La incompetencia económica de los presidentes republicanos

 

Por: Bradford DeLong*

 

BERKELEY – Se oyen muchas cosas extrañas estos días, sobre todo porque «ellos» (un término complicado) están llenando el lugar de desinformación. Sin un conjunto compartido de hechos que sirva de base al debate ético y político, la democracia no puede funcionar. La virtud del sistema radica en su capacidad exclusiva para visibilizar y poner en consideración una amplia variedad de ideas emanadas de la sociedad. En condiciones ideales, a través del intercambio honesto de argumentos y la ponderación de alternativas, una mayoría de votantes convergerá hacia el mejor curso de acción.

Pero hemos perdido una de las condiciones más básicas para el buen funcionamiento de este proceso: una esfera pública con base en la realidad. Aunque siempre hubo desacuerdos profundos, hasta inmanejables, al menos la gente hablaba sobre los mismos hechos. Era posible seguir los debates entre Abraham Lincoln y Stephen Douglas y decidir cuál de las dos figuras era más creíble y convincente, sin recibir una andanada de manipulación y distorsión informativa.

Un elemento de desinformación cada vez más habitual sostiene que Estados Unidos se enfrenta a un dilema monumental el día de la elección. Por un lado, con la elección de un presidente demócrata, el país dejará de tener un gobierno que secuestra niños y mantiene familias divididas sólo porque puede. Por el otro, se supone que dar el poder a los demócratas es un riesgo para la economía, porque los republicanos son el partido de los negocios.

Hace poco, Peggy Noonan (columnista del Wall Street Journal) enmarcó la elección en esos términos; luego se quejó de que Joe Biden parece estar «sentado esperando que le entreguen la corona». Tras ver a la candidata demócrata a la vicepresidencia, Kamala Harris, bailando en el escenario durante un mitín, Noonan concluye: «Fue vergonzoso (…) Si no puede fingir dignidad, ¿no podría al menos tratar de mostrar un poco de seriedad?».

Pero la antinomia es falsa. Nadie ha dado más motivos de vergüenza a los Estados Unidos que el presidente Donald Trump, y el Partido Republicano no puede hablar de buena gestión económica. Como demuestran los economistas Alan S. Blinder y Mark W. Watson en un artículo de 2015:

«La superioridad del desempeño económico durante los gobiernos demócratas en comparación con los republicanos es prácticamente ubicua, y esto casi no depende de cómo se defina un buen desempeño. La diferencia, según muchos indicadores, es sorprendentemente grande; tanto, que en la práctica es difícil de creer».

Por ejemplo, en términos de crecimiento real (tras descontar inflación) anualizado del PIB, Blinder y Watson hallan que los demócratas superan a los republicanos por «1,8 puntos porcentuales en datos de la posguerra que abarcan 16 períodos presidenciales enteros, desde [Harry] Truman hasta [Barack] Obama». Si este análisis se retrotrajera hasta los tiempos de Herbert Hoover y Franklin D. Roosevelt, la diferencia aumentaría a unos tres puntos porcentuales al año. Pero también cabe señalar que hasta la crisis de la COVID‑19, Trump pudo exhibir un crecimiento inusualmente sólido (es decir, sólido para un gobierno republicano) durante los primeros tres años de mandato, en los que la economía estadounidense igualó el 2,4% de crecimiento anual promedio alcanzado durante el segundo mandato de Obama.

El origen de este diferencial de desempeño desconcierta a los autores. Analizan si es posible atribuirlo a más inversión en capital fijo, más optimismo de los consumidores (con el consiguiente aumento del gasto en bienes duraderos), menos shocks petroleros negativos o más crecimiento en el extranjero. Pero estos factores explican menos de la mitad del diferencial. Y no, la respuesta no está en que los demócratas (a diferencia de los republicanos) tiendan a seguir políticas excesivamente inflacionarias que toman prestado crecimiento a las generaciones futuras.

La primera vez que me crucé con el artículo de Blinder y Watson, sospeché que el factor decisivo era el petróleo. Los gobiernos republicanos de George Bush (padre) y luego George Bush (hijo), lo mismo que los de Richard Nixon y Gerald Ford, con Henry Kissinger como secretario de Estado, nunca tuvieron claro si lo mejor para el crecimiento del ingreso real en Estados Unidos era que el petróleo estuviera caro o barato. En cambio, otros gobiernos no dudaron en mantener bajo el precio del petróleo siempre que pudieron.

En cualquier caso, la historia estadounidense del último siglo da fuertes motivos para pensar que los republicanos no tienen la menor idea de qué políticas económicas tienen más chances de funcionar en un momento determinado. En los primeros años de este siglo, por ejemplo, parece que a Bush y a sus asesores jamás se les ocurrió que la falta de regulación suficiente pudiera producir una crisis financiera catastrófica.

No sólo eso; en los ochenta, parece que a Ronald Reagan y a sus asesores jamás se les ocurrió que crear un déficit federal masivo llevaría a un derrumbe de la inversión o a un aumento equiparable de la deuda externa. Fue el momento en que Estados Unidos comienza a importar volúmenes mucho mayores de manufacturas y el cinturón industrial del Medio Oeste se convierte en el deprimido «cinturón oxidado» (Rust Belt). Finalmente, parece que a Nixon y a sus asesores jamás se les ocurrió que una combinación de tipos de interés bajos y controles de salarios y precios podía mantener reducidos a la vez la inflación y el desempleo.

A la luz de estos fracasos, lo de Trump era previsible. Tras decir que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN/NAFTA) y el Acuerdo Transpacífico (ATP) fueron, en ese orden, los peores acuerdos comerciales de la historia de los Estados Unidos, su gobierno se limitó a añadir algunas cláusulas del ATP al TLCAN, le cambió el nombre, y proclamó que Estados Unidos era «grande otra vez». También inició una guerra comercial declarada contra China, asegurando que esas guerras son «buenas y fáciles de ganar».

¿Cuál fue el resultado de estas políticas? No hubo mejora del empleo fabril, el déficit comercial en manufacturas creció, y el ingreso real de los consumidores estadounidenses se redujo, ahora que tienen que pagar el costo de los aranceles a las importaciones. Es evidente que ni Trump ni sus asesores tienen la menor idea de cómo librar una guerra comercial.

Que nadie se declare sorprendido. Los gobiernos republicanos vienen aplicando políticas económicas erróneas al menos desde la década de 1920. La única alternativa real en esta elección es entre el regreso a una gestión económica razonable o la continuidad de una incompetencia evidente.

 

*Bradford DeLong, ex secretario adjunto del Tesoro de los Estados Unidos, es profesor de Economía en la Universidad de California en Berkeley e investigador asociado en la Oficina Nacional de Investigaciones Económicas de los Estados Unidos (NBER).

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