La peste de Trump, para alienígenas, y las piezas rotas de la esfera

Alianza

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

La peste de Trump, para alienígenas, y las piezas rotas de la esfera

                                               Para el General K, que no pudo con él

El encierro para evitar la peste les ha quitado a los estadounidenses más de 36,5 millones de empleos. Muchos otros dependen de un público para ganarse el pan de cada día. En 15% hoy el de desempleo ya es peor que el de la Gran Depresión y hay gente capaz que asegura que podría llegar a 20%. Y eso se produce en el contexto de una cultura histórica particular.

Para quien no los conozca y para los alienígenas, que dicen que van a llegar o que ya llegaron, déjenme explicar en un párrafo esta peculiaridad de los Estados Unidos. La mayoría de los estados nacionales resultaron de procesos aleatorios de agregación y secesión, los EUA surgen de un proyecto liberacionista, y se forjan para salvaguardar, contra la imposición oficial, las libertades, originariamente las religiosas de los blancos, después la personal del ciudadano. El proyecto ilustrado de una república de hombres libres se fusionó con la visión mística de una misión colectiva, para construir sobre una colina iluminada la Nueva Jerusalén, una Ciudad Santuario, y un novel mundo de justicia, igualdad y libertad. Un diseño de Libertad decía sus constituyentes. A quienes tuvo que corregir luego, por la fuerza. A. Lincoln para incluir al esclavo. El mismo que retomaron después Kennedy y King, un sueño de libertad que todavía imanta, y atrae migración. No han sido fieles a ese ideal, ni está la mayoría de ellos poseída de su mito de origen, ni este justifica en la práctica ni en el imaginario, su excepcionalismo, manipulado por codicia y afán imperialista. Pero esa libertad personal contra restricciones feudales está imbuida en la cultura, inspira a la gente que allá no sale a pedir dos lempiras para la comida, si no libertad para chambear y buscarse la vida.

No será el fin del mundo, ni tampoco de EUA este bicho asaz mortífero. Pero inevitablemente hará daño sin precedentes, según hoy declara el Dr. Richard Bright ante el Congreso si no hay una respuesta nacional que no está a la vista. Y causará muerte innecesaria y mucho sufrimiento si tratan de abrirse demasiado rápidamente a una normalidad ya imposible, como testificó ayer ante el Senado el Dr. Antonio Faucci otro científico y verdadero caballero en su tradición. (Práctico (no podría si no, lidiar con DT, ni hablar de tiempos) pero íntegro.) Trump trata de desautorizarlos.

Al fin y al cabo, es su peste. Siempre hubo asimismo una diversidad de liderazgos, corruptos, prepotentes o ilusos. No cometeré la pedantería de enumerarlos sino solo evocar. Estados Unidos tuvo grandes visionarios, desde el Libertador J. Washington, cruzando los ríos congelados para combatir contra el imperialismo, pasando por el redentor Lincoln, desde el loco hermoso de Teddy peleando con y protegiendo al territorio del oso, Wilson que concibió el nuevo orden mundial y el gran Franklin D. Roosevelt que condujo a EUA en la guerra y los sacó de La Depresión. Un liderazgo que luego derivó a los -con todo, dignos- Kennedy, Carter y Obama pero que ahora queda reducido a la peor y más torpe caricatura de D. Trump y la tristísima figura de Joe Biden, machos betas. Que no entienden ni su propio país, ni el siglo, no digamos al mundo en la historia y el tiempo venidero. Ese que mayoritariamente ya habla chino, hindi, árabe o español, que tiene otros genes y rasgos fenotípicos, cree en otras religiones o sistemas de ideas y será mayoría en todos los foros mundiales en los siglos por venir.

La tensión tardará aún un siglo más en resolverse y ciertos puntos ahí conservarán luz y fuerza por mucho tiempo. Pero quizá no es demasiado aventurar en la analogía si vislumbramos que en esta generación, la peste de Trump, a la que tardó tanto Donald en cerrar las puertas y quiere abrir ahora, antes de tiempo, podría significar no solo muerte y sufrimiento inútil sino el fin de la hegemonía americana y un paso trascendente para el ascenso de China en el mundo, así como en el s. VI, la peste Justiniana anticipó con mucho el declive final de la antigua Roma, que se desarticuló en Occidente y el ascenso del Otomano en el Medio Oriente.

EUA va a perseverar aún por un siglo. En el recién pasado, desde que terminara la Primera Guerra y se consolidara su proyecto, ha sido el polo del planeta que dio color-sabor a la historia, y desde la ingenuidad de algodón de azúcar de sus teens o twenties pasando por la madurez con garra de oso de los 50s, tan segura de sí, hasta este nuevo fin du siecle, de las contradicciones,[1] fermentado y decadente, en que el Presidente del Comité de Inteligencia del Senado usa su información para jugar chivo.

