Reflexiones sobre la pandemia (8)

 

Por:  Rodil Rivera Rodil

 

El neoliberalismo ha acumulado una cuenta impagable con la humanidad, comenzando con el enorme incremento de la desigualdad. En menos de cuatro décadas la llevó al increíble extremo de que el 1 por ciento posea más riqueza que el 99 restante. Su manía de privatizarlo todo condujo a una gran mayoría de países a desmantelar sus infraestructuras de salud pública, por lo que la pandemia les está cobrando un alto costo en vidas humanas. 

Para encubrir su criminal torpeza, los neoliberales, arguyendo una inexistente contradicción entre la salud y la economía insistieron en que se tratara de conseguir la llamada “inmunidad de rebaño”, que consiste, simplemente, en no poner restricciones a ninguna actividad y menos, claro, a la económica. Dejar que el virus siga su curso e infecte, por lo menos, al 60 o 70 por ciento de la población, sin importar el número de muertes. Y suelen poner como ejemplo a Suecia. Nada más falso. 

Para empezar, este país cuenta con uno de los mejores sistemas de salud pública del planeta, que abarca a todos sus habitantes, incluyendo a los extranjeros, y prácticamente gratuito. Con suficiente capacidad para atender a todos los pacientes del Covid-19. O sea, todo lo opuesto al modelo neoliberal. Y, al revés de lo que se cree, Suecia sí implantó medidas de prevención. Entre otras, prohibió las reuniones de más de 50 personas y las visitas a los asilos, cerró los museos y canceló los eventos deportivos. La gran diferencia fue que no ordenó el confinamiento. Se limitó a recomendar reglas para evitar el contagio, confiando en que la población las acataría. Según un reportaje del New York Times, los suecos afirman: “Que se les puede confiar en quedarse en casa, que sigan los protocolos de distancia social y que se laven las manos para desalentar la propagación del virus, sin ninguna orden obligatoria”. 

El epidemiólogo estatal de Suecia, Anders Tegnel, negó al citado diario que su país estuviera aplicando el sistema de inmunidad de rebaño: “Básicamente  -dijo-  estamos tratando de hacer lo mismo que la mayoría de los países, reducir la propagación tanto como sea posible. Es sólo que utilizamos herramientas ligeramente diferentes que muchos otros países”.  Aunque en una entrevista posterior, Tegnel admitió que “no está convencido en absoluto que se haya elegido el camino correcto”. Tal vez, porque, bien visto, el “camino sueco” más parece una arriesgada apuesta que otra cosa.

Aunque la explicación definitiva por la que el gobierno no decretó el estado de emergencia quizás se halle en que la ley no le confiere tantas facultades al Poder Ejecutivo como en otras naciones. Como haya sido, Suecia tampoco se puede vanagloriar del éxito que se le atribuye. Su tasa de mortalidad es de las más altas, alrededor del 12 por ciento, muy cerca de Italia, en donde se ha ignorado casi por completo la bioseguridad.

  La experiencia de China y otros países ha demostrado que lo que lo que debió hacerse, tan pronto se descubrió el primer caso, fue imponer el confinamiento total. Corea del Sur, tan elogiada por la prensa internacional, prefirió decretar estrictas medidas de distanciamiento social, no tan efectivas como el aislamiento. Y a lo pocos días de haberlas levantado parcialmente, el contagio repuntó y se ha visto obligada a restaurarlas.  

La mayoría de los países, particularmente de Europa, no ordenó a tiempo la incomunicación. El perjuicio a la economía y a la salud hubiera sido mínimo. Pero ahora, que se perdió la oportunidad y que el daño para ambas ha sido tan grande, no ha quedado más alternativa que disponer la vuelta a la normalidad  -que, por supuesto, no tendrá nada de normal-  con la esperanza de que no haya tantos infectados ni fallecidos, lo que no será nada fácil, como ya lo estamos viendo.

No puedo cuestionar la teoría de la inmunidad de rebaño porque no conozco el tema lo suficiente. La cual se da, según los expertos, “cuando un número suficiente de individuos están protegidos frente a una determinada infección y actúan como cortafuegos impidiendo que el agente alcance a los que no están protegidos”. Pero, pregunto: ¿tiene algún sentido intentar buscarla en la época en que vivimos? Para qué hemos logrado el altísimo nivel de conocimientos científicos y tecnológicos que hoy tenemos si, como pretende el neoliberalismo, vamos a dejar que las epidemias hagan lo que quieran con nosotros. No me parece. Porque no ha sido una casualidad que el más espantoso fracaso en la lucha contra el coronavirus  -con más de 100.000 muertos-  se esté produciendo en los Estados Unidos, el máximo exponente de este modelo económico inhumano.

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Los neoliberales piensan del mercado exactamente lo mismo que del coronavirus. Nadie debe interferir en él, y menos el Estado. Por qué, entonces, siendo consecuentes hasta el fin, no permiten que se aplique también a la economía, y así, en las próximas crisis acepten que quiebren las empresas que no puedan soportar las pérdidas. No habrá ningún problema, pues tales negocios serán reactivados rápidamente por nuevos inversionistas que correrán a comprarlos a precios de gallo muerto. Unos cuantos empresarios, si acaso, podrán perder la camisa. Qué importa. Como tampoco importan a los neoliberales los muertos por la pandemia. Pero se conseguirá la perfecta inmunidad de rebaño, digo, de mercado… 

Recuérdese que esto fue lo que muchos expertos, hombres de negocios incluidos, propusieron durante la crisis del 2007-2008 provocada por la irresponsable especulación del sistema financiero, pero el presidente Obama y los líderes europeos no solo se negaron, sino que para rescatarlo le inyectaron cantidades astronómicas del erario público, las que, a la postre, terminaron siendo pagadas con los ahorros de millones de personas de todo el mundo.

En los países pobres como Honduras, la historia es distinta. No tenemos casi nada para, en serio, contener el virus. Lo que nos sobra es incapacidad y corrupción. Y ya comenzamos a abrir negocios sin siquiera haber alcanzado el pico de contagios. Pero el presidente Hernández se cura en salud. Todos los días nos apunta con el dedo y en tono apocalíptico nos repite: “Cada uno es responsable de su vida y la de los suyos…”.   

 

Tegucigalpa, 29 de mayo de 2020. 

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