Opinion

Un llamado de atención por la pandemia para el G20

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Por: Masood Ahmed

WASHINGTON D. C. – Los epidemiólogos nos dicen que la COVID-19 no es un «cisne negro». En nuestras vidas habrá otras pandemias igual de severas, o aún peores. Y cuando llegue la próxima, China, Singapur y (tal vez) Vietnam estarán mejor preparados porque aprendieron de esta terrible experiencia. Casi todos los demás, incluida la mayor parte del G20, seguirán estando tan vulnerables como cuando nos golpeó la COVID-19.

¿Cómo puede ser? Después de todo, ¿no lucha todavía el mundo contra la peor pandemia en un siglo, que ya puso fin a las vidas de casi 5 millones de personas y obligó a los gobiernos a gastar 17 billones de dólares (hasta el momento) para mitigar el daño económico? ¿Y no contrataron los líderes del mundo a los mayores expertos para que se ocupen de investigar qué fue lo que salió tan mal y cómo podemos mejorar?

Los paneles de expertos ya han presentado sus informes y todos coinciden más o menos en lo mismo. El mundo no asignó recursos suficientes para monitorear los brotes de las enfermedades infecciosas, a pesar de que pueden convertirse en pandemias. Carecemos de las reservas estratégicas de equipos de protección personal (EPP), oxígeno medicinal y capacidad ociosa para la producción de vacunas que podamos aprovechar rápidamente. Además, las agencias internacionales responsables de garantizar la salud mundial carecen de mandatos claros y financiamiento suficiente, y no las obligan a rendir cuentas adecuadamente. En pocas palabras, nadie está cargo de la respuesta ante la pandemia, así que nadie es responsable por ella.

Además, saber qué tenemos que hacer no es lo mismo que hacerlo. Parece que somos incapaces de comportarnos como es debido a escala mundial para tomar las decisiones necesarias relacionadas con la pandemia. En lugar de ello, es muy posible que los responsables de las políticas terminen implementando una serie de medidas a medias —en el G20, las Naciones Unidas, la Asamblea Mundial de la Salud en Ginebra y a través de decisiones unilaterales de algunos países— e intenten escatimar recursos. Esos pasos ayudarán, pero nunca constituirán una solución. Imaginen si instaláramos alarmas contra incendios piso por medio en un edificio de departamentos, esperando tener suerte.

Es difícil entender un enfoque de ese tipo. Si Estados Unidos está dispuesto a pagar el costo que implica mantener una reserva estratégica de petróleo para tres meses, seguramente vale la pena contar con una reserva estratégica de instalaciones para la producción de EPP, elementos diagnósticos, vacunas y productos terapéuticos. De manera similar, tan solo el sector militar de EE. UU. gasta más de 5000 millones de dólares por año para mantener 189 800 efectivos de reserva, aun cuando espera nunca tener que recurrir a ellos. ¿No sería bueno para el mundo gastar 15 mil millones de dólares al año para prevenir pandemias en lugar de gastar decenas de billones para responder a una de ellas?

Por supuesto que sí. Entonces, ¿qué nos impide hacer lo necesario para evitar otra catástrofe del estilo de la COVID-19? En primer lugar, la mayoría de los sistemas políticos fomentan una atención colectiva poco prolongada. Los políticos y los votantes ya no quieren saber más de las pandemias, ahora quieren centrarse en reconstruir mejor, y la agenda internacional pasó a otros temas.

Ciertamente, los responsables de las políticas nacionales saben que no pueden simplemente desatender la pandemia, por lo que la dejarán en manos de la Organización Mundial de la Salud y otras agencias. Pero hace tan solo un año muchos se quejaban a gritos de que esos organismos no estaban equipados para esa tarea. La cuestión es que no están siquiera cerca de derrotar a la COVID-19, que aún hace estragos en la mayoría de los países con ingresos bajos y medios debido a la dinámica del patógeno y al bajo ritmo de vacunación.

Las agencias mundiales de salud, sin embargo, no dudan en aceptar esta agenda porque la mayoría aún cree que la prevención y preparación para las pandemias son cuestiones estrictamente vinculadas con el sector de la salud; pero la COVID-19 dejó en claro que ese no es el caso. Los jefes de gobierno y ministros de finanzas deben hacerse cargo de estas cuestiones junto con los funcionarios de salud.

Sin embargo, después de los gastos sin precedentes de los últimos 18 meses, los ministros de finanzas están recibiendo presiones para limitarlos. Los programas que implican gastar más ahora para evitar posibles crisis futuras pueden parecer blancos fáciles, pero su reducción no se verá tan inteligente cuando tengamos que lidiar con las consecuencias de esas acciones.

Finalmente, hay una resistencia burocrática a un ejercicio que promete consolidar o rehacer las organizaciones e introducir nuevos mecanismos para actualizar los sistemas de gobernanza de acuerdo con sus objetivos. En lugar de ello, improvisarán unas pocas mejoras y declararán el éxito.

¿Es una causa perdida? ¿Después del trágico llamado de atención de la COVID-19, la próxima pandemia volverá a sorprendernos dormidos? Creo que no, pero solo si los jefes de gobierno del G20 reconocen que las pandemias son una amenaza para la seguridad nacional y mundial, y gastan parte del capital político para desplazar a la maquinaria internacional de salud y seguridad de su equilibrio actual. Los cambios audaces que necesita el mundo no tendrán lugar a menos que los líderes políticos establezcan una visión. La próxima cumbre de líderes del G20 en Roma, el 30 y 31 de octubre, es el momento adecuado para ello.

*Masood Ahmed, quien ha ocupado altos cargos en el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, es presidente del Centro para el Desarrollo Global.

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