La desigualdad escrita en el cielo: la distopía del capitalismo especial


Por: Giovani Funa

Hace años mientras hacia Tegucigalpa con Rock en la radio disfrutaba del tema «El baile de los ciegos» de Triangulo de Eva y entendí que la expresión representaba la romantización de la lógica del capital.

Hoy la creciente privatización de la exploración y colonización espacial no tiene nada de romántico, pero si representa una alarmante extensión de las lógicas capitalistas a la última frontera. Lo que los magnates presentan como el «progreso de la humanidad» es, en realidad, una peligrosa huida hacia el espacio que ignora y agrava las crisis que ya vivimos en la Tierra: la desigualdad extrema y la emergencia climática. Este ensayo examina el profundo significado de este «capitalismo espacial», desde la desigual huella de carbono de los cohetes comerciales hasta la nueva geopolítica de reparto lunar.

La cifra de 93 toneladas de CO₂ emitidas por un solo viaje espacial comercial no es un dato técnico aislado; es un manifiesto político. Simboliza una forma de contaminación que es, ante todo, un privilegio de clase.

· La lógica extractiva de la atmósfera: Los cohetes de empresas como SpaceX, Blue Origin y Virgin Galactic funcionan quemando toneladas de propelentes. Un solo lanzamiento del sistema Starship de SpaceX puede emitir aproximadamente 2.683 toneladas de CO₂, mientras que vuelos turísticos como los de Virgin Galactic o Blue Origin generan entre 60 y 93 toneladas métricas de CO₂ por vuelo. Lo alarmante es la magnitud individual: un solo pasajero en un vuelo turístico espacial de apenas 11 minutos puede emitir entre 50 y 100 veces más CO₂ que una persona en un vuelo comercial de larga distancia, o generar en minutos la misma huella de carbono que una persona de bajos recursos en toda su vida. Es el súmmum de la «contaminación de lujo».
· ¿Tecnología «verde» o simple maquillaje?: Los defensores de esta industria promueven la idea de combustibles «más limpios» como el hidrógeno líquido, usado por Blue Origin, que emite principalmente vapor de agua. Sin embargo, esta narrativa es engañosa por dos motivos:
  1. Emisiones indirectas: La producción de hidrógeno a partir de combustibles fósiles es un proceso intensivo en carbono, lo que genera una enorme huella indirecta.
  2. Emisiones en capas altas: Las emisiones de cohetes se liberan en la estratósfera y mesósfera, donde sus efectos (como el forzamiento radiativo y el agotamiento del ozono) son más dañinos y persistentes que a nivel del suelo. Este impacto ambiental se distribuye de forma profundamente desigual: mientras una élite disfruta de «unos minutos de ingravidez», la crisis climática castiga con mayor dureza a las comunidades más pobres del planeta.

El dorado lunar: helio-3, tierras raras y el capitalismo extraterrestre

La colonización de la Luna se presenta como un paso heroico para la humanidad, pero la realidad es mucho más prosaica: una desesperada búsqueda de recursos que alimente el motor capitalista terrestre.

· El «portafolio de recursos» lunares: La Luna es vista por los inversores como un gran yacimiento de «commodities del futuro». Los objetivos son claros:
  · Agua: El hielo lunar, especialmente en los polos, es el recurso más estratégico. No solo permitiría la supervivencia humana, sino que se descompondría en hidrógeno y oxígeno para fabricar combustible para cohetes, reduciendo la dependencia de la Tierra.
  · Helio-3: Este isótopo, casi inexistente en nuestro planeta, es promocionado como el combustible del futuro para la fusión nuclear. Empresas como la finlandesa Bluefors ya han firmado acuerdos millonarios para su futura compra.
  · Tierras Raras: Minerales esenciales para la industria tecnológica, desde móviles hasta turbinas eólicas, cuyo suministro terrestre está geopolíticamente tensionado por el dominio de China. La Luna se presenta como una fuente alternativa para asegurar este recurso crítico.
· Un negocio que no es para todos: Las empresas involucradas ya están delineando la economía cislunar. El plan no es tanto «salvar» la Tierra trayendo recursos, sino abaratar la conquista del espacio. La idea es crear una economía autosuficiente en la Luna que sirva como plataforma de lanzamiento para futuras misiones, reduciendo los costos para los mismos actores que la impulsan. Para el común de los terrícolas, la Luna no será una fuente de prosperidad, sino un nuevo escenario de explotación que beneficia a los mismos conglomerados.

