Los pobres: entre sacrificios y hospitales

Por: Redacción CRITERIO.HN

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Fotos: Fernando Destéphen

Tegucigalpa.-Marta Lidia Fúnez, una mujer de la tercera edad, que vive en un sector no tan privilegiado de Comayagüela, hizo un enorme esfuerzo este lunes por retirar de la farmacia del hospital siquiátrico Mario Mendoza, los medicamentos de su hija.

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A diario decenas de hondureños se trasladan a los hospitales públicos en busca de los medicamentos para algunos padecimientos que requieren de un tratamiento permanente. Martha, de 65 años, es parte de esa población.

A ocho semanas del estado de sitio, la situación de Martha sigue complicada porque, al igual que la mayoría de las personas que asisten a los hospitales públicos, carece de un medio de transporte privado que le permita llegar sin ninguna complicación, pues el transporte colectivo sigue suspendido para evitar la propagación del Covid-19.

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Martha muestra la receta y la tarjeta de identidad de su hija, Dilcia Leticia González Funez, paciente del hospital siquiátrico Mario Mendoza.

Martha vive en la colonia Zapote Centro, en el sector de la Tres de Mayo, Comayagüela, una zona agreste donde los políticos tradicionales hacen concentraciones en tiempos de campaña en búsqueda de votos, pero que mantienen en el olvido cuando llegan al poder.

Para llegar al hospital, Martha debe recorrer cinco kilómetros desde su casa. Para ese propósito paga desde taxis hasta carros particulares, que en la actual pandemia han ingresado ilegalmente a este negocio. A veces pide jalón, pero para llegar a su destino final siempre camina al menos dos kilómetros. Un sacrificio que hace para evitar que su hija se quede sin medicamentos y su salud mental se deteriore.

Hoy, por las vicisitudes del transporte salió de su casa a las cuatro de la mañana, sin embargo, llegó al portón del Mario Mendoza hasta las siete de la mañana, tres horas después de haber emprendido el camino y con suerte porque a esa hora la enorme fila ya había descendido, pues se encontró con apenas 15 personas que la antecedían.

Antes de la pandemia para reclamar los medicamentos de su hija, Dilcia Leticia González Funez, todo era más fácil y económico, salía con la aurora y gastaba entre 30 y 40 lempiras en transporte. Ahora llega más tarde y gasta como mínimo 80 lempiras. El costo podría ser el doble, pero en virtud que a su regreso opta por caminar, ese gasto se minimiza a favor de su economía, pero en detrimento de su salud y de su seguridad, pues camina por la desolada y peligrosa Comayagüela.

La historia de Martha contrasta con las lujosas camionetas en las que circulan las 24 horas del día los militares. Ayer mientras esta sexagenaria pensaba en el sacrificio que haría hoy lunes, los uniformados desfilaban en caravana por varias colonias de la capital haciendo uso de megáfonos para implantar dogmas religiosos desde el Estado, algo que va en contra de la Constitución de la República, que establece que Honduras es un Estado laico.

Martha es una mujer de fe, pero cree que las oraciones de los militares podrían ser sustituidas por acciones concretas como el hecho de trasladar los enfermos a los hospitales o personas pobres como ella, que no tienen dinero para pagar transporte en momentos tan críticos como ahora.

Desde que le entregan los medicamentos hasta que llega a su casa recorre un aproximado de entre cuatro y cinco kilómetros. “Allí por Soptravi me detengo a descansar y a esperar un carro”, dice Martha, sin aclarar que el vehículo que espera es el de alguien que le dé jalón, y si la suerte no la acompaña continúa su ruta.

Los habitantes del Distrito Central se conducen por referencias, pocas veces por direcciones, doña Martha se refiere al barrio La Bolsa donde funcionó por varios años la Secretaría de Estado en los Despachos de Obras Públicas, Transporte y Vivienda (Soptravi), lo que ahora es INSEP o la Secretaría de Infraestructura y Servicios Públicos, una modificación en la estructura burocrática.

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Marta Lidia Fúnez

Esta mujer de 65 años, que cruza parte de Comayagüela caminando, le pide al gobierno dejar trabajar a buses y taxis para que su viaje sea un poco más fácil y seguro. “Que ponga el transporte porque nos hacen falta los buses”, reniega, sin enfatizar en los riesgos de contagio por Covid-19, aunque usa mascarilla quirúrgica y conoce y aplica las recomendaciones de bioseguridad y distanciamiento social.

Ayer fue el segundo domingo de mayo, el Día de la Madre en Honduras y en varios países de América Latina. Pero ni Marta ni su hija lo celebraron como en el 2019. No hubo ambiente y tampoco tenían dinero para hacerlo.  Martha sabía que tenía que madrugar y caminar para recoger el medicamento de su hija. El que está descrito en la receta, un papel arrugado por las manos de Martha y en el que se describe la patología y el tratamiento.

 

A pesar de llegar tarde por no contar con transporte y de caminar hasta cinco kilómetros de regreso a su casa, a Martha no le fue mal porque recogió las medicinas de su hija.  “Hay “otras personas que vienen desde largo, fuera de Tegucigalpa y no los atienden y andan sin dinero”, nos comentó en voz baja Miguel, quien acomoda las motos y carros que llegan cerca de la entrada de acceso al Hospital Mario Mendoza.

A pesar de las advertencias de sus hijos, Martha seguirá saliendo a recoger el medicamento de su hija, aunque sea caminando, mientras espera que el transporte colectivo sea parte de la “apertura inteligente” del comercio. 

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