¡No son todos! Corrupción política, corrupción de la economía, corrupción social

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

Dicen que ha descendido en la escala y destaca nuevamente Honduras entre los mas corruptos de América. No siempre ha sido igual, no es cierto. Se pueden encontrar antecedentes anecdóticos de la corrupción entre autoridades coloniales, civiles y eclesiásticas, y a mediados del s. XIX, al constituirse el Estado Nacional hubo un brote. Se montó un mecanismo de corrupción concesionaria luego de 1910. Y hacia los 1980´s, el narco se agudizó; pero un sistema corrupto que busca, con éxito, posesionarse del Estado y del país, es novedad, data de 2004. Y nunca hubo nadie como Juan. Es el campeón.

Pero tampoco es un asunto personal. A ver conciudadanos. ¡Seamos honestos por un momento, y en unas pocas líneas! Se puede decir, en forma sencilla, y captar cabalmente la monstruosidad del dilema que enfrentamos. Nadie nos está planteando propuestas o planes aterrizados, para enfrentar una crisis sin precedentes, insoslayable. En cambio, en las planillas de los partidos tradicionales, entre aspirantes a la Presidencia de la República, tres de los más probables triunfadores, han sido asociados al crimen organizado, y a la corrupción política. Aunque solamente uno ha sido sentenciado y purgó su pena, los otros han sido implicados, y no solo con denuncias, que pudieran o no estar fundamentadas, pero también en investigaciones judiciales y causas pendientes, suspendidas, al invocar los aludidos, la inmunidad de sus cargos según su propio código. Cuando debieron urgir las pesquisas, que los hubieran podido descargar de la sospecha. Claro, no son todos. Mi saludo a los valientes, que van a participar de todas formas, le daré mi voto a la Alternativa de LIBRE en SPS, a la Ingeniero Heylin Suárez, 62, Armando Antúnez, 65, Priscila Vásquez, 72 y Rigoberto Rodríguez, 73 todos del POR, a los jóvenes abogados, Fausto Calix, y a Denis Rivera A. del M 28, gente capaz y honrada.

Pero no solo son ellos. En las primeras posiciones de las boletas, de los partidos tradicionales, para las diputaciones de los departamentos más grandes del país -en los cuales es casi inevitable que salgan victoriosos- figuran personajes que están siendo solicitados en extradición, aunque se ha mantenido oculto, y otros muchos, por cierto repitentes, que han sido mencionados aquí reiteradamente y allá en los juicios de Nueva York, como contrabandistas, lavadores de dinero sucio, socios del crimen organizado, beneficiarios de donaciones ilegales o de extorsiones.  Y cuando no, hay candidatos variopintos que, según denuncias en proceso lograron ubicarse en esas nominaciones, valiéndose de coimas. Lo que va siendo común. Y cuando acudamos a las urnas, vamos a estar legitimándolos, validando esta calaña de elecciones.

Cuando platiqué este asunto a una colega estadounidense, hace unos años, en una cena que arregló Euraque, ella fue y escribió un artículo muy exitoso, con un título muy sexy.[1] Pero en realidad no terminó de entender lo que le dije. Es difícil comprenderlo si no lo has vivido, aunque hayas pasado por las trincheras de Afganistán. Porque ella supuso que hablaba del sistema político, y sobre eso procedió a exponer. Y no se equivocó del todo. (Fundé un movimiento político para enfrentar ese mal[2]). Pero hablo de todos los sistemas. Ni mucho menos, solo del efecto político.

He dicho estas cosas tantas veces, de manera asaz diversa, durante varias décadas, desde los 1980s que, como historiador, hay quien se burla, me cohíbe la impresión de que quienes me conocen se habrán aburrido, mientras que me he vuelto ininteligible para los demás. He dicho que, como el poder mismo, según explica el filosofo la corrupción está en todos lados.

Esta en el sistema económico y en el sistema social. Y que por fuerza tiene que reflejarla el sistema político, por supuesto, corroído. Esta sociedad es corrupta. Y la política de esta sociedad no puede sino reflejar esa condición. De modo que por ejemplo, venimos y fundamos un nuevo partido, pero lo de menos es el titulo y discurso. A la vuelta de la esquina, Marleny Alvarenga le da vuelta a Salvador, que se va con el dinero y cobra por evento.

