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La dominancia fiscal y la orquesta del Titanic

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Ceteris Paribus

Por: Julio Raudales

La política es un arte y debe estar siempre en manos de artistas, es decir, gente que entienda el delicado balance de las acciones a tomar para lograr el bienestar público, sobre todo en un ámbito tan delicado cómo la -nunca mejor dicha la palabra- “multicrisis” por la que nos toca transitar hoy día. Pero de nada sirve que haya gente avezada a cargo del diseño y puesta en marcha de las acciones que enrumben al país, si no se les presta atención. Para seguir la alegoría, vale decir, la cosa no camina si, teniendo buenos músicos en la orquesta, la dirección está en manos de un lego de oído desafinado y arrítmico.

¡Por supuesto que han sido años duros para el mundo los tres últimos! Y muy especialmente para los hondureños, que veníamos de lidiar toda la década anterior con un gobierno criminal, ineficiente y marrullero, con un último proceso electoral lleno de incertidumbre casi hasta el último día y con una administración que, tras seis meses complicados por una guerra lejana y el estertor de la pandemia, no termina de asentarse, como si aún no comprendiera el yermo en el que se vino a meter.

Dura cosa es entonces identificar, con un entorno tan complejo, la punta del hilo que desenreda esta madeja de problemas. El subsector eléctrico amenazando la estabilidad social más que la económica; la gerencia anterior entregó la ENEE con pérdidas cercanas al 40% ¿Y qué empresa puede sobrevivir con un balance continuado de tal magnitud? -, la FAO y el PMA de las Naciones Unidas lanzando continuos llamados de atención sobre la problemática alimentaria, las escuelas que desfallecen ante la incapacidad de dar a docentes y estudiantes las condiciones mínimas para el retorno seguro a clases y el dengue, Chagas, y las enfermedades respiratorias que se suman al complot de la pandemia bienal.

Y la cosa suma y sigue: violencia en las calles, acusaciones de corrupción, los migrantes y su sempiterna salida y retorno, la precariedad en el trabajo, la misoginia y homofobia, los monopolios, la persistente vulnerabilidad ambiental, la infraestructura productiva destruida, la parálisis administrativa… ¡En fin! mil expectativas que suplir y el tiempo corre.

Tantos y de tal magnitud son los problemas, que la mayoría de los actuales detentores del poder, olvidaron de tajo el asunto macroeconómico. Obnubilados en la búsqueda de soluciones, funcionarios y demás delegados de la nueva administración le dan escasa prioridad y prestan poca atención al necesario equilibrio de indicadores de mediano plazo, tales como la cuenta corriente de la balanza de pagos, el déficit fiscal, la masa monetaria y su manejo debidamente regulado por acciones prudentes.

Todos los sectores, energía, educación, salud, ambiente, etc. requieren atención y pericia, pero, como en una orquesta sinfónica, son indispensables la secuencia y los ritmos adecuados. ¿Quién los marca en la política? Pues con una singular dirección binaria, lo deben hacer la autoridad fiscal en conjunto con la monetaria.

Por ello es importante que la hacienda pública y el Banco Central funcionen como un reloj, respetando la sincronía, tan necesaria para que la orquesta ejecute el programa de desarrollo con calidad y eficacia. Puede tenerse el mejor plan de rescate de la ENEE, o una estrategia sustantiva para poner la salud y la educación en el siglo XXI o la mejor red de protección social, ¡en fin! una estrategia de atracción de inversiones bien hilvanada, pero si la política monetaria y fiscal son disfuncionales, sencillamente todo fracasará.

Eso precisamente es lo que está sucediendo en Honduras. Las decisiones que se tomaron desde el inicio de la presente administración nos han llevado a lo que los economistas llaman “Dominancia Fiscal”, un proceso en el que el Banco Central supedita sus decisiones de política monetaria a las necesidades de la política fiscal.

¿Qué es lo que sucedió en concreto? Pues que las autoridades de la Secretaría de Finanzas, rápidamente se apercibieron del desastre sistémico con el que se ha manejado la política fiscal en las últimas cinco décadas: Una planilla salarial que crece desordenadamente, gastos operativos incontrolados y una inversión pública ineficaz y pequeña en relación con el gasto total, con resultados magros en términos de mejora en las condiciones de vida de la gente.

La solución elegida no fue para nada ortodoxa, tampoco innovadora o modernizante. Por el contrario, lejos de iniciar un esfuerzo de depuración presupuestaria, que racionalice la función pública mediante el recorte de gastos innecesarios, la propuesta gubernamental se centró en un incremento del 25% al presupuesto nacional, financiado nada menos que con emisión monetaria del Banco Central. Una historia triste, tantas veces contada…

El Banco Central, el supuestamente autónomo líder de la política monetaria, tuvo que dejar de lado la vía que había tomado desde hace algunos años: las metas de inflación, estrategia que permite al país apuntalar la economía mediante una emisión consecuente con la búsqueda de un crecimiento económico sólido, un tipo de cambio que busque la competitividad y, por supuesto, la mínima pérdida del poder adquisitivo del lempira.

Nada de lo anterior garantiza el crecimiento y mucho menos el acceso a servicios públicos de calidad, eso es menester de la política fiscal. Pero ambas deben actuar en armonía, como la clave de sol y la de fa en el pentagrama de un piano, como la batuta del director de orquesta. Hoy, la realidad es otra: El Banco Central empuja en vez de contener, la ya fuerte inflación importada, y el gobierno tampoco cumple: FOSDEH nos acaba de alertar sobre la baja ejecución presupuestaria, especialmente en el Programa de Inversión Pública.

No es, ni ha sido buena nunca la dominancia fiscal, además de fastidiar la armonía en las políticas, conlleva riesgos enormes, mirarse en el espejo de Siri-Lanka, comenzó con deuda alta y gastos exacerbados, financiados por el Banco Central, también iniciaron así los vecinos argentinos y venezolanos, acallando la armonía y convirtiendo la orquesta en la del Titanic.

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