El apocalipsis en Honduras

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El apocalipsis en Honduras

Demos un paseo por las ruinas de Honduras y miremos si algo tiene sentido. En este relato, el escritor nos sumerge en las catástrofes naturales y políticas del país más desafortunado de la Tierra

Por: Dennis Arita

Portada: Guillermo Burgos

Tegucigalpa.-¿Qué pasaría si una explosión volatilizara la capital de Honduras, Tegucigalpa, y un terremoto dejara casi completamente destruida San Pedro Sula, la ciudad más productiva del país?

Esa es la pregunta que pretende responder la novela Los últimos ladrones (Casasola, 2017), del caricaturista y narrador Luis Chávez.

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Chávez nos invita a imaginarnos lo que pasaría si, el día de toma de posesión de un gobierno electo por medio de un “descarado y monumental fraude” (p. 7), una bomba de inusitado poder destructivo acabara en un torbellino de fuego con toda la clase política hondureña.

Parece un sueño realizado para muchos habitantes de uno de los países más castigados por la corrupción en el mundo. Sin embargo, en la novela de Chávez, la explosión desata una pesadilla bíblica porque la bomba no sólo se lleva a los políticos hondureños, sino también a por lo menos el millón de habitantes de la capital.

A velocidad de best seller

Imposible saber por qué Chávez no nos da los datos exactos de las víctimas ni describe la naturaleza y los motivos de la catástrofe. Sencillamente, la explosión ocurre. Igual procedimiento expedito usa Chávez para mencionar el terremoto que unas horas después convierte en escombros San Pedro Sula, la ciudad más industrializada de Honduras.

Chávez se despacha las dos catástrofes en un puñado de páginas para pasar con envidiable velocidad a cómo los cuatro o cinco personajes principales del libro afrontan los resultados de esos traumáticos sucesos. El novelista va presentando a cada personaje con la veloz técnica cinematográfica de un best seller de Robert Ludlum. Salta de Macías al magnate Gustavo Espada y del delincuente Israel Pérez al “soltero” Javier Sauceda.

En el cine y la literatura fantásticos, no es mala idea dejar en el misterio, por ejemplo, la causa de un apocalipsis zombi, pero en una novela como la de Chávez, que apuesta hasta cierto punto por establecer un escenario realista, esa omisión resulta desconcertante.

La trama se complica cuando entra en escena quien al parecer es el único político sobreviviente en Honduras, el diputado Ángel Macías, quien se salva de milagro porque en el momento de la explosión se hallaba en San Pedro Sula.

Macías es la versión hondureña del protagonista de la teleserie gringa Designated Survivor (2016-2019). Como Kiefer Sutherland en esa producción televisiva, al único diputado sobreviviente en Honduras no le queda más remedio que ofrecerse para tomar el sitio que el presidente saliente y el entrante dejaron vacante luego de convertirse en puñados de cenizas.

¿Qué pasó con los otros?

Resulta extraño que ningún otro diputado haya sobrevivido para pelearse con Macías el derecho de sentarse en la silla presidencial hondureña. Chávez olvida, tal vez a propósito para no detener el avance de su relato, que los diputados hondureños parecen tener entre sus obligaciones la de no presentarse casi nunca en la capital, salvo cuando les toca promover alguna ley dudosa o francamente ofensiva. En rigor, la mayoría de ellos tendría que haber sobrevivido.

Pero Macías no es el único que exige ser presidente. La misma intención tienen el más poderoso narcotraficante de Honduras (apodado el Don) y los militares que se salvaron de morir quemados en la explosión o aplastados en el terremoto.

Una vez establecidos los jugadores y el campo de juegos, la novela de Chávez se convierte en una combinación de referencias cinematográficas y literarias posapocalípticas, desde la teleserie The Walking Dead hasta las novelas The Stand y Ensayo sobre la ceguera, en las que grupos de sobrevivientes recorren de punta a punta países devastados por eventos catastróficos mientras buscan la manera de entretejer los hilos de la sociedad perdida o, al menos, de salvarse de fuerzas que pretenden acabar con sus vidas.   

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¿Dos catástrofes seguidas?

Los últimos ladrones es una novela amena que se deja leer con cierta facilidad si en primer  lugar olvidamos que las dos catástrofes que originan la trama parecen improbables. Nadie, que sepamos, se tomaría la molestia de hacer explotar en Honduras un dispositivo tanto o más destructivo que una bomba atómica, a menos que el atentado tenga el propósito de borrar del mapa alguna base militar estadounidense. Sin embargo, en las 240 páginas del libro, ningún gringo se queja del bombazo que hizo volar la imponente embajada de su país.

Parece muy poco probable que, pocas horas o pocos días después del atentado (Chávez no establece una cronología clara de los hechos), un terremoto destruya la segunda ciudad más importante del país.

Más allá de esas dudosas premisas, el libro tiene un rápido ritmo narrativo y un manejo aceptable del diálogo. Esas dos virtudes lo sitúan, para nuestro gusto, a la vanguardia de la narrativa de hoy en Honduras, donde la mayoría de los novelistas y cuentistas parecen haber olvidado que la gente habla… y mucho. En los libros de ficción hondureños, con suerte hallamos dos líneas de diálogo casi siempre inverosímil, sin gusto por el ritmo y el léxico de la lengua conversada.

¿Estamos dispuestos a perdonar los defectos?

Los defectos de redacción y de lógica narrativa no alcanzan a afear del todo la novela de Luis Chávez. Algunas páginas padecen de adjetivación excesiva: “Ninguno de los pobladores atentos a la majestuosa toma de posesión tenía la más mínima sospecha de la espantosa tragedia” (7).

En otras ocasiones, Chávez abusa de los lugares comunes y de la subordinación de oraciones: “Faraónico derroche de recursos… que buscaba desafiar… el desaire de la comunidad internacional que brilló por su ausencia en protesta por el que era… el más descarado y monumental fraude que se podía haber estructurado…” (7). En otras, se descuida y deja ir repeticiones: “Una nube… le nubló la vista” (23), “el número que más se repetía… era el de un número desconocido” (33).

Si obviamos sus contados defectos, la novela de Chávez se revela como una propuesta novedosa e interesante, que se deja leer fácilmente. Los paralelismos con algunos hechos destacados de la historia reciente de Honduras, como el terremoto de 2009 y el juicio por narcotráfico de un célebre expresidente, hacen de la lectura de Los últimos ladrones una experiencia que busca hurgar en la conciencia de los hondureños. Sus lectores más agudos decidirán con el tiempo si Chávez logró ese propósito.

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