Moralidad: distintivo y ventaja del ser humano (1/3)

 

José Rafael del Cid*

Seguramente usted ha leído la historia de Enrique López, un hondureño necesitado de tres prótesis que le devolverán sus capacidades perdidas por las amputaciones de sus dos brazos y una pierna. El diario en el que apareció este relato emprendió una campaña para recolectar fondos con que pagar las operaciones de amputación y las prótesis. Estoy seguro que Enrique y sus amigos lograrán su propósito.

Constantemente los humanos somos protagonistas u observadores de actos dramáticos y contradictorios. Así, por cada Enrique que logra tocar las fibras sensibles de la solidaridad de otros humanos, contamos miles, millones, abandonados a su suerte. Basta un recorrido por lugares públicos, recovecos y barriadas marginales de la ciudad capital, para constatar la indiferencia. Caminan juntos con la humanidad la solidaridad y el egoísmo. El Yin y el yang como lo presenta la creencia del taoísmo en la que todo objeto, ser o pensamiento posee un complemento interno aunado a su existencia. La contradicción como motor de cambio, tempranamente enunciada por Heráclito de Éfeso (535-470 A.C.). Y es también la idea presente en la dualidad (unidad y contraste) entre el bien y el mal, el angelito y el diablito, que conviven en nuestra conciencia.

El querubín representa al bien, que la mayoría de veces no es otra cosa que empatía. Esto último es una cualidad de la inteligencia emocional que permite reconocer a nuestros semejantes, entender su punto de vista (ponernos en sus zapatos) e, incluso, experimentar sus sentimientos. Cuando una madre enseña a un hijo a compartir una galleta con sus hermanos inculca empatía. Está entrenando a su pequeño a ser intérprete y comprensivo del deseo de otro por degustar una parte de la golosina. Esto significa que la empatía es una habilidad aprendida, desarrollada, mejorada a lo largo de la vida. La empatía mueve a buscar caer bien a los demás, a brindar apoyo, a compartir, a ser responsable y solidario. Por ello, esta destreza resulta clave en el hogar, en la escuela, en el trabajo, en los negocios, en fin, en toda la vida social.

La biología y la neurociencia enseñan que la empatía no es solo social, tiene también bases neuronales. J. Fuster (Neurociencia. Los cimientos cerebrales de nuestra libertad. 2014) enseña que los aspectos distintivos del cerebro humano con respecto a otras especies animales se localizan en la corteza prefrontal en la que, además, se originan otras capacidades propias como el predecir acontecimientos, seleccionar, decidir, planear, preparar y organizar acciones con objetivos de futuro. Entre estas acciones está el lenguaje hablado y escrito, herramienta clave en la cristalización y codificación de los acuerdos que transmitimos a nuestros descendientes. De estas funciones cerebrales surge la capacidad del humano para crear sus propias potencialidades. Al usar dichas funciones los humanos creamos las alternativas que forman la base para ejercitar nuestra libertad o libre albedrío en cada una de nuestras acciones. Los impulsos humanos (saciar el hambre, luchar, aparearse, etc.) podrán ser satisfechos de varias maneras (alternativas) cuya selección, además, tendrá como referentes principios estéticos, éticos y morales. La empatía forma parte de tales principios.

Lo moral se entiende como capacidad para valorar o juzgar lo incorrecto o correcto de las acciones humanas, o también, como conjunto de normas, creencias, valores y costumbres subjetivas que guían la conducta social.

La ética, componente de la filosofía, se diferencia de la moral porque se ocupa de encontrar los fundamentos teóricos en que se basa la moral y, en general, la manera de vivir. En otras palabras, estudia los principios o pautas de la conducta humana. La ética y moral ¿son biológicamente heredadas o socialmente adquiridas? La respuesta a esta pregunta ha suscitado interminables discusiones a través de la historia. Por ejemplo, Thomas Hobbes (1588-1679) popularizó la frase “lobo es el hombre para el hombre”. Dicha frase resumía la idea de que el individuo (el hombre libre) antecedió al grupo, a la sociedad. Este individuo sobrevivía gracias al instinto de sobrevivencia, netamente egoísta. En esta fase primitiva la relación entre humanos era de “guerra de todos contra todos”. Para llegar a vivir en sociedad fue necesario la mediación de un pacto o contrato social: el individuo entrega algo de su libertad a cambio de la seguridad brindada por el grupo.

