Pocas veces en la historia política de Honduras se ha visto un movimiento social tan significativo como el Frente Nacional de Resistencia Popular (FNRP). Esta coalición logró aglutinar a la fuerza obrera, gremios, sindicatos, organizaciones de derechos humanos, colectivos feministas, movimientos campesinos y la comunidad LGTBI+, dando origen al partido Libertad y Refundación (Libre): un proyecto nacido genuinamente de las entrañas del pueblo. Lastimosamente, una vez en el gobierno, la gestión ha defraudado a muchos de sus militantes y simpatizantes. Ante este escenario, el presente artículo ofrece un breve análisis sobre los errores cometidos por Libre en el poder y las estrategias que debería procurar para aspirar, nuevamente, a mantener la confianza ciudadana.
Como escritor, lamento profundamente tener que señalar lo evidente; sin embargo, a veces lo obvio se vuelve indescifrable cuando la clase política se emborracha de poder y petulancia. A pesar de ello, también verteré aportes significativos:
- Las iglesias no son enemigas: la mayor red social de Honduras son las dos principales iglesias, católica y evangélica, y criticarlas o cuestionarlas significa echarse a todo un pueblo de enemigo.
- Los medios de comunicación no son enemigos: el cuarto poder debe ser utilizado a favor de las aspiraciones políticas; si no se confronta con ellos, incluso las líneas editoriales pueden favorecer a alcanzar el poder.
- Falta de lectura de la realidad: El día que nuestra población empiece a migrar a Venezuela o Cuba y no a los Estados Unidos, entonces el discurso antiimperialista tendrá sentido para la gente. Mientras tanto, la realidad desmiente la retórica.
- Denuncia del tratado de extradición: El principal activo político con el que Libre llegó al poder fue la promesa de la honestidad, la justicia y la lucha frontal contra la impunidad y el narcotráfico que habían caracterizado la década anterior; el gobierno entregó voluntariamente su narrativa ética y se puso un escudo de impunidad.
- La falsa guerra con las 10 familias: toda Honduras sabe que la cúpula de Libre está emparentada con las 10 familias, así que nunca los iban a tocar, por lo que esa estratagema de “gritar iracundos” en los medios de comunicación y dejar que los ricos hicieran lo que quisieran no engañó a nadie.
- La falsa austeridad: Nos vendieron la ilusión de que serían los Mujica hondureños; sin embargo, no tardaron en subirse a los carros de lujo y a aviones para emprender viajes sin objetivos claros ni resultados. A esto se suma la proliferación de secretarías creadas con el único propósito de emplear a sus activistas y asesores extranjeros.
- La confrontación como estrategia política: Al hondureño no le gusta el pleito. La clase trabajadora solo busca llegar a casa y escuchar a alguien que le devuelva la esperanza; no quiere insultos ni la infantil estrategia de seguir culpando a los gobiernos anteriores.
- Afiladores de la palabra: El partido Libre se llenó de genios ideólogos y expertos en el discurso de los años 70 y 80 de la izquierda emboinada, en lugar de cuadros prácticos y técnicos capaces de resolver problemas. La organización se especializó en la deconstrucción, no en la construcción. Este fenómeno se replica en las universidades, donde la mayoría de los docentes de ciencias sociales nunca trascendieron el marxismo clásico; tristemente, se quedaron colgados en teorías que ya no solucionan nada y que los estudiantes terminan por aborrecer, provocando que viren hacia la derecha ante la falta de un conocimiento actualizado.
- El desfase temporal: el golpe de Estado fue el mantra, casi forma de existencia de Libre, que lo único que demostró fue las severas dificultades para transitar hacia una narrativa de gestión pública y eficiencia técnica. La juventud no vive en el pasado; ellos viven en el hoy y el mañana.
- Actos de corrupción: al poner una narrativa de altos valores morales como principal característica del proyecto político, al menor acto de corrupción la población los juzgó tres veces peor que a los propios corruptos profesionales de los otros partidos.
Ahora exploraremos los cambios que, a mi juicio, podrían volver a llevar al poder a Libre:
- Candidatos con capacidad de diálogo y carisma: la política es interacción; no se puede ir a la palestra pública con soliloquios. El político carismático es aquel que sabe leer qué le duele a la sociedad en un momento preciso y logra presentarse a sí mismo como la única solución posible a ese dolor; empatiza con las grandes mayorías y encarna los valores de la sociedad, y el hondureño es humilde y juguetón: no le gusta la seriedad ni los regaños.
