Justicia y mártires de Centroamérica, otro poquito de historia (1)

Alianza

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

                                                             a Román y a la memoria de Ellacuria            

La de que la muerte es una siembra es una idea cíclica antigua. Originaria de las religiones solares, porque el Sol, igual que otros astros sigue un ciclo, se clava y hunde en la oscuridad y muere para renacer al día siguiente. Y es una idea que se conserva en las religiones agrícolas, alrededor del globo y en la antigua Mesoamérica, porque el grano del maíz, otro sol, debe sembrarse y morir -reventar- para dar origen a una planta que lo multiplica. Todas esas ideas se mezclan necesariamente en el concepto lenca de la siembra de Berta.  

Asimismo, es una antigua idea mística cristiana. Según la cual, al igual que el de Jesús -héroe solar sacrificado para triunfar sobre la muerte y sobre el pecado de sus verdugos— el martirio de sus seguidores fructificaría en aseguramiento de la comunidad ¡y redención de sus perseguidores! Como Pablo, los apóstoles fueron ejecutados por Roma, pero seis generaciones más tarde, en un campo de batalla, el Emperador Flavio Constantino se convirtió al cristianismo, que devino religión oficial del Imperio, en expansión hasta mediados del s. IV.

Los hombres -las mujeres igual- producen ideas, símbolos que se expanden, propagan y fructifican a sus muertes. Porque el logos, la idea también es semilla, muere en el silencio, fructifica en la prédica y ¡Oh paradoja! es inmortal. Hay otras formas más racionales de entender esa victoria póstuma de la virtud por caminos recónditos, ese perpetuo renacer del bien inconquistable.  El gran filósofo del s. XX Alfred North Whitehead, escribió La Aventura de las ideas para concluir que el pensamiento incide en la historia, que es comportamiento evolucionado, aunque, esa es una incidencia lenta, intergeneracional, lo que justamente corrobora su perennidad. Quien mata al hombre bueno, esparce la semilla de su espíritu. Aunque cuando es consciente, el verdugo genera una lesión letal en su alma propia y el bien que consigue sin proponérselo no exime a nadie de responsabilidad. (Por eso Judas se colgó. Y para que fueran víctimas del mismo pecado imperdonable contra la esperanza, se cuenta que el diablo también consiguió que Pilatos se quitara la vida con su propio cuchillo).

Gestada medio siglo atrás -en la matanza de campesinos de 1932 en El Salvador- la guerra civil entre las armas populares y las oficiales que estalló en 1968 como todas las guerras, era un negocio, aunque atroz, que generaba oportunidades además de un modus vivendi, a oficiales y estrategas. Con los democristianos que habían alcanzado algún poder Monseñor Oscar Romero arzobispo tramaba terminarla. Su violento parricidio perpetrado por soldados adeptos a Roberto D’Aubuisson en la catedral de San Salvador en marzo de 1980 cambió la historia de la Iglesia, y asimismo la de Centroamérica. Ese asesinato en efecto debilitó políticamente a sus autores intelectuales. Al contrario de lo que estos pretendían, aunque sobrevendría una era aciaga de tragedia, en los primeros días después del martirio se produjeron los contactos iniciales para buscar un cese al fuego y catalizaron los reconocimientos extranjeros de las fuerzas combatientes informales que legalizarían el proceso de diálogo. Que no fue fácil y ocho años después seguía chisporroteando sin prender.

A los jesuitas y en particular a su líder, el padre Ellacuria, los militares los acusaban de cabildear la Paz con el gobierno de Christiani. Pensaron acaso que matándolos frenarían ese proceso avanzado. Y por eso se los ametralló al alba, en su residencia en la Universidad Centroamericana José S. Cañas, junto con su empleada doméstica y su hija, el 16 de noviembre de 1989. Pero sus muertes, igual abonaron con su sangre el pacto de la paz cuya deliberación interrumpida se reanudó, días después de la matanza, en las primeras horas de 1990. Mientras que los asesinos empezaron a pagar sus crímenes. A D’Aubuisson se lo llevó el diablo al círculo de los violentos, doce años después del asesinato de Romero con un atormentado cáncer que le pudrió la boca que había dado la orden de asesinar al santo.

Aun sin el apoyo presencial de los jesuitas y a pesar de que los halcones de Reagan querían continuar la guerra, Christiani siguió adelante con los planes de Paz en 1990. Habiéndose asegurado de que los Informes de La Comisión de la Verdad no podrían servir de testimonio en su contra, siendo Ministro de Defensa el General René Ponce, tuvo que firmar los Acuerdos de Paz negociados con intermediación internacional, a principios de 1992, en el Castillo de Chapultepec, México. Pero en mayo de 2011, a los 64 años también -enfrentado a la acusación internacional que nunca anticipó por el asesinato de los jesuitas en 1989- le estalló una vena y le falló el corazón, lo que lo puso en largo coma antes de su muerte. Y siguen pagando.

Han sobrevivido asolapados otros miembros segundones de su aquelarre y círculo de sangre. En las próximas semanas, empero, se dictará sentencia, por ese mismo crimen múltiple, en el proceso que se cerró hace unos días en San Fernando de Henares, contra el Coronel Inocente Montano, en aquel momento Viceministro de Defensa. Montano reclamó ser inocente y, hasta el final, contra toda evidencia, intentó achacarle el crimen al Frente y elaborar una versión rosa de la conspiración homicida de la Tandona. Pretendió incluso alegar que los muertos fueron amigos suyos.

Voy a celebrar la condena de Montano que pasara el resto de sus días confinado. Celebrar que funcione la justicia. Ya no quedan muchos más defensores de los asesinos. Y del papel que jugaron en aquella trágica década, de 1979 a 1989, terrible en toda Centroamérica.  No sé que hay más allá de la muerte. Mi madre conmovedora, 95, me suplica que la deje morir, antes y creo que tiene ese derecho. Yo no soy religioso, no quiero palmas ni aplauso. Amo la vida, y la mía en primer término como, sin duda, amaban ellos las suyas. No creo en ideas místicas ni añoro una venganza. Solo constato que también hay por ahí una justicia rara, sutil que opera también como una influencia positiva de las ideas, de manera casi subterránea y en sus propios plazos, diferidos.

Pero un hombre que entiende no puede -en el sentido laico de la palabra- salvarse (no puede ser feliz, que es lo mismo), si no es fiel a sí mismo, si no abandera su verdad y si no se solidariza con las víctimas de la injusticia. Por eso amo tiernamente a estos mártires cristianos y deseo que, aparte de mi agradecimiento, tengan el tuyo. Ojalá otro premio, el descanso de un jardín, me gusta el Yanna de los musulmanes, con caballos y camellos de un blanco deslumbrante, con abundante leche, miel y vino perfumado que no inclina a la pendencia, con la placentera compañía de los y las fieles. Y una visión gozosa del bien, la belleza y la justicia.

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