¿Qué pasa con las niños y niñas durante el confinamiento?

Por: Nancy García

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Tegucigalpa.-La nombramos Evita, para cubrir su identidad, porque así lo pide su madre. Eva, es una menor, quien recién cumplió tres años. Su cabellera larga y ondulada es una de las partes que más le agradan. «No quiero que me corten el pelo. No», dice con seguridad.

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A Eva el confinamiento le ha pasado factura. Grita aturdidamente todos los días. Llora por todo y llora por nada. A pesar de la corta edad, la niña desde el año y medio ya le indicaba a su mamá cuando quería ir al baño a hacer sus necesidades fisiológicas, pero en el aislamiento se ha orinado en varias ocasiones sin dar aviso.

Uno de los momentos más preocupantes para la madre fue encontrar a su hija hecha pupú y orinada. La niña se escondía en la esquina de un rincón del mueble ubicado en la sala. «Estaba cohibida, con miedo y decía que se iba a portar bien», comenta su madre.

La madrea asegura que optó por no regañar a Evita y que en su lugar la cambió de ropa y le escribió a una sicóloga para comprender lo que pasaba. «La sicóloga me dijo que el encierro está afectando a los niños y niñas porque les cambió su rutina de un solo golpe».

Para lidiar con el encierro, la madre se pone a colorear y cortar papel con la niña. Además, bailan juntas, miran televisión y en ocasiones salen a las afueras de la casa. Evita siempre dice: «afuera está el virus y no podemos salir».

Como Eva son miles de niños y niñas que el confinamiento les está cambiando la forma de ver el mundo, de adaptarse a otras dinámicas de enseñanza, de juego y de sueños.

Emociones recurrentes

La psicóloga Andrea Pineda nos explica que el encierro puede afectar dependiendo de la forma en cómo el padre y la madre les transmitan y manejen la situación a sus hijos. «Por ejemplo, si el padre está muy nervioso, estresado con miedo, todos esos sentimientos son transmitidos de forma inconsciente a su hijo, provocando que el sienta temor o angustia ante esta situación».

La psicóloga Andrea Pineda de la Universidad Metropolitana de Honduras, en una actividad con adolescentes.

«Recordemos que el encierro vino a provocar un cambio en la rutina y estilo de vida de los niños y ellos sienten esa ausencia del contacto diario con sus compañeros de clase y su rutina de aprendizaje», señala.

Según la psicóloga, el aislamiento social puede producir ansiedad, mayor sensibilidad, agresividad, estrés en algunos niños, inclusive regresión. 

Respecto a la adaptación durante el aislamiento, recalca que se debe recordar que cada niño y niña posee una personalidad distinta y que el adaptarse, a unos les resulta más fácil, en cambio para otros puede ser un reto y requiere mayor tiempo. De igual manera no deja de lado el rol importante que deben desempeñar los padres y madres.

Para la psicóloga, las emociones más frecuentes tienen que ver con tristeza, enojo, de no poder salir o ir a la escuela, miedo de pensar que algún familiar se puede morir o enfermarse, angustia, ya que tal vez algunos niños utilizaban el ir a la escuela como forma de escape de la violencia o maltratado que vivía en su hogar e inclusive algunos pueden sentir emociones positivas al ver que sus padres pasan más tiempo con ellos haciendo tareas o actividades familiares. 

«Los niños tienen una gran capacidad de adaptación ante diferentes situaciones, pero también dependerá de la capacidad de resiliencia que han mostrado sus padres ante la situación», advierte.

¿A qué edad los niñas y niños se ven más afectados?

Pineda considera que quienes pueden sufrir más por el cambio de vida temporal son los niños y niñas entre diez y once años en adelante. Esto porque en edades más bajas pasan más tiempos en los hogares. “No es muy común que los niños menores de esa edad salgan a visitar a sus amigos o a estar jugando afuera de sus casas. Con la tecnología de ahora es muy fácil mantenerse en contacto con amistades y jugar, porque es lo primero que buscan los niños».

La psicóloga aconseja a padres y madres que establezcan diálogos permanentes de una manera entendible para que los menores comprendan la situación y evitar las mentiras y exageración de la crisis. De igual manera, reforzar hábitos de higiene, conservar una actitud que apacigüe el confinamiento, crear rutinas de acuerdo con las edades y estar pendientes de la información que llega a sus hijos e hijas.

¿Y los otros, los hijos de nadie?

Evita si tiene la oportunidad de contar con ciertos recursos que le ayudan a sobrevivir, pero no todos y todas la tienen.

En América Latina, los niños, niñas y adolescentes suman casi la mitad de la población. La mitad de esta vive en pobreza. Además, mueren cien niños por hambre o enfermedad incurable.

Se ven obligados a que sus primeros pasos sean para trabajar. Su voz se escucha en los autobuses vendiendo frutas, dulces, pan y todo lo que represente un ingreso que les permita el sustento diario en sus hogares. Algunos, van a la escuela y trabajan, una doble carga que les imposibilita el derecho de ser niños y niñas

En Honduras se estima que más de quince mil menores viven en las calles, un dato que recae en los departamentos de Francisco Morazán y Cortés.

«Ya en sí, su situación psicológica podría estar afectada, pero ahora producto del confinamiento es peor ya que tienen que salir a la calle y la miran vacía teniendo menos posibilidades de vender o de recibir una caridad. Provocando en ellos mayor estrés y ansiedad de tener que vender para poder subsistir día a día aun sabiendo que podrían enfermarse o inclusive no vender nada», asevera la psicóloga, Andrea Pineda.

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