De fútbol y democracia

Reglas, trampas y sanciones

Por:Rafael del Cid

El profeta apunta a una estrella; el tonto fija su mirada en el dedo

 Nuestro momento de relativa gloria futbolera ha quedado en el pasado. Lo dice medio mundo. Duele, pero se acepta. ¿Qué hacer para superar el impase? A alguien se le podría ocurrir que una forma de superarlo sea crear un nuevo reglamento de fútbol que suprima penales y fueras de juego contra las selecciones hondureñas y los mantenga o aplique con más rigor a los equipos contrarios. ¿Usted apoyaría esa idea? Seguramente no, porque al final la propuesta suena descabellada. Usted sabe que así no funcionan las cosas. Las reglas deben ser justas y no pueden favorecer ni exclusiva ni en demasía a un solo bando. Por eso la justicia se representa con una venda, para indicar que la ley no hace diferenciaciones y que es dura, pero es la ley.

 No obstante, nada humano es perfecto y, por ende, nuestras normas y legislaciones son también imperfectas. La venda de Doña justicia, en verdad, o es algo transparente o tiene agujeritos que le hacen inclinar su balanza hacia un lado específico. Pero consuela saber que, de todas maneras, los humanos somos buscadores de perfección, como argumentó el teólogo Teilhard de Chardin. ¿Por qué no somos perfectos? Porque nuestra mentalidad o viene del quiebre, a causa del pecado original, de nuestra inocencia casi animal en el paraíso terrenal (explicación religiosa) o del hecho de que hemos evolucionado, desde los tiempos en que imperaba la fuerza bruta para sobrevivir, a una época en la que nuestra inteligencia superior y nuestras habilidades cooperativas nos permitieron llegar a dominar la tierra. Esta mentalidad superior es la que nos dota de la capacidad de soñar con un mundo mejor, un mundo ideal. ¿Cuál es ese mundo ideal? La revolución francesa (1789) lo sintetizó en tres palabras: Libertad, igualdad y fraternidad.

Sin embargo ¿Viven los franceses en ese mundo ideal? No. ¿Lo viven los capitalistas de Norteamérica? No. ¿Los social-demócratas de los países escandinavos? No. ¿Se practicó eso en los tiempos de Lenin, de Stalin o de Mao? No. ¿Lo viven los países que combinan la economía de mercado con las de estados orientados (así dicho) al socialismo (China, Vietnam, Corea del Norte)? No. Nadie vive ese mundo ideal o utópico de libertad, igualdad y fraternidad. Es un ideal, como ideal es la santidad cristiana (despojo total de mi egoísmo para entregarlo al servicio de los semejantes). Pero también es cierto, ya se ha dicho antes, que la utopía es como el horizonte porque guía nuestro camino hacia un destino que siempre se aleja con el andar. Es decir, al menos nosotros los occidentales, los influidos por la cultura judeo-greco-cristiana, nos movemos en búsqueda de ese horizonte de libertad, igualdad y fraternidad. Llegar a la tierra prometida, de leche y miel, requiere antes perderse en el desierto no por 40 años sino 40 siglos o tal vez más. Pero de todas maneras caminamos; algunas veces tropezamos o retrocedemos, mas al rato rectificamos y volvemos a retomar la ruta hacia adelante, hacia la perfección.

Soñamos con las normas, los reglamentos, las legislaciones, las constituciones perfectas, o sea, las que realmente sean plenas de justicia, que efectivamente garanticen libertad (de pensamiento, de locomoción, de hacer, de tener, de dar, de amar, etc.), igualdad (vida digna para todos) y fraternidad (“todos para uno y uno para todos”, solidaridad). Los franceses introdujeron estos ideales en su legislación, que también encontramos en la Constitución de los Estados Unidos de América. Pero mientras los franceses dieron cátedra sobre estos principios se contradecían flagrantemente en su época de guillotina y de explotación de sus colonias. Los constitucionalistas gringos fueron igual de incoherentes en tanto dueños de plantaciones con esclavos o al barrer sin misericordia a los pueblos aborígenes. Similares incoherencias entre ideal y práctica se encuentran en todas partes del mundo y, originalmente, en nosotros mismos.

