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Reflexiones sobre la pandemia (58) (El bicentenario)

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 Por: Rodil Rivera Rodil

La historia de los pueblos es la historia de sus luchas, con sus éxitos y fracasos, por avanzar hacia estadios superiores de bienestar. Así también ha sido la de Honduras, que no puede desligarse de la de Centroamérica, y cuyo esfuerzo fundamental, desde la conquista hasta 1821, se dio por la independencia de España. Y, como siempre, por esa lógica implacable del devenir de la humanidad, este tuvo lugar entre las fuerzas que querían que las cosas cambiaran y las que se aferraban al statu quo. O, lo que es igual, entre los progresistas y los conservadores de la época.

Cabe destacar que en el momento de la independencia se daban varias contradicciones en el seno de la sociedad centroamericana. Mientras la fundamental se daba entre los españoles y los partidarios del régimen colonial que ostentaban el poder, de un lado, y prácticamente el resto de la población, pero principalmente los indios, que eran víctimas de una espantosa explotación, del otro, no dejó de ser paradójico que la que determinaría el curso de los acontecimientos fuera la que se había generado entre los conquistadores y sus descendientes, los llamados criollos, quienes se convirtieron en los más fervientes promotores de la emancipación.

La explicación, no obstante, no es complicada. Sus padres cometieron el error de privarlos de los privilegios a tenían derecho y estos pronto se percataron de que romper con la metrópoli constituía la vía más expedita no solamente para obtenerlos o recobrarlos sino para sustituir a sus padres en el dominio de Centroamérica. Y, para ser justos, tampoco debe subestimarse la conciencia de patria que, en algún momento, comenzaron a cobrar por la tierra que los vio nacer, aunque como afirma Severo Martínez Peláez en su conocida obra “La patria del criollo”, su idea de patria “era una idea de contenido reaccionario. No la animaba la visión del futuro del país en términos de cambio y desarrollo, sino todo lo contrario. En ella se escucha la añoranza de lo pasado, la desaprobación del presente y el miedo al futuro”.

Para buena suerte de los criollos, las cosas se les facilitaron y pudieron lograr su propósito sin derramar sangre cuando España se vio obligada a atender sus propios problemas al ser invadida por Napoleón Bonaparte.

Esta etapa de la vida de Centroamérica concluyó con la declaración de independencia del 15 de septiembre de 1821 sobre la que, desde hace muchos años, se generó una controversia, nunca concluida, sobre si la misma debe considerarse como la verdadera; si debe ser la del 1 de julio de 1823, en que nos separamos del imperio mexicano de Iturbide, o si esta segunda debe entenderse, más bien, como una continuación de la primera. Como sea, esta sigue siendo una fecha de gran trascendencia porque significó el final de una era y el comienzo de otra, que, de nuevo, sería también de pugna entre progresistas y conservadores.

Pero en esta ocasión, los antiguos progresistas, los seguidores de la independencia de antaño, ahora transformados en las nuevas élites del poder, básicamente de latifundistas, junto con la iglesia católica y el sector del campesinado influenciado por esta, pasaron a conformar el bando conservador, en tanto que el resto de la población, compuesto por intelectuales, profesionales, trabajadores, una incipiente burguesía de comerciantes, y otros se integraba a las filas progresistas. Y todos, de acuerdo con el historiador Edelberto Torres Rivas, diseminados en la estratificación social que existía en Centroamérica de 40.000 criollos y, 300.000 castas (mezcla entre blancos, indios y negros) y mestizos y 600.000 indios, de los cuales casi la mitad de ellos vivía en Guatemala.

La nueva confrontación, con las mil vicisitudes que ha experimentado en los dos siglos transcurridos desde entonces, tanto por factores internos como externos, es la que ha perdurado hasta nuestros días en Centroamérica y en Honduras. Y cuya mejor definición quizás pueda resumirse en la incansable búsqueda de la definitiva independencia, la que no la que solo podrá alcanzarse hasta que nuestra relación con el resto del mundo, principalmente con los Estados Unidos, se desenvuelva dentro del máximo respeto a nuestra soberanía.

Y más específicamente, cuando hayamos podido erradicar el aberrante modelo neoliberal que, en mala hora, implantamos hace cuarenta años y que ha entregado a la voracidad de unos pocos, esto es, a los criollos de hoy, toda nuestra economía, incluyendo los sistemas públicos de salud y de educación, con lo que quedamos inermes frente a la pandemia del Coronavirus y ha significado un monumental atraso de nuestra sociedad en la ciencia y la cultura.

