de protección personal hasta la tasa de mortalidad desproporcionadamente superior entre los afronorteamericanos, la pandemia ha puesto de manifiesto las debilidades del sistema de atención médica de Estados Unidos. Y, al mismo tiempo, la debacle económica ha resaltado las deficiencias del seguro de desempleo y otros programas sociales de Estados Unidos, así como una falta de coordinación entre los gobiernos federal, estatales y locales. De la misma manera que la pandemia ha demostrado la eficiencia de las redes de seguridad alemana, escandinava y hasta francesa, ha expuesto los enormes vacíos en el sistema estadounidense.

Debido a la triple crisis planteada por la pandemia, la depresión y el malestar civil, existe una creciente conciencia entre los demócratas de que no bastará con derrotar a Trump en noviembre. Los grupos focales que ha organizado Joe Biden, el presunto candidato del partido, y las discusiones en curso de su equipo de campaña con potenciales compañeros de fórmula, revelan una conciencia de que la crisis es aún más profunda de lo que se pensaba en un principio y que exigirá un cambio radical.

Biden tal vez no sea el candidato ideal para movilizar y entusiasmar a los votantes jóvenes negros e hispanos, pero ciertamente es capaz de liderar el tipo de coalición necesaria para derrotar a Trump y lanzar una reparación similar al Nuevo Trato de las estructuras sociales, económicas y políticas de Estados Unidos. Los norteamericanos pueden no querer “socialismo”, pero ya no estarán contentos con un “retorno a la normalidad” (el eslogan de la campaña de Biden en las elecciones primarias, que ahora tendrá que descartar).

El aforismo de Winston Churchill de que nunca se debe desperdiciar una buena crisis vuelve a ser relevante. Ahora que la tasa de muertos por el COVID-19 está por encima de 100.000, que hay 40 millones de desempleados y que otro hombre negro fue asesinado por un policía blanco, las crisis de Estados Unidos se multiplican. Por ahora, el país está asediado no sólo por las protestas y los disturbios por los abusos policiales, sino también por una “derecha alternativa” de supremacía blanca. Las crisis subyacentes llegarán a un punto crítico políticamente el día de la elección. Desde 1932 que Estados Unidos no ha necesitado un cambio radical y un liderazgo sólido tanto como hoy.

*Jorge G. Castañeda, ex ministro de Relaciones Exteriores de México, es profesor en la Universidad de Nueva York y autor de America Through Foreign Eyes, de inminente publicación.

Esta publicación es en el marco de la alianza entre      CRITERIO.HN    y 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.