Reflexiones sobre la pandemia (22)

 

 Por: Rodil Rivera Rodil

 Ahora que se acercan las elecciones quizás sea bueno hablar de lo que deberíamos esperar de un próximo gobierno y, sobre todo, de un futuro presidente. Como se sabe, los requisitos que exige nuestra Constitución para este cargo son mínimos: ser hondureño por nacimiento, mayor de treinta años, estar en el goce de los derechos ciudadanos y ser del estado seglar.

La ley, pues, no pide cualidades morales, y no podría hacerlo porque estas solo pueden juzgarlas la propia ciudadanía. Maquiavelo, sin embargo, sostenía, aunque no siempre, que en última instancia esto quedaba en manos de la suerte. Como sea, a mi parecer, dos virtudes son las fundamentales: honradez y sensibilidad social.

La honradez debe ser integral, esto es, no solo con respecto a los caudales públicos sino también para reconocer y aceptar las propias limitaciones, por lo que el presidente debe estar dispuesto a dejarse aconsejar y ayudar. Porque lo peor es que sea sabelotodo y prepotente. Es una combinación fatal para un país. La Real Academia define al primero como la “persona que presume de sabia sin serlo” y al segundo como el “que abusa de su poder o hace alarde de él”.

La sensibilidad social no es menos importante. Un buen gobernante debe poder “sentir” las terribles carencias de su pueblo y entender que la macroeconomía y la microeconomía son nombres puestos al revés, porque si bien la primera se refiere a decenas de datos importantes, de balanza comercial, de pagos y otros similares, la segunda tiene que ver con las condiciones de vida de millones de personas. Un presidente así tampoco menosprecia a los ricos, pero propugna por un balance equitativo con los pobres para tratar de reducir lo más que pueda la enorme brecha que existe entre ambos.

Un mandatario con estas características puede discernir mejor lo que conviene a su país para el presente y para el porvenir. Así, no pasaría por alto que el presupuesto nacional es un instrumento para el desarrollo, no para la politiquería o la corrupción, ni para el despilfarro o lo superfluo. Tampoco olvidaría que, en pandemia, los recursos para el gasto público y la inversión que se requieren para reactivar la economía deben salir de la drástica redistribución de aquel y no de su incremento, que lo único que logrará es contraerla más. De igual manera, sabría que es imperativo hacer grandes recortes a la excesiva burocracia que tenemos y a los enormes salarios que devengan los altos funcionarios públicos.

Un presidente así jamás incurriría en el gravísimo error de meternos donde no tenemos nada que hacer, como es la guerra entre árabes e israelíes que se libra a miles de kilómetros de nuestro país. Y mucho menos se le ocurriría reconocer a Jerusalén como capital de Israel y trasladar allí nuestra representación diplomática. Jamás le pasaría por la mente violar las resoluciones de las Naciones Unidas que lo prohíben. Y tampoco sería capaz de poner a sus conciudadanos en peligro de sufrir represalias por semejante desatino.

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Y, por supuesto, no se pondría, ni pondría a su país en ridículo, como lo ha hecho don Juan Orlando al burlarse de la decisión de la ONU sobre Jerusalén y después, en su discurso a la asamblea general, quejarse de que esta no nos haya regalado insumos para la pandemia y de que no estemos siendo tomados en cuenta para la distribución de la vacuna contra el coronavirus, y a renglón seguido, con aires de presidente de gran potencia, ponerse a criticarla por su gestión de la emergencia y, para colmo, terminar recomendándole que designe expertos para que ayuden a salir de la crisis. Es decir, ¡justo lo que él se negó a hacer en su propio país!

Para nadie es un secreto que la explicación de esta metida de pata obedece a que el primer ministro de Israel le ofreció mediar con el presidente Trump para que este no le retire su apoyo y, de repente, para que lo ayude con el problema personal que tiene con la fiscalía de Nueva York. Esto se conoce como “huida hacia delante” que se aplica a quienes “al encontrarse en una situación difícil, insisten en el avance, ignorando las señales que invitan a detenerse, a replantear, a modificar el rumbo o a retirarse, aplazando un inevitable desenlace con la falsa esperanza de que de alguna forma las cosas se solucionen”.

Tampoco le abona en nada que su socio en esta aventura sea el señor Netanyahu, quien, aparte de su pésima imagen como verdugo de palestinos, tiene pendiente un juicio en los tribunales de su país por muy serias acusaciones de corrupción. Y que hasta hoy ha podido evadir por una torcida ley de inmunidad como las que aquí han emitido los diputados del Partido Nacional para asegurarse la impunidad.       

Y, con toda seguridad, un presidente así nunca pensaría, como lo ha hecho don Juan Orlando, en resucitar la ley de las ZEDES, que ya creíamos desechada, sobre todo, por el riesgo para los diputados que la aprobaron de ser procesados por traición a la patria, ya que fue concebida para vender a pedazos la soberanía nacional. Y está muy equivocado si piensa que los hondureños nos vamos a creer el cuento de que es igual a las que existen en otras partes del mundo. Porque en ninguna de ellas se permite que sus “habitantes” puedan darse su propia legislación, a su antojo. Y recordamos muy bien que el mismo Paul Romer, el experto norteamericano que trajeron para promover el proyecto terminó renunciando por la corrupción que descubrió en él.

No hay manera, pues, con todas estas barbaridades del presidente Hernández, que el Partido Nacional pueda volver a ganar otros comicios, salvo mediante otro descomunal timo electoral. Pero eso es, justamente, lo que podría pasar si la oposición no se une para formar una alianza y frustrar sus planes. 

 

Tegucigalpa, 30 de septiembre de 2020.

Un comentario en “Reflexiones sobre la pandemia (22)

  • el septiembre 30, 2020 a las 11:33 pm
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    Cuál oposición? Si la opresión domina y las diversas clases de la sociedad son victimas de ella(os). Y la conciencia política no se une en una vasta campaña de denuncias arteras y la agitación no rompe este esquema de control que nos arrastra hacia atrás. La lucha politica es paralizar los medios económicos con la ventaja aun de la fuerza de trabajo: el movimiento lo es todo en todas las manifestaciones. La oposicion no promete resultados tangibles.

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