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Por: Irma Becerra[1]

La invasión a Ucrania por la Rusia de Vladimir Putin, es resultado de 22 años de gobierno autoritario dictatorial de este antiguo espía de la KGB, que ha sabido imponerse como máxima y suprema autoridad indisputable, en una carrera política en la que ha prevalecido la fuerza, la violencia, el militarismo y la alianza con el crimen organizado de su país. Repasemos esa carrera política y algunos de los extraños sucesos que la han acompañado, para concluir que la crisis actual es producto de dos décadas de imposiciones a la población rusa, a la que Putin ha violentado sistemáticamente sus derechos, y, no tanto, a la intromisión de Occidente.

No es recién la OTAN y los intereses del imperialismo norteamericano los que han provocado la guerra de invasión a Ucrania, sino toda la carrera dictatorial de Putin, desde que como agente protegía al alcalde corrupto de San Petersburgo, Igor Schadkahn en 1991. Así se iniciaba el agente de la KGB como protector de los corruptos de entonces en lo que se había constituido como Federación Rusa. Posteriormente, Putin se llegaría a aliar con políticos coludidos con las mafias criminales, y se pondría a la sombra de Boris Yeltsin para lograr, con la venia de este último, hacerse de la presidencia de Rusia en las elecciones del 2000.

Se sospecha que para lograr sus propósitos electorales y alzarse y sostenerse en el poder, el agente presidente mandó a envenenar a los disidentes que residen en el extranjero, como fue el caso de Alexander Litwinenko en noviembre de 2006, quien murió en Inglaterra por una concentración de polonio en la sangre, es decir, una sustancia radioactiva de un reactor nuclear. Como se ha dicho, bien se hubiera podido liquidar al “enemigo” de forma más rápida y “tradicional”, pero todo deja entrever que se trató de un asesinato de demostración de poderío como un mensaje de advertencia para toda la disidencia opositora. Putin niega haber tenido alguna participación o responsabilidad en el asunto.

Se sospecha, además, que las explosiones de bombas en algunas zonas residenciales de Moscú antes de las elecciones del 2000, fueron organizadas por agentes del FSB, antigua KGB, para crearle una imagen favorable al hasta entonces perfectamente desconocido candidato Putin, quien entonces pudo aparecer hablando de la necesidad urgente de contrarrestar el terrorismo, ganándose con ello la simpatía y la confianza de la población electora. Así ganó las elecciones del 2000.

También, para dichos fines electorales, Putin se aprovechó de la colaboración del primer oligarca de Rusia en los años noventa, Boris Beresowski, quién en ese entonces tenía el control de los medios de comunicación, sobre todo de la televisión rusa. Pero Beresowski se volvió contra Putin, y éste lo calificó de traidor mandando a encarcelar al colaborador y el canal de televisión pasó a ser propiedad del Estado. Putin lo declaró traidor, y como se sabe, estos pagan muy caro su traición. Luego, Beresowski se asiló en Inglaterra, y el 23 de marzo del 2013 le encontraron muerto en su casa. Putin niega cualquier responsabilidad en esta muerte.

El presidente Boris Yeltsin quería llevar el socialismo al capitalismo y ordenó una masiva privatización de los bienes estatales, para que cada ciudadano pudiera convertirse en un propietario capitalista. El resultado fue que surgieron unos cuantos dueños oligarcas que se repartieron el Estado. Al relevar a Yeltsin, Putin no se preocupó por acabar con estos oligarcas, sino que se convirtió en el mayor oligarca de todos: con inmensas riquezas, lujos extremos y poder absoluto.

Vinieron, después, doce años de guerra contra Chechenia, caracterizados por una brutalidad extrema de los militares rusos contra la población civil del Cáucaso. En ese lapso, una de las periodistas más críticas del gobierno, Anna Politkowskaya fue asesinada el 7 de octubre de 2006, por denunciar los crímenes de lesa humanidad cometidos por Putin y sus secuaces. Irónicamente, esa fecha es el onomástico de Putin. Este último niega, cualquier responsabilidad en este misterioso asesinato.

En el año 2004 tuvieron lugar las nuevas elecciones presidenciales, y Putin se confabuló con el clan checheno de Ramsan Kadirov, para terminar la guerra contra Chechenia. Kadirov es conocido como un criminal peligroso, algo que no le importó a Putin para lograr sus objetivos políticos. Con ello, Putin logra controlar todas las instituciones del Estado, dependiendo todo de su posición como presidente reelecto que gobierna de forma autoritaria y confabulándose con la mafia local. En el año 2006 se establece como ley que toda crítica al gobierno es una acción extremista. De ese modo, Putin se asegura una manipulación por vía violenta de la población para aplastar todo movimiento de desobediencia civil.

