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Por. Víctor Meza

Me refiero a la trilogía que forman el gobierno (Poder Ejecutivo), el partido gobernante y el ejército (estamento militar). En los regímenes de corte revolucionario, sobre todo en sus inicios (la llamada époque héroique), cuando todavía flota en el ambiente el humo de los fusiles calientes y se oyen balazos esporádicos por doquier (Nicaragua, julio de 1979), el tema de las relaciones entre estos tres factores de poder se vuelve tan complejo como inevitable.

El debate se ha prolongado en el tiempo y ha permitido escribir miles de páginas sobre ese laberíntico entramado en el que se mezclan desordenadamente las armas del grupo vencedor con las urgencias políticas del futuro partido gobernante, sin olvidar, por supuesto, las funciones oficiales y formales de los nuevos altos cargos del gobierno que nace.

El modelo de relacionamiento que se instaure dependerá siempre de la correlación de fuerzas entre el nuevo ejército que nace de la rebelión (revolución, prefieren decir algunos) y el viejo aparato militar que se desarticula y desbanda ante los ojos atónitos de la población jubilosa. Solo las mentes más serenas y lúcidas son capaces de entender, en medio de la algarabía colectiva, la trascendencia del tema y la necesidad de encontrarle una pronta y sabia solución institucional.

Por supuesto este no es el caso nuestro, aunque siempre hay quienes, con la mejor intención del mundo, insisten en convencerse y convencernos de que el 28 de noviembre recién pasado, día del incuestionable triunfo electoral de Xiomara Castro, los opositores, sobre todo los que se reclaman de izquierda militante, alcanzaron las riendas del poder real del Estado y no solamente las del poder formal del gobierno. Esta deducción teórica errónea conlleva, casi siempre, a conclusiones  muy controversiales.

Por ejemplo, si creemos que ya tenemos el poder real del país, el nivel de las demandas políticas aumenta y alcanza dimensiones tales que las vuelven casi  imposibles de cumplir. Se produce un reclamo en el vacío y un sueño, por ahora, inalcanzable. A la sombra de la imposibilidad, nace y se reproduce la frustración y el desencanto, la raíz de una rebelión en ciernes. Abundan los ejemplos en la historia reciente de las “revoluciones” entre nuestros ariscos vecinos..

Los llamados cuadros del partido que han sido escogidos para desempeñar cargos en el gobierno que nace, con frecuencia suelen confundir sus funciones y, en nombre de la primacía de la lealtad ideológica, invaden los espacios de otros, abusando de su propia jurisdicción y trastocando los ejes y las líneas clave de las políticas sectoriales del Estado. Si se les deja hacer y deshacer, terminan por sustituir a los titulares del ramo e imponer los caprichos partidarios por encima de los legítimos procedimientos oficiales. Se confunde la tribuna con la barricada.

La intromisión “ideológica” distorsiona la función del gobierno y, al final, acaba por desarticular al Estado, convirtiéndolo en un archipiélago de islotes con poder repartido, cuyas dimensiones e influencia dependen de la cercanía o lejanía que se tenga o padezca con respecto a la cúpula partidaria.

En la reciente ceremonia castrense de entrega simbólica del “bastón de mando” a la nueva presidenta, la cúpula verde olivo hizo un curioso derroche de liturgia y fanfarria. En el discurso de su jefe, un almirante de los siete mares, se sintió el tufillo clerical y la subordinación al derecho divino. Habrá que recordarle al despistado navegante que el Estado al que sirve y debe servir es laico desde el siglo XIX y que tal condición fue obra de la revolución morazánica que, lamentablemente, como tantas otras, se quedó frustrada e inconclusa.

En un momento de emoción solemne, el orador quiso pedir perdón ante el pueblo hondureño por lo que llamó protocolariamente “errores del pasado”. Pero se quedó a medio camino, olvidando de manera selectiva aquellos “errores” que en verdad fueron “horrores” de una guerra sucia y clandestina. Más vale que aquí no ha habido una revolución, aunque sea a medias, para ver completo el cuadro de la trilogía infernal.

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