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Sin embargo, el horizonte permanece allí a la vista de todos, es solo cuestión de querer verlo. Así es que nunca han faltado los que se extasían en la lejanía y miden sin descanso la distancia entre el punto de mira y lo que se debe recorrer. Son las personas de pensamiento crítico, los inconformes, los que pueden ser profetas solitarios u, ocasionalmente, multitudes. Esos de la vista perdida en la lejanía han sido siempre incómodos para quienes se reparten la tajada grande del pastel, pero también para los indiferentes o conformistas, cuya vista se distrae en la lucha por las migas que caen de la mesa de los poderosos. Los inconformes, los insumisos, han sido siempre necesarios a la humanidad, aunque molestos porque atacan la modorra de nuestra zona de confort, porque tiran sal en las heriditas de la mediocridad, porque obligan a mirar ese confín al que los ojos comunes se niegan a contemplar. En el nombre de lo opuesto, de pasados oscuros y siniestros, los poderosos, los conformistas y los indiferentes, han llegado al extremo de pedir la crucifixión, la horca, el cuchillo o el paredón para los molestos soñadores (¡lo han hecho tantas veces!).

Los insumisos (“seres humanos con el coraje de rebelarse contra las injusticias, pero sin caer en el odio y en la deshumanización del adversario” Tzvetan Todorov) han desempeñado el papel de mover a la humanidad rumbo a esos ideales de libertad, igualdad y fraternidad. Gracias a los inconformes franceses (y a los rebeldes africanos), Francia reconsideró su papel de potencia colonial. Un ejemplo de inconforme fue René Madec, militante condecorado de la resistencia francesa, que luego se convirtió en laureado cineasta. Su primera película (Afrique 50), encargada originalmente para glorificar el papel educativo de Francia en sus colonias, terminó -por convicción de Madec- en un film de denuncia de los excesos de la colonización. Este atrevimiento le costó la prisión y la prohibición de su obra por más de cuarenta años. Historias semejantes fueron las de Lincoln, Martin Luther King y otros insumisos que ayudaron a perfeccionar los ideales constitucionales norteamericanos al abolir la esclavitud y luchar por las libertades civiles. Y se pueden citar miles y miles de inconformes más en todos los tiempos y rincones de la tierra.

Creo que el logro más importante de los insumisos, hasta ahora, ha sido la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Esa declaración pone en concreto los significados abstractos de libertad, igualdad y fraternidad y los eleva al nivel de obligaciones a ser respetadas por todos los países y gobiernos que la han ratificado. La aplicación completa y consecuente de tales derechos sigue estando en el horizonte, pero después de ese hito la caminata de la humanidad recorre senderos menos brumosos.

Aquí en Honduras decimos abrazar la democracia con sus ideales de libertad, igualdad y fraternidad. No obstante, también somos imperfectos y contamos con grupos de defensores, activos y pasivos, de la inmensa imperfección en que vivimos. Dichosamente, también tenemos insumisos. Los primeros grupos nos remarcan que el país es bello, que sus gentes son sencillas, laboriosas y hospitalarias, que nuestros bananos y café son los mejores del mundo, y que las playas y etc. Pero los insumisos recuerdan que aun con todo lo anterior, Honduras se sitúa en la cola de las Américas y de parte del planeta. Las libertades son limitadas, la igualdad es un mito, la fraternidad está hecha pedazos. ¡Esto es imperfección, y de las grandes! Bajo estas circunstancias, ¡nada es más patriota que alzar la vista para soñar y construir un país mejor! Así que en lugar de gasear al insumiso es preciso escucharlo para discutir y juntar las fuerzas que nos permitan retomar los senderos del cambio.

 Volvamos al fútbol. Suena ridículo mirar al pasado de arbitrariedad y pretender cambiar las reglas por trampas. ¡Queremos juego limpio, reglas claras! ¿De acuerdo? Entonces, para volver a ser grandes en este deporte necesitamos buen conocimiento de las reglas (así como de las vías para cambiarlas al descubrir inconsistencias o injusticias). Pero eso no basta, también necesitamos formar atletas con las destrezas adecuadas, de alta disciplina y entrega para dominar las artes del juego. Sabemos que no es fácil, pero ese es el camino.

