Historial y prospecto del dilema opositor

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

                  a RPZ, a Julio y al no nombrado

 

No estoy escurriendo el bulto, pero soy un fundador de LIBRE, y un Magistrado de su Tribunal de Honor. Ahí voy a estar en la dignidad que me den mis conciudadanos hasta el último aliento. Soy el resultado y el beneficiario de generaciones de hondureños comprometidos, y me gustaría pensar que lo seguirán siendo mis sucesores. Veremos.

Entre mis ancestros ciudadanos está, en primer lugar, mi padre, Rodolfo Pastor Zelaya. Quien seguía atendiendo a la nota pública y pensando en las opciones días antes de su muerte en 1989, aun cuando ya estaba muy enfermo, afásico y le costaba expresarse. No voy a escribir extensamente sobre él (Euraque dice que lo hará) pues no podría alcanzar el mínimo de objetividad. Pero puedo rememorar lo pertinente. Hacia 1942, recién graduado de pediatra en El Salvador (era hijo del médico) se había repatriado a San Pedro Sula, incorporado al hospital público y había puesto una clínica.

La coyuntura era especial en 1942. La Guerra Mundial estaba en su peor momento, era la hora más brutal del nazi que vislumbraba el fin. Honduras tenía diez años de estar gobernada por T. Carias A., seis de dictadura franca, su economía estaba en manos de extranjeros, su población sufría de paludismo, infecciones mortíferas y enfermedades crónicas.  El liberalismo de A. Zúñiga en el exilio no parecía ya responder a las necesidades del momento. Cuando con Mario C. Rivas, otros colegas y con un grupo de los más connotados líderes populares, R. Pastor Z. fundó un partido político nuevo, el Partido Demócrata Revolucionario Hondureño, fusión de dos antecedentes, el cual tuvo una trayectoria importante, si breve.

La pregunta era ¿quién podía encabezarlo? Aunque entre obreros afiliados había un par de veteranos, faltaba sin embargo formación. Y la mayoría de los profesionales comprometidos eran muy jóvenes, no eran bien conocidos a nivel nacional, no tenían recursos, y pues, no eran candidateables. Entonces, buscaron a Rafael Heliodoro Valle, quien, consagrado a labores académicas y periodísticas, residía como muchos paisanos, el propio Zúñiga, Alfonso Guillén Zelaya, en México. Un escritor reconocido y quizás el más importante intelectual público de su época, muy apreciado en el exterior y en el país, respetado aun por los nacionalistas en el poder, se dice incluso el propio T. Carias.

  1. H. Valle compartía una visión democrática, progresista y patriótica, con el PDRH y los líderes le pidieron que considerase ser candidato suyo -y quizás, de algo más- a la presidencia en las elecciones inminentes. Hubo un intercambio epistolar [2], Valle vino a Honduras, tuvo varias entrevistas, aunque al final no se decidió y el proyecto no cuajó. Carias fue reelecto por otros seis años, su conservadurismo fiscal prolongó el estancamiento, reprimió violentamente a la oposición que se le hizo en las calles, militarizó al país, se burló de la democracia.

La vida política no es de por sí, apetecible a un hombre de pensamiento, de reflexión y estudio. Llena de trampas aviesas, arenas movedizas, emboscadas y muchas veces obligada a cruzar un mortífero campo de batalla, para terminar en un paredón, y un fusilamiento material o moral. Los valientes de todo género que, sea por ambición o por compromiso de servicio, por codicia o por generosidad de entrega, se aventuran en ella, igual viven sometidos al abuso de sus contrarios, deben sufrir descaro, expuestos al reflector de la atención pública. A los perversos les encanta, y a la buena gente de razón le tiene que molestar la injusticia y el desorden de la política vernácula, que choca a su espíritu. Pero el genuino ciudadano no puede hacerse de oídos sordos al llamado de sus compatriotas. Su misma nobleza lo obliga al servicio. Al final del día, no hay excusa.

Tenemos hoy en este país un problema mayúsculo, nada gratuito, creado. Puesto que el Partido Nacional se rehusó a depurar el censo, a ciudadanizar las mesas, y a la segunda vuelta, el voto duro del PN está posicionado para ganar, contra una oposición fraccionada, las elecciones próximas, haciendo la trampa de siempre y manipulando otro poco a los medios. Van a volver a alzarse con las instituciones del país aunque sea con un 25% de votos. Y los tres cuartos de los hondureños que estamos en contra tendremos que soportar la tortura continuada de su incompetencia, su corrupción, el abuso de poder y el atropello de nuestros derechos básicos. A menos que consigamos que nuestros partidos de oposición se coordinen para la ocasión, y forjen -en torno a principios básicos contra el continuismo y la corrupción, y por la restauración del estado de derecho- una alianza, para ganar la presidencia y asimismo un congreso que deberá escoger dentro de dos años una nueva corte suprema, un procurador y un fiscal nuevos. Y que deberá renovar los cuadros de mando de las FFAA, supuestamente primer garante de la ley, Tito.

Pero es más fácil llamar a la alianza que fraguarla en la práctica, sobre bases sólidas de estructura, unidad, respeto y cooperación. La idea tiene adeptos en todos los partidos, y también adversarios. Sus problemas principales son los impulsos primarios de las bases y las ambiciones particulares y perfectamente inútiles de muchos líderes -de distintos rangos- que se engañan sobre sus posibilidades de alcanzar posiciones de poder. De manera que cuesta vislumbrar una candidatura de consenso para la fórmula presidencial y tenemos candidatos débiles a las diputaciones en cada partido, para asegurar la mayoría aliada en el Congreso.

Hay gente que -por exceso de candor- quiere que los partidos renuncien a sus cuotas de participación, siendo quienes tienen la organización. Otros buscan un botín, o se exceden en expectativas sin proporción. Puesto que la mayor parte de los líderes se imaginan mayorías propicias, los partidos que pudieran sumarse en la alianza insisten en un supuesto derecho a encabezar las fórmulas, mientras las bases escamadas por experiencias lamentables, asumen posiciones viscerales que solo pueden fracasar. Nadie se propone buscar una alternativa, porque todos están enfrascados en promover sus propias carreras y abocados, ahora mismo, a los procesos primarios e internos convocados con el viejo censo y las viejas trampas.

A mí, como también soy viejo, y he visto tantos días y noches, el imperativo de la Alianza me parece evidente. Como obvio es el derecho de los partidos mayores aliados, a una designación en la fórmula. Y puesto que no puede encabezarla nadie de uno de los aliados sin el recelo de los demás, luce lógica la necesidad de traer, de afuera del mundo de la política vernácula, a alguien que se ubique al frente y centro de la candidatura presidencial, con conocimientos y cordura, sensatez y dignidad. Igualmente, me parece obvia la necesidad de lanzar una fórmula combinada de candidatos aliados, con mayores probabilidades de triunfo para las diputaciones, en los departamentos de mayor población y complejidad.

¿Quién pudiera venir de afuera de la esfera política para asumir la responsabilidad cívica de encabezar la Alianza? ¿Quién puede tener el prestigio y el respeto universal, sin el lastre de una filiación institucional que lo comprometa, sin pertenecerle a ninguna estructura política que lo enrede? ¿Para encabezar la fórmula presidencial, sin que los partidos protesten estar cediendo, ante un tercero, menor, su prerrogativa mayoritaria? Porque, ¡quién pueda hacer eso, por Dios debe hacerlo, por la patria! Urge encontrar a esa persona, y reclutarlo ya, no hay tiempo.

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