De un soberbio oficial a un hombre que se hinca y llora

Jaime Flores

Por: Jaime Flores 

La imagen es contrastante. En aquel entonces, en el aeropuerto Toncontín, el ya famoso y a la vez ya temido Billy Joya Améndola, portaba prusianamente el uniforme del escuadrón policial especializado en lucha contrainsurgente “Los Cobras”. Ahora ya no es aquel oficial soberbio y de mirada feroz, hincado llora como una Magdalena al estar reducido a un deshecho de la historia.

Aquel joven oficial policial, característico de los militares de esa época, no miraba a nadie y no caminaba, levitaba. Así los habían formado, eran perdonavidas y la soberbia que les daba el poder y el respaldo norteamericano la exudaban hasta por los poros. En ese momento los militares y los policías no sólo eran perros de garra sino también de caza.

Desde esa ocasión nunca más fue visible el individuo de marras, pero siempre que se referían a él lo hacían con temor y en voz baja, como el miedo nos había enseñado hablar, para sobrevivir en aquella lejana y cercana época oscura de la Doctrina de Seguridad Nacional. Ellos decidían quién vivía y quién moría.

Posteriormente, y con los cambios “democráticos” en el país, nos enteramos de que había peregrinado a España, huyendo de la justicia hondureña que lo requería por los desaparecidos y por los asesinados de la década de los 80. Me imagino que sus jefes le dijeron que huyera, demostrando con ello que no era tan valiente, ni tan soberbio, ni tan prusiano como aparentaba. Las ratas cuando se sienten amenazadas huyen de su madriguera.

De regreso al país, ya se le podía ver a Billy Joya esporádicamente y no fue hasta los últimos años que el hombre apareció como experto en seguridad, reclamando un espacio dentro del mismo sistema al que había servido y que lo había desechado: una diputación; que le fue negada por los votantes. Con pistola al cinto hacía proselitismo y grababa spots.

Gracias a las vueltas ingratas de la vida, de aquel soberbio oficial queda ahora muy poco. El hombre se siente desechado por sus amos; la Embajada estadounidense le quitó la visa, no consigue una diputación y la dictadura no lo contrata ni como ministro, ni como asesor. He allí su descompensación y su desesperación, pues quiere a toda costa ser tomado en cuenta.

El licenciado “Arrazola”, nombre de combate del susodicho, creyendo encontrar la oportunidad perfecta para su reconocimiento, demandó a un diputado de la oposición, supuestamente por difamación, y la justicia lo rechazó también. Ni siquiera lo toma en cuenta, ni siquiera lo escucha.

En otras palabras, don Billy, o licenciado Arrazola: para el sistema usted apesta, los muertos de los 80 son incómodos para todos, para la oligarquía, para el ejército y hasta para la Embajada estadounidense. Usted lo sabe y en su caso las puertas están cerradas, ni San Pedro se las abre, el santo botó las llaves.

Casi se puede afirmar que es su última batalla. De aquel prusiano y soberbio militar ahora solo queda una sombra que a su vez produce ternura y lástima. Abandonado por el sistema y sus amos se siente solo, llora y se hinca en público, desgraciadamente no para pedir perdón a la sociedad y los familiares de las víctimas.

Don Billy, hínquese y llore como un valiente para pedir perdón a la sociedad y a las víctimas, en el perdón esta la redención. No tengo nada en contra de usted, pero le soy sincero: los desaparecidos y asesinados en los 80 me duelen y los llevo en el alma, y el miedo que usted provocaba en aquella época, hasta la fecha asusta.

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