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Por: Víctor Meza

Miente, miente, que algo queda, aconsejaba un viejo jerarca hitleriano en la Alemania nazi. No era la primera vez que la mentira adquiría carácter oficial y se convertía en categoría inherente a la lógica del discurso gubernamental. La mentira, aseguraban, repetida mil veces, poco a poco va adquiriendo el carácter de verdad. La historia demostró que eso no era cierto, aunque lo parecía.

En tiempos del somocismo, en la Nicaragua de entonces y en los años duros de la lucha contra la dinastía, una revista llamada “Gráfico América (la revista del continente)”, de esas que hoy llamaríamos sin vacilación “prensa tarifada”, fundada y dirigida por un mercenario chileno de apellido Castro Farías, solía publicar una extensa sección titulada “Archivo confidencial: clandestinidad del FSLN”, en la que divulgaba fotografías y datos biográficos  de los prisioneros antisomocistas, debidamente  retocadas y elaborados  por los esbirros de la Seguridad del Estado, que compartían su tiempo y oficio de torturadores junto al de redactores de notas periodísticas al gusto y disfrute del tirano y sus “guardaespaldas intelectuales”.

La revista en mención, que sin duda recibía jugosos subsidios del presupuesto de la Nación, se especializaba en divulgar mentiras, sobre todo aquellas que hacían aparecer a sus víctimas como peligrosos agentes de una conspiración internacional al servicio de “potencias antidemocráticas y subversivas”. En el número correspondiente al mes de junio de 1971, me tocó el turno y el dudoso privilegio de aparecer en las páginas de aquel pasquín ilustrado. Su descripción de mi persona, además de combinar medias verdades con mentiras a medias, transmitía la imagen de un individuo peligroso y casi legendario “cuya actividad, a todas luces ilegal, tiene tenebrosas finalidades”. Según el fantasioso relato de “Gráfico América”, yo, junto al veterano sandinista Oscar Turcios Chavarría, habíamos recibido “entrenamiento militar a nivel de división”, nada menos que en las montañas nevadas de Corea del Norte. ¡Válgame Dios! La imaginación de los redactores de la venenosa revista no solo era prolífica sino también muy perversa.

Pero la mentira tiene piernas cortas y, como dice la sabiduría popular, “más rápido cae un mentiroso que un cojo”. Muchos de los que figuraban en la  galería de fotos de aquella edición, algunos ya ausentes de este mundo, demostraron después, con su abnegación y heroísmo, la falsedad de quienes les calumniaban y ofendían. No había tal conspiración internacional ni éramos agentes al servicio de lejanas potencias. Sólo éramos un grupo de jóvenes idealistas, cargados de ilusión y esperanzas, ansiosos por poner final a la dictadura de entonces.

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Traigo a mi mente esos lejanos recuerdos, no sin la dolorosa nostalgia por los sueños traicionados, cuando escucho los discursos mentirosos, llenos de falsedad y de embustería, que pretenden, en vano intento, defender la imagen de los gobernantes locales, atrapados contra la pared cuando sus verdaderas actividades delictuosas quedan expuestas totalmente en los tribunales extranjeros. Caen, como el mentiroso del proverbio, más rápido que el cojo.

La mentira puede rendir beneficios a corto plazo y ante auditorios seleccionados, pero, a la larga, cuando pasa el tiempo suficiente y esclarecedor, los mentirosos quedan expuestos ante el ojo crítico de la historia y ante el juicio condenatorio de la opinión pública. Los ejemplos sobran y, muchos de ellos, pertenecen a nuestro ambiente local. Piensen tan solo en la mentira oficial sobre la presencia de los antisandinistas en el territorio hondureño, los tristemente célebres “contras”, que los gobiernos de entonces (1980 – 1986) negaban a pies juntillas, sin que a sus voceros les temblara siquiera un músculo de la cara. Cojos cogidos en su cojera.

El gobierno que miente, se engaña a sí mismo. Al final, en una extraña lógica inversa de la mitomanía, termina creyendo sus propias mentiras y defendiendo la falsedad de su discurso como si fuera una verdad sagrada. Otra vez: la cojera mental del mentiroso cojo.

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