¿De Quién es la Luna? la geopolítica del reparto

Lejos de ser un «patrimonio común de la humanidad» como se soñó en los años 60, la Luna se ha convertido en el tablero de una nueva «fiebre del oro» geopolítica.

· El ocaso del Tratado del Espacio Exterior: El Tratado de 1967, que prohíbe la apropiación nacional de cuerpos celestes, es cada vez más un papel mojado. Países como Estados Unidos han aprobado leyes que permiten a empresas privadas la propiedad de recursos extraídos en el espacio, una interpretación legal que, en la práctica, allana el camino para la apropiación de facto a través de la ocupación y explotación comercial.
· Los bandos del nuevo reparto: La carrera espacial del siglo XXI está liderada por dos bloques con enfoques distintos pero un mismo fin de control:
  · El modelo de Estados Unidos (Acuerdos Artemisa): Con más de 50 países firmantes, estos acuerdos bilaterales impulsan un modelo de explotación comercial basado en «zonas de seguridad» alrededor de las bases lunares, creando un marco legal paralelo al de la ONU que legitima la minería espacial privada.
  · El modelo de China y Rusia (ILRS): La Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS), con la participación de 17 países, apuesta por un control más estatal y multilateral. Sin embargo, el objetivo final es el mismo: asegurar el acceso a los recursos estratégicos del polo sur lunar para garantizar su hegemonía en la Tierra.

La tierra como único horizonte.

Desde el pensamiento crítico, el proyecto del «capitalismo espacial» no es una solución, sino un síntoma terminal de un sistema que prefiere colonizar otros mundos antes que reparar el propio.

· «Ciencia ficción capitalista»: Pensadores como Michel Nieva analizan cómo los magnates de Silicon Valley promueven una narrativa donde la solución a los problemas generados por el capitalismo (como el cambio climático) es más capitalismo, pero en el espacio. Se nos vende la idea de que podemos «escapar» a Marte o a colonias orbitales mientras en la Tierra se profundizan las desigualdades.


· El legado de Günther Anders: El filósofo alemán ya advertía en el siglo XX que la exploración espacial corría el peligro de convertirse en un proyecto al servicio del beneficio privado y no del bien común. Su pregunta sigue siendo pertinente: «¿De qué sirve la Luna?». La respuesta del capitalismo es clara: para hacer negocio. Para la izquierda, en cambio, la prioridad debe ser otra: invertir esos mismos recursos (públicos y privados) en una transición ecológica justa en la Tierra, que garantice el bienestar de todas las personas.


· No hay planeta B (ni Luna) para los pueblos: El mayor peligro del discurso del «capitalismo espacial» es que nos distrae. Mientras la atención se centra en las hazañas de los cohetes reutilizables, se desvían recursos y se elude la responsabilidad de acometer los cambios estructurales necesarios para combatir la crisis climática y la desigualdad. La narrativa de una «humanidad multiplanetaria» es una peligrosa fantasía que beneficia a una élite, mientras el 99% restante se queda atrás, condenado a habitar un planeta cuyos recursos y atmósfera son saqueados para financiar la huida de los más ricos.

Recuperar la tierra como proyecto común debería ser la premisa

Las 95 toneladas de CO₂ de un viaje de placer, los contratos millonarios por el helio-3 lunar y los acuerdos geopolíticos para repartirse el satélite son, en esencia, la misma historia: la de un sistema económico que, en su fase terminal, busca expandirse a cualquier costo para perpetuar su lógica de acumulación.

El «capitalismo espacial» no es el futuro; es una peligrosa distopía que se construye sobre la degradación de nuestro único hogar real. Frente a la fantasía de la huida, la izquierda reivindica el arraigo. La prioridad no debe ser colonizar la Luna, sino descolonizar nuestra relación con la Tierra y entre nosotros mismos. El verdadero desafío no está en las estrellas, sino en construir, aquí y ahora, sociedades más justas, igualitarias y sostenibles para todas las personas.

  • Periodismo Amplio e Incluyente, nace el 1 de mayo del 2015
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