Por eso es por lo que la frase de Hobbes incluye desde su origen un complemento frecuentemente olvidado: “lobo es el hombre para el hombre, cuando desconoce quién es el otro”. Este complemento alude tácitamente a la empatía (conocer al otro). El contrato social es un reconocimiento tácito (de palabra) o explícito (escrito) de la empatía lograda entre los individuos que constituirán la entidad social. Ética y moral resultarían consustanciales al pacto social: lo aceptable, lo correcto, vendrían a ser los comportamientos que cohesionan al grupo. En contraste a la interpretación de Hobbes son de mencionar al griego Aristóteles (384-322 A.C.), al francés J.J. Rousseau (1712-1778) y al escocés D. Hume (1711-1776). Para el primero “el hombre es un ser social por naturaleza” (la sociedad como anterior al individuo), para el segundo, “el hombre es bueno por naturaleza”, nace orientado al bien, es bueno y libre, y para el tercero, los humanos se guían en persecución de sus intereses particulares, pero también movidos por la simpatía hacia sus congéneres; mantienen la vida social por necesidad, pero también por una inclinación natural, inseparable de la moralidad. En síntesis, la ética y la moral serían consustanciales a la naturaleza humana, a su componente biológico. Instintivamente los humanos buscarían la asociación y, dentro de la misma (mediante el pacto social, según Rosseau), el bienestar de todos.

En un artículo de 2010 (La diferencia de ser humano: moralidad, Volumen IV de In the Light of Evolution: Two Centuries of Darwin), F. Ayala propuso una interesante diferenciación entre capacidad ética y códigos morales. La primera “es un atributo necesario de la naturaleza humana mientras que los códigos morales son productos de la evolución cultural”. El humano nace biológicamente dotado para hacer juicios éticos (capacidad que la neurociencia ubica en la corteza prefrontal, como parte de otras funciones) y expresa dicha capacidad mediante los códigos morales (costumbres, normas, leyes) que desarrolla bajo contextos culturales o sociales específicos. Esta distinción de Ayala es un aporte de enorme valor para dilucidar la polémica sobre el origen biológico o social de la ética y la moral, en la que generalmente se confunden la capacidad (cerebral) de hacer juicios morales con los códigos morales -pactados, aprendidos y practicados en sociedad.

  1. Ayala apoyó sus afirmaciones en C. Darwin (1809-1882), el más conocido de los proponentes originales de la teoría de la evolución. En “El origen de las especies” (1859), Darwin sostuvo que todas las especies vivientes han evolucionado con el tiempo a partir de un antepasado común mediante un proceso de selección natural. Pero en este primer estudio Darwin se abstuvo de referirse al origen de los humanos para evitar un tema “rodeado de prejuicios”, tal como lo aclara en la Introducción a otro de sus libros: “El origen del hombre y de la selección con relación al sexo” (1871).

En este último libro Darwin colocó a los simios en el mismo árbol genealógico de los humanos, una conjetura que cuestionaba el término “raza” (empleado en la obra de 1859) al considerar que los humanos provienen, todos, de una familia o ancestro común, diversificada por la selección sexual. Otra idea central del libro es el papel de la ética en la evolución humana: Los primeros humanos, aseguraba Darwin, “se habrían sentido incómodos al estar separados de sus camaradas, por quienes habrían sentido cierto grado de afecto; se habrían advertido mutuamente de peligros y se habrían brindado ayuda mutua en ataque o defensa. Todo esto implica cierto grado de simpatía [hoy se diría empatía], fidelidad y coraje. Tales cualidades sociales, cuya importancia primordial para los animales inferiores no es disputada por nadie, sin duda fueron adquiridas por los progenitores del hombre de una manera similar, es decir, a través de la selección natural, ayudado por el hábito heredado. Cuando dos tribus de hombres primitivos, que vivían en el mismo territorio, entraban en competencia, si (las demás circunstancias fueran iguales) la tribu incluía una gran cantidad de miembros valientes, comprensivos y fieles, que siempre estaban listos para advertirse mutuamente del peligro, para ayudarse y defenderse mutuamente, esta tribu triunfaría mejor y conquistaría a la otra… Y esto sería una selección natural. En todo momento en todo el mundo, las tribus han suplantado a otras tribus; y como la moralidad es un elemento importante en su éxito, el estándar de moralidad y el número de hombres bien dotados tenderán a aumentar y aumentar en todas partes” (p.107 y 109 de la versión digitalizada de Kindle). O sea, contar con un código moral no solo otorga cohesión a cualquier agrupación humana, sino que esto resulta ventajoso frente a otros grupos, tribus o naciones. Ha sido un factor clave en la supervivencia de la especie.