- Libre no ganó elecciones. Las ganó la alianza: la nueva propuesta política necesita de aliados estratégicos, ya que los partidos tradicionales poseen una estructura fuerte que solo puede ser contrarrestada con nuevas alianzas serias y la propuesta de un gobierno con contrapesos reales.
- El partido debe democratizarse, despojándose de verdades absolutas y caudillismos para dar espacio a la disidencia. Al final del día, la institución no pertenece a la cúpula; les pertenece a las bases. De otro modo, Libre desaparecerá.
- Libre debe incluir a académicos y pensadores independientes, no a gente que les aplauda todo. Es indispensable que se prepare a una base de personas con nivel de pensamiento crítico profundo, que contrarresten a los políticos mañosos que han formado capital político a cuenta de entenderle al trámite.
- Discurso de dignidad hacia el trabajo: Las grandes mayorías evalúan a los gobiernos desde su realidad económica, no desde la ideología. El pueblo clama por empleo, no por un Estado que pretenda adoctrinarlo hablándole de Cuba. Por lo que se debe priorizar el discurso dirigido a la clase media, a los emprendedores y a los empresarios.
- Converger las nuevas generaciones y los sectores marginados del partido: se deben combinar las ideas progresistas con la experiencia desde una perspectiva de interacción real. Hay que desterrar la vieja práctica de instrumentalizar al joven solo por su rostro, mientras un viejo tamagás mañoso mueve los hilos desde la sombra. Asimismo, la inclusión de las mujeres y de las personas LGTBI+ no puede ser «del diente al labio»; debe traducirse en poder real y en el respaldo presupuestario necesario para ejecutar propuestas genuinas.
- Se debe de preparar a nuevos líderes: Libre necesita enviar al exterior a sus nuevos liderazgos para renovar ideas y enfoques de gobernanza. Observar experiencias en países como China o Chile, que han alcanzado altos niveles de tecnocracia desde la izquierda, es fundamental. El país ya no puede darse el lujo de seguir entregando puestos de poder e instituciones clave a la improvisación y a la falta de preparación técnica.
- El niño rico sin consecuencias: Se deben asumir las consecuencias como un aprendizaje indispensable para dejar de engendrar liderazgos malcriados; figuras ahogadas en una pretensión ridícula que les hace creer que poseen la razón absoluta. Incluso tras perder las elecciones, su única respuesta es refugiarse en la soberbia y culpar a los demás de sus propios errores.
- Canalización del voto de castigo y el hastío: Libertad y Refundación debe presentarse como una opción lúcida, renovada y tecnocrática, capaz de debatir con datos y no desde las vísceras. Frente a una derecha que pretende jugar sus cartas de siempre fraguando otra candidatura al estilo JOH, la organización tiene el deber de reactivar su trabajo en las comunidades urbanas sin descuidar sus bases. Ante una gestión gubernamental que prioriza a la empresa privada, el desgaste es solo cuestión de tiempo, lo que abrirá el espacio para consolidar una alternativa real.
- Enfocar su discurso a los estudiantes: se necesita de personas con altos niveles de formación académica y un fuerte componente tecnocrático. Su rol será clave para articular el mensaje con los sectores populares y debatir el modelo no solo desde la consigna, sino desde el análisis de políticas públicas; esto permitirá generar confianza en las clases medias y urbanas, fatigadas del colapso económico.
Conclusión: Libre puede seguir entreteniendo a la militancia con las mismas prácticas de la política vernácula hondureña —la del aplauso y el sombrero—, o puede dar un salto inclusivo hacia cuadros preparados para conquistar el poder y sostenerlo con bases democráticas fuertes. El futuro de Libertad y Refundación depende de su capacidad para transitar de la marea ideológica del pasado hacia una gestión pragmática y tecnocrática en el presente; una que gestione las urgencias materiales y brinde soluciones prácticas al pueblo hondureño. De otro modo, se volverá un partido bonsái: una organización pequeña que vivirá únicamente del recuerdo de lo que alguna vez fue el glorioso Frente Nacional de Resistencia Popular.