Y aquí, en Libre, resulta que nuestros primeros funcionarios, designados en el RNP, se vuelven correas de trasmisión de delitos electorales. Así funciona el negocio. La corrupción empieza me dijo alguna vez mi amigo German, con la elección de la reina infantil en el primer grado.  Hay jerarcas de la Iglesia, no todos por supuesto, que se dejan comprar y pastores, impostores. Príncipes de las finanzas y magnates de la industria, abismalmente corruptos, potentados del comercio. No todos por supuesto, aunque ninguno puede evadir del todo el juego a su alrededor. Y terminan siendo socios. La corrupción ha catalizado una subcultura que permea al país, y llevamos ya décadas distraídos en esta democracia pervertida, que no le sirve a la ciudadanía, sino que se hace servir de ella, e instrumenta al elector. Para el negocio. O sea que no solamente hay que despreciar a activistas que ofrecen lo público y lo ajeno a los miserables, a cambio del apoyo electoral del barrio, que trafican con y venden las credenciales para la mesa receptora, electores muertos de hambre que venden el voto, o lo entregan por la chamba de recolector de basura o el bono.

No únicamente están los aspirantes a las diputaciones que ofrecen dinero por las nominaciones, y aspirantes al Congreso que se comprometen con el narco y con el concesionario corrupto. Sino también ministros, que cobran peaje por los contratos, y comisiones por agilizar los pagos, presidentes de los tres poderes del estado que se lucran con los grandes contratos de compraventa pública, y con la legislación, para privilegiar sectores y con fallos que exoneran a un crimen oscuro y sangriento. No es estridencia.

También hay trucheros, que adulteran las medidas y los pesos. Y en el camino, de la fábrica al centro de distribución, transportistas que le sacan azúcar a los sacos con un sifón de acero, Diesel a las pipas o los tanques de las rastras con mangueras, que le roban leche al tambo del ganadero, y miserables que hacen leña del árbol caído saqueando los bienes del vecino entretenido.  Jueces que venden la justicia barata y, un poco más caro, la injusticia. Médicos que trafican con las certificaciones de incapacidad y enfermeros que hurtan medicinas. Como también directores de hospitales, y funcionarios de Salud que sustraen medicamentos comprados para el público, para repartirlos como propaganda en los operativos de las brigadas. Estudiantes que hacen trampa con los exámenes y maestros que chantajean a sus estudiantes, para conseguir favores sexuales. Por supuesto, grandes empresarios de la comunicación, que se venden para encubrir dictaduras y periodistas rateros, que tratan de extorsionar a un funcionario, cuando se proclaman defensores de la libertad de expresión y de la ley. Y pues entonces, ¿Cómo podríamos tener una política limpia? ¿Por decreto? ¿De dónde podría salir un sistema electoral transparente y justo? Y ¿Cómo podrían esas elecciones producir un gobierno dedicado al bien común? No sé, como decía aquél, solo pregunto. Por supuesto que hay delitos públicos peores que el narcotráfico, o al menos igual de destructivos, como la corrupción de las elites en la contratación de los servicios, o las concesiones de recursos del patrimonio.

Pero quizás la corrupción pública es la peor de todas las lacras. Y en particular la del sistema electoral que genera el poder concentrado del gobierno. Porque mientras en los demás asuntos privados, las víctimas también son mayormente particulares, aquí, bajo el gobierno producto de la corrupción, las víctimas somos todos, la pagana es la nación, la patria. El desprestigio del sistema nos deja sin las opciones legales previstas. Y despertamos al dilema que platean esas elecciones, desnudas, sobre la mesa de la carnicería.

[1] Sara Chayes, When corruption is the operating system,

[2] El MORELI, El Movimiento de Reforma Liberal, para corregirlo, con conciencia plena de la profundidad del mal, decíamos entonces que había que reformar al Partido, para después reformar al Estado corrupto, con esto, podríamos enfrentarnos a corregir las distorsiones y la corrupción de la sociedad. Éramos ilusos, y pese a don Carmelo, había una demanda para esa oferta. Pero Carlos R. nos robó la bandera, y ganó con su machete cortaúñas, que después no pudo terminar de usar.

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