Reflexiones sobre la pandemia (21)

 

Por: Rodil Rivera Rodil

 

Ya entramos a septiembre. Cuando, más que celebrar, recordamos una independencia incompleta que, por desgracia, aún sigue igual. Y principalmente a Morazán que, luchando por terminar la tarea, cayó asesinado por los conservadores de aquel entonces. Es decir, por los mismos que ahora lo elogian, escriben su biografía y van al parque central a rendirle homenaje. Los que, mancillando su nombre, dan golpes de Estado y reprimen a la ciudadanía sin piedad. Los que, si volviera a nacer, lo volverían a fusilar. Los que conocemos como neoliberales y que, a fuerza de privatizarla, destruyeron la salud pública y nos dejaron inermes ante el coronavirus. En fin, los que hoy, acaudillados por don Juan Orlando, se dedican a atracar al erario.

Pero en este mes, además, con la conjunción de la pandemia y la política se está formando una tormenta perfecta que amenaza la paz de la nación. Sin contar la debacle económica que se nos viene encima. La cuarentena ya solo existe en el papel. La población ha sido lanzada a buscar la inmunidad de rebaño. Que pase lo que Dios o el diablo quieran. La política, por su parte, sigue el mismo camino. Arranca justo con la tempestad generada por la misma convocatoria a las elecciones internas.

Es bueno aclarar que el origen del enfrentamiento no se halla detrás de las irregularidades de tipo legal que pudo haber en la convocatoria, que no creo que las haya. La causa es fundamentalmente política y no jurídica. Y no es otra que el rechazo de los diputados nacionalistas a las reformas electorales ya consensuadas.

Por ello, la oposición, que tiene la mayoría del Consejo Nacional Electoral, hubiera podido tomar la extraordinaria medida política de suspender la convocatoria y forzar al Partido Nacional a honrar el acuerdo, prorrogar los plazos de convocatoria y celebración de los comicios y aprobar las reformas electorales. Se hubiera violado la ley. Si. Pero los integrantes del Consejo son políticos, debieran ser técnicos, pero no lo son. Convocar a elecciones con la vieja ley electoral después de la experiencia del 2017 significa poner en gravísimo riesgo la estabilidad del país. Y esta es una razón de Estado para evitar un mal mayor a la República.

Pero, claro, eso hubiera podido suceder si la representante del Partido Liberal hubiera actuado como si este, de verdad, fuera partido de oposición.  Porque ostentaría la autoridad de aquel partido liberal que antes fue, pero que ya no es. Lo digo con el respeto que me merece el ingeniero Luis Zelaya y su corriente por la digna posición que mantienen, acorde con los principios que otrora inspiraban a su partido.

Decisiones como la apuntada no serían una novedad en nuestra historia. Antes de los comicios de 1985, el país se hallaba sumido en otra confrontación que estaba a punto de romper el recién instaurado orden constitucional. Los dos partidos, entonces, concertaron la denominada “Opción B”, por la que participaron en la contienda -algo impensable-  tres candidatos presidenciales por el Partido Nacional y cuatro por el Partido Liberal. Y eso no es todo. El presidente sería el que resultara vencedor dentro de su partido, toda vez que las corrientes internas de este sumaran más sufragios que el otro. Y fue esta salida, audaz, inconstitucional, si se quiere, la que, paradójicamente, salvó la constitucionalidad del país.

Cabe reconocer que los dirigentes nacionalistas se comportaron con hidalguía y aceptaron el resultado que, conforme lo pactado, daba la victoria al ingeniero Azcona aun cuando el licenciado Callejas había obtenido la mayoría de los votos. Pero los tiempos eran otros. En los que vivimos, el interés público no cuenta, los convenios políticos no valen nada y menos la palabra empeñada.

Sabemos que al mandatario le importan un comino las consecuencias que pueda acarrear otro fraude electoral. Igual que a ese señor que puso de jefe de las fuerzas armadas. El pueblo, por ahora, se halla imposibilitado para manifestarse. Pero, qué dice la comunidad internacional que pasa proclamando su preocupación por la tranquilidad del país, y sobre todo, qué piensan los empresarios sobre la posibilidad de que, incluso antes del fin de la pandemia, puedan reaparecer las marchas y la paralización de los negocios.

La violación a su compromiso por parte de los diputados nacionalistas ha sacado a la luz las profundas contradicciones que están sacudiendo al partido de gobierno y que tarde o temprano lo van a llevar a su desaparición o a quedar reducido a su mínima expresión, tal como aconteció con el Partido Liberal. Repásese un poco la historia de América Latina y se verá que todos los partidos que surgieron después de la independencia, los llamados tradicionales, terminaron, por razones parecidas, siendo reemplazados por nuevos partidos con ideologías más definidas.

Los detalles que han trascendido acerca del vergonzoso acto de los diputados nacionalistas son muy reveladores. Parece que tan pronto el presidente Hernández se enteró del arreglo ordenó a sus diputados, que controlan la bancada azul, que retiraran su apoyo al acuerdo y dejaran en la estacada a don Mauricio Oliva y sus congresistas. Lo que puso en evidencia que el respaldo del mandatario (si la embajada no lo deja lanzarse otra vez), será para el alcalde capitalino. ¿Por qué? Sencillamente porque, según cuentan los mismos nacionalistas, este es sumiso e incondicional, por lo que no dudaría en cederle la candidatura a don Juan Orlando después de las primarias o convertirse en su títere si llegara a ser presidente.

De otro lado, la oposición ahora lo tiene más claro que nunca. Si no cierra filas para enfrentar unida a quien quiera que sea el aspirante del Partido Nacional, el país corre el mortal peligro de que el dictador se quede en el poder, ya sea personalmente o través de cualquier testaferro. Tampoco es un secreto que este está montando otro descomunal fraude para las elecciones internas, las generales y, si se da el caso y con mayor razón, para diputados a una asamblea nacional constituyente. Para que se tenga una idea. No menos de 300 a 400 mil nacionalistas ya estarían burlando la depuración del censo para votar varias veces en los próximos comicios. E igual artimaña están preparando con la huella digital.

¡O tempora, o mores! (¡Oh tiempos, Oh costumbres!) exclamó Cicerón en su primera Catilinaria deplorando la perfidia y la corrupción de su época.

Tegucigalpa, 15 de septiembre de 2020

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