En el 2008, como la Constitución de la Federación Rusa, le prohíbe reelegirse de nuevo, Putin nombra a su hombre de confianza, Dimitri Medwedew, quien está orientado a ganar a Occidente, y este gana las elecciones presidenciales. Putin es nombrado como ministro presidente y se elige en la dirección de su Partido. Para entonces, la población se empieza a rebelar contra el fraude electoral y la corrupción, en tanto crecen la información y denuncia a través de la influencia de las redes sociales, algo que se vuelve un hecho cotidiano en el país, que ya no es posible controlar como antes.

Primero, se activan protestas contra la manipulación electoral, luego siguen protestas masivas exigiendo la renuncia de Putin. Surge, así, el Partido de la Libertad del Pueblo de Boris Nemtsov, que comienza a exigir una Ucrania Libre, con la consigna de “Ucrania es Europa”, lo que demuestra que las personas cada vez estaban tomando más conciencia de sus derechos humanos y civiles, así como que querían las mismas libertades de que gozan los países desarrollados europeos, a diferencia de la Rusia de Putin.

Vienen las elecciones presidenciales de 2012 y Putin celebra su victoria anticipada sin que se haya terminado el conteo de votos. Surge un nuevo movimiento civil al crearse la ley contra la propaganda homosexual en 2013, y muchos ciudadanos homosexuales son arrestados y torturados en las calles durante la protesta que dicha ley pone en marcha.

Boris Nemtsov es asesinado a balazos el 27 de febrero de 2015 en el puente más vigilado del país, pero la revolución política de Ucrania no se detiene y continúa su movimiento de liberación. Putin niega toda responsabilidad en este asesinato, y envía en el 2014 soldados a Ucrania, iniciando con ello la guerra entre rusos y ucranianos.

En el 2013 tienen lugar los juegos olímpicos de Sochi, con los que Putin espera mejorar su imagen ante el mundo, pero los ucranianos le roban el espectáculo al denunciar su política de agresión intervencionista y militarista. En el 2014 se realiza una demostración masiva de la población de Kiev contra la guerra, mientras que, en medio del conflicto, un avión civil de la Línea Aérea de Malasia es derribado por militares rusos. El hecho es catalogado por Putin como un efecto colateral y de nuevo se libera de toda responsabilidad.

El 4 de marzo de 2018, el disidente Sergei Skripal y su hija Julia, son encontrados envenenados en un parque en Inglaterra. De milagro salvan sus vidas. Putin, como siempre, dice no tener nada que ver con el hecho, y niega, además, que exista una lista negra de ciudadanos a liquidar en su gobierno. Pero sus autoritarismos continúan, y se le ve codeándose con los mayores dictadores del planeta como Bolsonero de Brasil, Erdogan de Turquía y Duterte de Filipinas. Por eso, se ha dicho de Putin que es un político del mundo más que presidente de Rusia, porque busca la hegemonía contra la dominación de los Estados Unidos de Norteamérica y Occidente. De hecho, se le acusó de inmiscuirse y manipular las elecciones de Estados Unidos del 2016, y de manipular al presidente Donald Trump. Este último fue fácilmente convencido por Putin de que lo anterior “no era cierto”.

Y, finalmente, en el año 2020, Putin logró una reforma constitucional que le permite quedarse en el puesto presidencial hasta el año 2036, o sea cuando ya tenga 84 años de edad. Como vemos, las características de esta carrera política le denotan como un dictador totalitario que pretende la hegemonía mundial, y desea, tal como dijese el Canciller alemán, Olaf Scholz, crear un nuevo imperio ruso en Europa. La invasión de Ucrania, del reciente 24 de febrero de 2022, no es, pues, una necesidad para defender a su país y a su población civil, sino el producto de una nueva historia zarista que se repite con la violentación de los derechos humanos en su propio país. Ello, con el propósito de afianzar su poderío personal absolutista, tal como cualquier dictador se lo propone. Es el zar del siglo XXI y el peligro es que se puede avecinar una guerra mundial con el uso de armas nucleares.

En este sentido, hacemos nuestras las palabras de Olaf Scholz, quien en su discurso ante la invasión a Ucrania ha manifestado que “jamás aceptaremos el uso de la violencia como medio de la política. Siempre lucharemos por defender la paz mundial. Defenderemos a Europa y el mundo, y a todo el que luche pacíficamente”.

[1] Irma Becerra es Licenciada en Filosofía por la Universidad Humboldt de Berlín y Doctora en Filosofía por la Westfälische Wilhelms-Universität de Münster, Alemania. Es escritora, catedrática universitaria y conferencista. Ha escrito numerosos libros y ensayos sobre temas de política, filosofía y sociología.

4 comentarios en “Vladimir Putin: el nuevo zar del siglo XXI

  1. Ante la gravedad del momento es tiempo ya de que El Consejo de Seguridad de la ONU se reúna a nivel de PRESIDENTES- sus miembros titulares- y resuelvan sobre
    la guerra contra el pueblo de Ucrania y la amenaza de este pobre diablo de putin -si pitin sin mayúsculas

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