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Por: Rodil Rivera Rodil

No hay duda que JOH y sus funcionarios y diputados, autores en primer grado de los tremendos desaguisados de este gobierno, al igual que los periodistas, columnistas y políticos que tiene a sueldo, han perdido todo respeto por los hondureños y, lo más seguro, es que también por ellos mismos. No les importa mentir, tergiversar u ocultar los hechos. A veces, en forma tan burda que necesitan de la coraza del cinismo para soportar la aversión y hasta el odio que causan en la ciudadanía.

Pero, incluso siendo cínicos para más no poder, es evidente que no pueden disimular totalmente la vergüenza que sienten cuando se les recuerdan actos tan bochornosos como el robo de los hospitales móviles o la entrega de la soberanía con las ZEDES. Basta verlos cuando comparecen en televisión. En cuanto les tocan estos temas se aprecia una mayor o menor, pero siempre perceptible, descomposición en sus rostros. Simplemente, les es imposible evitarla o esconderla. Y es que aun los delincuentes más empedernidos, y los que, sin serlo, tienen negra el alma, suelen conservar cierto decoro y estimación personal. 

Cabe apuntar que entre ellos pueden distinguirse dos grupos: en el primero, generalmente de funcionarios y diputados, figuran los que ni siquiera tratan de adornar sus mentiras, y a quienes los argumentos les salen sobrando. Lo que no deja de ser comprensible. ¿De dónde los van a sacar? Defender lo indefendible no es fácil. Se requiere un talento especial. ¿De dónde lo van a sacar? De ahí que lo sustituyan con la prepotencia y la desfachatez.

En el segundo grupo, integrado principalmente por periodistas y columnistas, así como por políticos sin “chamba” de diferente militancia, se hallan varios que, untados de cierto barniz intelectual, defienden al régimen solapadamente, intentando hacernos creer que solo están siendo objetivos. En realidad, no es que opinan. Es que quieren sentar cátedra. Pretenden lucir como incorruptibles hombres de pluma. Sin embargo, cultivan un estilo ambiguo y retorcido con el que no pueden esconder el propósito de que en algún futuro les pueda ser útil para desviar o negar su colaboracionismo con JOH y librarse de cualquier eventual responsabilidad.

No deja de ser interesante, igualmente, que por este peculiar tipo de redacción podamos confirmar lo que ya sabíamos de ellos o descubrir lo que ignorábamos, en particular sobre su sinuosa personalidad. Pero, sobre todo, porque nos permite especular, con cierta base, acerca del monto de los emolumentos que perciben. Aunque de algunos ya sabemos que la paga es mensual, mientras que, de otros, los que se cotizan más alto, que cobran por cada publicación. Y no pocas veces, en ambas formas. 

En ese lucrativo modo de servir a JOH, sus apologistas suelen distorsionar la lógica con “trampas dialécticas”, como las llamaba Platón, semejantes a las empleadas por los sofistas de la antigüedad. Entre las que se destaca la “falacia de presuposición”, denominada “Falso Dilema”. Esto es, “cuando se hace creer que ante una situación dada sólo quedan dos posibilidades, como si todo en la vida estuviera sujeto a la bipolaridad, como si solo se puede estar a favor o en contra”.

Tal es la que algunos de ellos están utilizando para justificar las ZEDES. Comienzan admitiendo, aunque con tortuosa sutileza, que son inconstitucionales, pero, a renglón seguido, pretenden colocarnos en el falso dilema de que para hacerle frente al desempleo solo tenemos dos opciones, preservar la soberanía nacional o vender el país en pedazos a las ZEDES a cambio de trabajo para unos cuantos hondureños. Como si no hubiera ninguna otra posibilidad. Como si ningún futuro gobierno podrá resolver este problema. Parten del supuesto, claro está, de que, si Juan Orlando nunca pudo cumplir con sus reiteradas promesas de dar ocupación a centenares de miles de hondureños, es que nadie más puede hacerlo.

Por el componente populista que contiene, dicha falacia también es conocida como Ad populum (dirigida al pueblo) y es muy usada y abusada por los políticos populistas de todo el mundo. Como puede apreciarse, en Honduras estos señores la emplean como recurso retórico para influir emocionalmente en la población con el fin de que esta acepte como válido cualquier artilugio que, aunque violente la lógica constitucional de nuestra Carta Magna, les pueda ayudar a ganar su consenso a favor de las ZEDE.

Pero también es importante advertir que otro dilema semejante puede estar induciendo a la oposición a cometer un grave error, cual es la autosugestión en la que están cayendo algunos de los más destacados críticos de JOH al creer que no hay ninguna oportunidad de vencerlo en las urnas. Que participar en los comicios de noviembre será completamente inútil porque este ya decidió quedarse en el poder. Por lo que solamente nos queda apelar a la insurrección pacífica. Nada menos cierto.

La experiencia histórica prueba que los pueblos prefieren, invariablemente, recurrir primero a la vía electoral antes que a cualquier otro medio. Y, asimismo, que no son pocas las veces que estos han podido superar con su voto las trampas electorales. Aquí mismo, nadie puede negar que en el 2017 la alianza de Libre con Nasralla habría salido victoriosa sino es por la descarada injerencia de la consejera de la embajada norteamericana que, por órdenes de Trump, irrumpió en el entonces Tribunal de Elecciones para bendecir el monumental fraude que montó JOH y a humillar a la OEA que había pedido que se repitieran las elecciones.

Ahora bien, si JOH vuelve a incurrir en otra estupidez similar, aunque nadie puede predecir lo que pasará, es muy probable que la violencia tome la palabra. Para evitarlo, la consigna debe ser alentar a la ciudadanía a concurrir masivamente en noviembre a apoyar a quién crean que puede derrotar al juanorlandismo. No olvidemos que más de la mitad de los electores se abstiene. Por lo que hay que hacer lo imposible para que nadie se quede sin votar.

Tegucigalpa, 4 de agosto de 2021

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