Recuerdos

 

Por: Víctor Meza

Era la China entonces. El viejo Liu, con su uniforme arrugado, sin insignias, llegó a nuestro salón y se presentó con escasa y humilde ceremonia. Eran los tiempos de la revolución cultural en China y, entonces, ya habían sido eliminados los grados militares en el ejército. Era difícil distinguir entre un general y un joven teniente o capitán. Se mantenía el orden jerárquico, pero se rechazaba la obediencia humillante. Solo se respetaba la vieja militancia y el prestigio bien ganado. Eran otros tiempos.

En la sala estábamos solo cinco personas. Entró el viejo Liu y nos saludó con la tradicional cortesía de los orientales. Nos preguntó  nuestros nombres, oficios y pretensiones. Se limitó a decir que apenas era un viejo oficial del Ejército de Liberación de la República Popular China, agregando, de paso, como quien no quiere decirlo, que, además, era un veterano de la legendaria Gran Marcha.

La Gran Marcha, casi nada, la célebre epopeya de los revolucionarios chinos que, bajo la conducción de Mao Tse Tung, en los años 1934 – 35, recorrieron gran parte del territorio continental para reunir los ejércitos del centro y el norte que, juntos, lograron finalmente la victoria y el triunfo de la revolución china en octubre de  1949 sobre las tropas en desbandada del viejo general Chang Kai Shek.

Pues bien, ahí, frente a nosotros, con la humildad que le concedían más de cinco mil años de historia escrita, estaba el viejo Liu, un general veterano de aquella epopeya. Su presentación sencilla, la prudencia y, sobre todo, su manifiesto deseo de ayudarnos y hacernos sentir bien, nos conmovió a todos. Fue una lección de humildad y sencillez. Una muestra de modestia y elegancia a la vez.

Recuerdo estos momentos, hoy, cuando veo en mi país las manifestaciones de arrogancia y soberbia, los desplantes de insolencia que, desde el poder, emergen y se difunden a través de los diferentes estratos de los sectores más pobres, humildes, ignorantes e indefensos de la población local. Cuanta indignación me invade al ver a los activistas del partido de gobierno distribuyendo bolsas de alimentos y, recordando, de paso, el nombre del gobernante para que el beneficiado no olvide nunca la fuente de donde procede el beneficio.

En verdad, es realmente indignante esa forma tan primaria y vulgar, tan ofensiva y grotesca, que adoptan los activistas del partido de gobierno  – que ni siquiera es partido gobernante – al momento de distribuir, listas de beneficiarios partidistas de por medio, las bolsas de alimentos básicos entre los humildes y hambrientos compatriotas que, verdad o mentira, se autoproclaman como si fueran entusiastas partidarios del régimen corrupto y desvergonzado que  soportamos todos.

¿Es que acaso no sienten ningún ápice de vergüenza al momento de repartir entre los hambrientos la comida, en nombre de un mandatario a quien casi todos repudian y detestan? ¿Es que acaso hemos llegado ya a tal nivel de desintegración moral y descomposición ética, que no nos importa la opinión del ofendido si, a cambio, obtenemos el respaldo a quien ofende? ¿Habremos llegado ya hasta el fondo?

Respuestas difíciles, pero, sobre todo, dolorosas. Pienso en el viejo general Liu, cuyos hijos o nietos estarán seguramente haciéndole frente al coronavirus en sus respectivas comunidades, con la misma hidalguía, el mismo fervor y similar desinterés que tuvo su padre y abuelo en aquellas tardes, apacibles y lejanas, cuando nos transmitía sus conocimientos y nos enseñaba su simple solidaridad.

La pandemia que hoy nos abate debe servir, entre otras cosas, para recordarnos siempre nuestra condición vital, en especial, nuestra natural tendencia a la cercanía, la relación social y la vinculación inevitable con la especie humana. Somos seres humanos y, por lo mismo, sociales y solidarios. No lo olvidemos.

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