Cultura Portátil: dos cuentos de Kalton Bruhl

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La tenebrosa confesión de un asesino y un reencuentro catastrófico

Por Dennis Arita

Tegucigalpa. –Los cuentos de Kalton Bruhl son invitaciones al asombro, bien aceitados mecanismos de relojería narrativa que ocultan bajo su metálico y eficiente tictac un pequeño corazón pérfido, una joya de sangre congelada.

Sus relatos nos engañan, juegan con nuestras expectativas, nos llevan por suaves caminos iluminados antes de ponernos enfrente un abismo inesperado y tenebroso. Nos dejamos conducir por los recovecos de una historia cuando, en realidad, sin que lo sepamos, Bruhl nos está contando otra, muy distinta a la que creemos estar leyendo.

O acaso no es así. Tal vez lo que hace muchas veces es relatarnos dos historias al mismo tiempo. Es lo que sucede en sus relatos “Hogar” y “Recuerdos”, de su más reciente colección Rituales (Casasola Editores, 2022).

En Hogar, Bruhl parece estar contándonos la típica escena de un conflicto matrimonial. Al final del cuento descubrimos, divertidos y asombrados, que no estamos leyendo la trillada descripción de una pelea entre dos esposos, sino la impasible confesión de un asesino en serie.

El cuento Recuerdos, de la misma colección, no es tampoco lo que parece. Este relato es como aquel hombre que sonríe y oculta el puñal bajo la capa del que habla Chaucer. Nos sonríe cuando nos relata el ansiado encuentro de un hombre y una mujer que, por el azar, nunca pudieron amarse. El subrepticio puñal es también el azar, que los junta de nuevo en un final catastrófico.

Las sorpresas en la vida real pueden ser gratas o atroces. En los cuentos de Bruhl, las sorpresas son frecuentemente satisfactorias.  

Lea: La Última Entrevista con Kalton Bruhl

RECUERDOS

Se conocieron en el jardín de infantes. Él recordaba la escena como si fuera un cuento de hadas. Luces, música de violines, movimientos ralentizados. Desde ese momento me enamoré de ti, decía. Ella reía. No exageres, éramos un par de niños. Es la verdad, decía, y la besaba suavemente. Compartieron sueños y, sobre todo, promesas. Nada podría distanciarlos.

Se separaron al terminar la secundaria. Ella obtuvo una beca para estudiar en el extranjero; él consiguió un empleo de medio tiempo y el ingreso a una universidad cercana. Se escribirían todos los días y, cuando terminaran la universidad, se casarían. Al principio, las cartas fluyeron como un torrente que se escapa de un dique. Sin embargo, el tiempo se encargó de reparar la grieta. Ni siquiera se dieron cuentan de quién fue el primero que dejó de escribir.

Ambos hacen un repaso de sus vidas. Él se divorció un par de veces y ahora que se ha jubilado ha decidido recorrer el país en su auto. Ella terminó su doctorado, publicó varios libros y hace poco perdió a su esposo. Es extraño, pero, justo en ese momento, los dos se preguntan cómo hubieran sido sus vidas si no se hubieran separado. Daría cualquier cosa por volver a verla, dice él. Me encantaría que charláramos como lo hacíamos antes, piensa ella. Ambos suspiran y se dejan arrastrar por una cálida corriente de ensueño. Justo en ese momento tienen el presentimiento de que muy pronto volverán a encontrarse. Ellos no lo saben, pero su presentimiento está a punto de volverse realidad. Es una lástima que estén tan distraídos, pensando el uno en el otro, y no tengan la oportunidad de pisar el freno de sus autos.

HOGAR

Nunca habíamos tenido una discusión como esa. Fue diferente. Quizás porque decidí que saliera todo lo que yo llevaba dentro. Cuando alguien eleva el tono de su voz, yo me limito a bajar la mirada y asentir con la cabeza. Siempre termino aceptando la culpa. Hoy no fue así. Me planté frente a ella y agité el índice a unos centímetros de su cara. Le reproché la cena desabrida y el café poco cargado. La recriminé por su desaliño. Debía esmerarse y arreglarse un poco antes de recibirme. Yo venía de cruzarme con docenas de elegantes mujeres por el camino y la encontraba a ella con el camisón que seguramente llevaba desde la mañana. Señalé las telarañas en las esquinas. La casa de mi madre jamás se vio tan descuidada como esta, le dije con un gesto de desaprobación. Me arrepentí de inmediato por aquellas palabras. Fue un golpe bajo. Las comparaciones con las suegras son siempre el último recurso. Estaba a punto de disculparme cuando ella se rio con desprecio. Tu madre es una cerda, me gritó. Las piernas me flaquearon y tuve que asirme del respaldo de una silla. Debía reponerme de inmediato o ella ganaría la partida. Tú no eres nadie para decirme lo que debo hacer, espetó. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Ella me lanzó una mirada de triunfo. Ahora me esfuerzo en recordar, pero no logro ubicar en mi memoria el momento exacto en que tomé el cuchillo. Solo recuerdo su cuerpo desplomado sobre la silla y mis manos cubiertas de sangre. Es una suerte que la casa tenga un patio amplio y la cerca sea bastante alta. Termino de cavar y lanzo el cuerpo de mi esposa al agujero. Me pasaré toda la noche limpiando la sala. Mañana las cosas serán mejores, me prometo. Además, nadie podría culparme por haber reaccionado como lo hice. Hasta hace unas horas no tenía esposa. Mucho menos casa.

La vida con frecuencia no es lo que parece. Es tan impredecible que el asombro por lo que sucede puede dejarnos sin palabras. Este mismo efecto tienen los relatos de Kalton Bruhl

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