En síntesis, el cerebro humano evolucionó hasta desarrollar un nivel de inteligencia superior a cualquier otro ser viviente. Este hecho se muestra en la corteza cerebral que, según la neurociencia, es donde se localizan varias funciones, entre las que sobresalen la capacidad para proponerse fines y valorar sus consecuencias (capacidad ética). Esta capacidad pasó, con la evolución, a formar parte del instinto gregario, de la propensión a vivir en sociedad, y que ha resultado clave para la supervivencia humana. Sin embargo, la manera específica de ordenar, de pactar las relaciones sociales, de crear los códigos morales, varía y se torna más compleja a lo largo del tiempo y de los territorios, según las necesidades de cada tipo de sociedad (clan, tribu, nación, conglomerado de naciones). Lo biológico no es determinístico, es una precondición que facilita al humano crear alternativas en las que ejerce su libre albedrío bajo contextos culturales específicos. Los códigos morales (normas, leyes) no son únicos ni eternos, son susceptibles de cambio y, al final de cuentas, debían orientarse (adaptarse) al mejoramiento de la convivencia o empatía intra especie y hacia otras especies del planeta, o perecer.

Darwin destacó el papel de la selección natural (o “supervivencia del más apto”, que tomó de H. Spencer) para referirse a uno de los factores de la evolución de las especies vivas (otro factor fue el de la descendencia de ancestros comunes), pero a diferencia de su contemporáneo Spencer (1820-1903), Darwin dejó claro, en posteriores revisiones de su obra original y más en su libro de 1871, que en la supervivencia de la especie humana contó también la capacidad ética y los códigos morales. Esto permitió que el humano, en general, se preocupara también por el cuidado de los débiles (capacidad de sentir vergüenza o remordimiento), factor que contribuyó a la cohesión de la vida social. Curioso es que Spencer se convirtiera en figura prominente del impropiamente llamado “Darwinismo social”, teoría que transfiere mecánicamente el principio de la selección natural a la sociedad humana, por lo que se ha constituido en base del racismo y de principios económicos que también observan la libre competencia mercantil como arena de lucha donde solo sobrevivirían los más aptos (en la práctica, también sobrevivirían “los más desvergonzados”, como afirma R. Bregman, con dedicatoria a las élites políticas actuales).

Los ejércitos, mejor que nadie, reconocen la ventaja de la moral de grupo. Por ello su instrucción incluye tanto el manejo de las armas como el insuflar sentido de pertenencia y moral a las tropas. Inculcan amor a la patria y, a la par, identifican enemigos -reales o imaginarios- para utilizarlos de blanco del odio, la ridiculización y la negación; siendo esto último un recurso dirigido a las fibras más primitivas de la conciencia humana. Trágico de tal tipo de formación es cuando, al calor de la intolerancia, se erige como enemigo a un grupo o grupos de la nación misma (compatriotas), como se observa en casos cuando impera la opresión contra mayorías o minorías de clase, etnias o agrupaciones políticas. Recientemente en los Estados Unidos, varios líderes militares cuestionaron la intención del presidente Trump para utilizar a las fuerzas armadas en la represión de civiles indignados por la brutalidad y el racismo policial. Con tal actitud, estos líderes militares estaban oponiéndose a la lógica del tirano para asumir la del estadista, que se empeña en batallas políticas orientadas al bien colectivo. Es que el estadista fomenta la solidez moral de la nación entera (la de todos, no la de unos pocos), basándose en valores de empatía como la inclusión, la solidaridad, el respeto a la diversidad y la honestidad en el manejo de los asuntos públicos.

* Investigador y docente en temas de sociología y política social

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