Porque nunca ha sido, lo repetimos desde el primer día, la peste en sí la que cuenta, sino la forma en que la manejamos. Los chinos la manejaron mejor, aun sin entenderla como hoy, bajo un poder central que recapacitó a tiempo, e hizo caso de la ciencia, de modo que en Wu Han se han comenzado a abrir las escuelas y colegios, incluso advertidos de que el mal rebrota, y de que ahora hay una versión que ataca al niño, porque confían en saber cómo lidiar con él. Le regalan un hospital nuevo a El Salvador y exportan junto con algunas misiones de médicos especialistas, insumos y ventiladores artificiales que hacen falta en todo el mundo. Y China manda reservas para apoyar al dólar, del que tiene muchos. Mientras que los EUA confrontan a China reclamando absurdos, caen víctimas de la histeria, se descubre que el virus afecta a otros órganos vitales. Y la peste de Trump mata incluso a los guerreros de barro en la propia Casa Blanca, cunde el pánico en el Capitolio. Y hoy se anuncia que la cuarentena tendrá que prolongarse tres semanas más en Washington, que hiede a azufre.

Al tiempo que, por codicia, Trump afianza su alianza regional con los peores, la Añez de Bolivia y el JOH de Honduras, junto con el traidor de Moreno y Bolsonaro los peores mandatarios en resultados con tasas de contagio y mortalidad tan elevadas o más que las de EUA. Quiere obligara México a abrir en la frontera. Y contrata como si le hubiera pagado Maduro para ello, a un puño de mercenarios al mando de un guardaespaldas renegado para invadir Venezuela, con otras tres docenas de patriotas que no aguantaron un día de combate. Y Pompeo que no sabe distinguir entre su papel de director de la CIA (que puede hacer apología del terrorismo al que luego combatirá) y su role solemne de Canciller comprometido con la ley internacional, luce ridículo, negando todo involucramiento y alegando que, si hubieran estado ellos involucrados no habría salido tan mal.  Entonces ¿hubieran capturado al presidente de Venezuela? Nada que ver el guardaespaldas, el seleccionado incoherente de Guaidó, el dinero que le proporciona el departamento de estado, el cerco naval protector, de que disfrutaron los filibusteros. No quiere creer aquí el marciano, lo que le digo. Pero ¡es cierto! ¡Habrase visto torpeza semejante malograda!

Pero ¿a cuenta de qué va Trump a obedecer la ley internacional, si no obedece las propias? Una y otra vez, Donaldo le da la espalda a la ley en su propio país. ¡No lo impugnaron porque les faltaron dos votos! Ahí están hoy también todos los jubilados del Departamento de Justicia pidiéndole su renuncia al secretario Barr, por deshonrar la institución liberando a reos confesos, de espaldas a la ley, burlándose de la ley. De modo que un Comité senatorial empieza a investigarlo. Una corte de alzada acaba de fallar contra otra de tantas pretensiones de inmunidad del presidente. Y la Corte Suprema atascada con solicitudes para que Trump enseñe sus documentos, porque los esconde y nadie está por encima de la ley. Nunca fue tan cínica la arbitrariedad del poder, que solo es eficiente cuando se puede legitimar. ¿Quién podrá a futuro juntar las piezas? Quizá un extraterrestre.

[1] Que se engendran en el campo material, un pequeño microcosmos, complejo y diverso, porque en todas partes hay steake houses y  barbacoas, pero es muy distinta incluso la California de Holywood y Los Ángeles, de la de San Francisco y  de Berkeley, de los valles vinícolas y de los que concentran la frontera tecnológica digital, y diferente este Oeste de las grandes ciudades refinadas del Noreste,  Nueva York y Boston, Filadelfia, Pittsburg y Washington de los grandes museos y las universidades que anidan a la ciencia, pero también los guetos de los que surgieron muchas veces vía la mafia, los inmigrantes judíos e italianos, los irlandeses y los alemanes y luego los latinos, caribeños, orientales… Todo tan distinto del Sur, que produjo el jazz para  captar las voces de los esclavos cantando con banjo la canción del Río Misisipi,  de Mobile y Nueva Orleans, de Atlanta y Virginia, antes de los noveles desarrollos híbridos de Florida y Tejas. No digamos todos ellos cuan distintos del interior rural, de los grandes lagos y planicies,  de la franja del maíz y de las papas y las granjas que alimentan a los antes mencionados, las colinas del Bourbon y la música folk.

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