Algo similar tenemos que hacer con nuestra muy imperfecta democracia. Con la vista en el horizonte sabemos que en la democracia el pueblo es el soberano. En los sistemas de democracia representativa, como se tiene en Honduras, la soberanía popular se presta, se concesiona, a representantes como acto de conveniencia para facilitar la toma de decisiones; pero en cualquier momento ¡nunca olvidarlo! el pueblo tiene el derecho a pedir cuentas. Se supone que los representantes deben implementar, poner en práctica, otras reglas ideales de la democracia como, la separación de poderes, la alternabilidad en el gobierno, la igualdad ante la ley, la protección de todos los ciudadanos. En fin, hacer verdad la libertad, la igualdad y la fraternidad. Entonces, representados y representantes debemos, ante todo, conocer y hacer respetar el pacto social establecido (sin que esto signifique limitar el derecho a cuestionarlo en todo lo que tenga de imperfecto). Y así como en el fútbol, los trofeos y los lugares de honor en los torneos democráticos los ganan las ciudadanías ilustradas en los principios democráticos e igualmente diestras (críticas, vigilantes, celosas) en el ejercicio de los mismos. Como parte de eso, los gobernantes se verán compelidos a ser honestos en el manejo de los dineros públicos (la plata de todos es sagrada) y también en el saber reconocer sus limitaciones en la administración del Estado. Tan deshonesto es el usar el tesoro de la nación para ventaja del partido gobernante o para el engorde de bolsas privadas, como el dejarse llevar por el engreimiento de creer saberlo todo y, de esta manera, excluir a opositores y ciudadanos preparados en la conducción del país.

Si usted es indiferente al estado ruinoso de la nación, continúe revolcándose en sus sábanas de mediocridad, pero absténgase de pedir medidas extremas para acallar el reclamo de los insumisos. Ahora se exige honestidad del gobernante para reconocer su fracaso en el cumplimiento de sus promesas electorales y en la visión misma de su programa de gobierno. Salga el gobernante del confortable sopor en que lo hunden sus pajes y saltimbanquis y enfréntese en el ágora, en la plaza pública, con su ciudadanía (la que acuda espontánea sin pagos, amenazas o mostaza). El Artículo 5 de la Constitución menciona un mecanismo que nos devuelve al ágora griega, se llama plebiscito. El plebiscito es un medio de consulta que se convoca para “solicitar de los ciudadanos un pronunciamiento sobre aspectos constitucionales legislativos o administrativos, sobre los cuales los Poderes Constituidos no han tomado ninguna decisión previa”. El plebiscito serviría para interrogar la opinión del soberano sobre el siguiente asunto: ¿Debe renunciar (si o no) de su cargo el actual ocupante de la Presidencia de la República?

La verdad es que tal consulta ni siquiera debía efectuarse porque, constitucionalmente hablando, el Poder Ejecutivo está sin mandatario. El actual es un usurpador porque es resultado, principalmente, de una flagrante violación de la Carta Magna (Véanse el Artículo 374 y el Artículo 375). Pero lo cierto es que violadores y cómplices se muestran ciegos al crimen, a la traición a la República. Además, uno de tales cómplices son los organismos represivos y supuestamente defensores de la nación; por lo mismo, amenazan con sangre y fuego a quien pretenda derrocar la actual dictadura. Es así que el plebiscito aparece como la solución más potable a todos. ¿Por qué? Primero, porque es un mecanismo perfectamente legal; segundo, porque proveería evidencia objetiva, factual, a los dos grandes bandos que reclaman contar con el apoyo popular. Tercero, porque en la organización de esta consulta todas las partes podrían mostrar su buena voluntad para hacerla lo más transparente y eficiente posible. Permitamos que hable el soberano en aras de recuperar la legitimidad del gobierno, iniciar la reconciliación ciudadana que tanto necesitamos y enfrentar los desafíos del desarrollo inclusivo y sustentable de la nación. Que nadie disimule, que nadie intente refugiarse de nuevo en la mediocridad y la mentira. Contemplemos el horizonte y comparemos. Estamos lejos, muy lejos, del ideal de un país verdaderamente democrático, pero en el camino hacia el horizonte encontraremos miles de flores de esperanza.

Quisiera ver una plataforma política de oposición retomando esta sugerencia y, consecuentemente, exigiendo al Congreso Nacional la inmediata aprobación de la ley que reglamentará el plebiscito. Ver igualmente a las organizaciones, personalidades y ciudadanos comunes sumarse a esta iniciativa de muchas maneras: con sus adhesiones, sus firmas, sus expresiones públicas, sus manifestaciones. ¿Y si el Congreso se negara o diera largas al asunto? El pueblo es el soberano y podría, con el apoyo de la plataforma política y luego de un plazo razonable, organizar por sí mismo tal plebiscito. Un resultado claramente mayoritario otorgaría la legitimidad necesitada para superar nuestro actual impasse político. Desafiémonos todos, el gobierno y la oposición, consultando al soberano y que este decida si el cuestionado personaje se queda o se va. La actual situación es grave, insostenible, perniciosa, y por ello, merece una solución urgente, contundente y justa para todos los bandos.

5 comentarios en “De fútbol y democracia

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