Cómo se explica, entonces, que cada 15 de septiembre nos dediquemos únicamente a exaltar los valores patrios relacionados con la independencia de manera más que todo simbólica. Lo que es muy loable, por supuesto, pero lo hacemos olvidando la realidad de la nación que hemos forjado con la independencia que obtuvimos aquel día, llena en la actualidad de miseria, de delincuencia, de corrupción y entreguismo. Celebramos justo como si fuera al revés, como si viviéramos en una burbuja, o como Alicia, en el país de las maravillas.

En consonancia con lo dicho, he podido observar que la mayoría de los programas de las varias comisiones que se han creado para el bicentenario se contraen a llevar a cabo actividades meramente festivas, como actos ceremoniales, edición de obras de contenido científico y biográfico sobre el país y los próceres de la independencia, organización de concursos literarios y otras similares, es decir, constreñidas a ensalzar solo lo notable de la efeméride.

Se pasa por alto, pues, ya sea voluntaria o involuntariamente, el aspecto crítico indispensable en esta clase de eventos, especialmente en el de este año, en el que los hondureños estamos presenciando la que muy probablemente sea la mayor amenaza que hemos tenido en toda nuestra historia contra la soberanía nacional y la integridad de nuestro territorio. Vale decir, contra los elementos fundamentales de nuestra independencia, cual es la insólita decisión del propio gobierno de la república de parcelar el territorio nacional por medio de las ZEDES, como si de una urbanización cualquiera se tratare, para enajenarlo a empresas foráneas.

El único antecedente que conozco de una traición a la patria semejante fue, precisamente, la cometida por el mayor enemigo de Morazán y de la unidad de Centroamérica, el máximo campeón de los conservadores, Rafael Carrera, quien en 1844, con el beneplácito de la iglesia católica y a cambio, entre otras compensaciones, del pago de dieciséis mil pesos anuales y de que los colonos belgas se convirtieran al catolicismo, entregó al rey Leopoldo I de Bélgica, en carácter de colonia y a perpetuidad, el rico territorio del entonces recién fundado distrito de Izabal, de Guatemala.

El dominio belga sobre Izabal únicamente pudo mantenerse hasta 1850, pero no porque Carrera desistiera de su ignominia -más aún, prolongó su estatus colonial hasta 1855-  sino por las inhóspitas condiciones de la región que obligaron a los colonos a regresar a su país o dispersarse en el territorio guatemalteco. O sea, que Guatemala protegió ella misma su soberanía, aun contra la voluntad del llamado a defenderla. No debe, entonces, extrañarnos tanto la felonía de los conservadores hondureños de hoy con las ZEDES. Puesto que no hacen más que repetir lo que hacían sus antecesores hace doscientos años. 

Festejar, pues, el bicentenario de la independencia en estas condiciones, sin decir la verdad de lo que pasa con ella, es mutilar la historia y demeritar el homenaje. Pero he apreciado, debo reconocerlo, una sobresaliente excepción, la Comisión del Bicentenario de la Logia Terencio Sierra, No. 6, de Tegucigalpa, de la masonería hondureña, presidida por el Abogado y Notario, José María Díaz Castellanos, ex presidente del Colegio de Abogados de Honduras, y distinguido miembro del Partido Nacional, y quien acaba de publicar en la edición del diario La Tribuna del pasado 13 de julio un artículo en el que paladinamente afirma:

No sé si reír o llorar con eso de las ZEDE. Cómo vamos a celebrar si tres o cuatro personas nos han arrancado, sin consultarnos, un pedacito de nuestra tumba. ¿Valdrá la pena para que unos 10,000 hondureños ganen un poco más del promedio?”.

El citado reclamo honra al abogado Castellanos y a la institución que dirige y se erige en un ejemplo a seguir por las demás comisiones del bicentenario, particularmente en estas tristes circunstancias en que se ha generalizado el miedo y el servilismo a Juan Orlando Hernández, el principal responsable de la venida de las ZEDES.

La mejor forma, por tanto, de enaltecer a la patria en este bicentenario de la independencia es que ningún hondureño bien nacido se abstenga, por ningún motivo, de concurrir a los comicios del próximo noviembre a votar por el partido de la oposición que considere que está mejor posicionado para impedir que el juanorlandismo siga en el poder y consuma la venta de nuestra soberanía a la codicia extranjera.      

Tegucigalpa, 9 de septiembre de 2021.

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