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Gansterismo y violencia electoral

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Por: Víctor Meza

Los acontecimientos violentos del pasado fin de semana en el momento en que el Consejo Nacional Electoral (CNE) se disponía a realizar el sorteo para la ubicación de los candidatos en sus respectivas casillas, son un mal presagio. Aunque, justo es decirlo, ya se habían venido acumulando desde el año pasado diversos actos de violencia electoral que marcan una preocupante tendencia hacia una creciente y peligrosa crispación.

En efecto, de acuerdo al monitoreo constante que hace el Observatorio de la Violencia, unidad académica adscrita a la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), ya se han registrado desde que inició este proceso comicial al menos unos 35 actos de violencia político-electoral, incluidas 12 muertes violentas. Si se mantiene y continúa una tendencia semejante, la votación del domingo 28 de noviembre puede ser el detonante de una explosión de violencia política que todos habremos de lamentar.

A muchos observadores del escenario político, los sucesos del fin de semana nos hicieron recordar los años duros (décadas de los años 60, 70 y 80s del siglo pasado) del gansterismo universitario, cuando las aulas de esa Casa de estudios fueron convertidas en campo de batalla de grupos gansteriles que sustituían los libros por las armas. Quien no recuerda a esos personajes que, pistola en mano y con la indisimulada tolerancia o colaboración activa de los cuerpos represivos del Estado, robaban urnas electorales, intimidaban a los votantes estudiantiles e imponían su ley y su orden en los predios de la que debía ser máxima casa de la ciencia y universo de la tolerancia y el libre pensamiento. No es casual que muchos de aquellos pequeños y grandes delincuentes sigan todavía hoy, ya reconvertidos en viejos militantes de la tercera edad, practicando las antiguas fechorías de entonces y actuando como activistas violentos del partido de gobierno.

Tal como sucedió en la Universidad Nacional, el gansterismo tuvo consecuencias trágicas y sangrientas. No fueron pocos los estudiantes y catedráticos que sucumbieron ante la violencia generalizada, ya sea por el asesinato directo y abierto o por la vía de la desaparición forzada, las capturas clandestinas y el terrorismo de Estado. La tristemente famosa Doctrina de la Seguridad Nacional (DSN) estaba en su pleno apogeo y los pandilleros políticos proliferaban por doquier, sembrando la persecución y la muerte entre los que pensaban diferente. Fueron años terribles y violentos, una manta oscura cubrió las aulas de la Academia y cerró las puertas al pensamiento y a la ciencia. Hoy, todos lamentamos haber vivido esa época todavía reciente de nuestra triste historia.

La violencia física y verbal del fin de semana, la que todos pudimos observar en las redes sociales y en los medios de comunicación, refresca, como viento fétido, la antigua memoria del gansterismo universitario, trasplantado hoy, con sus nuevos matices y características propias al escabroso campo de la política y, más concretamente, al escenario electoral que estamos construyendo. No debemos permitir que ese pandillerismo de los activistas políticos florezca, se desarrolle y consolide. Es urgente exigir, fortalecer y dar vida real a la Fiscalía de delitos electorales para que tome cartas en el asunto y castigue a los pandilleros partidarios.

Si la violencia política prospera y termina imponiéndose como sustituto del diálogo y la negociación, el actual proceso electoral podría desembocar en una gravísima crisis de gobernabilidad política y social. Una crisis semejante, unida a la multicrisis desencadenada por la pandemia del Covid-19 y sus efectos colaterales, se puede convertir en una verdadera hecatombe de proporciones tan inimaginables como inmanejables. Los políticos que promueven la violencia y alientan los actos provocadores de sus activistas, están jugando con fuego y acumulando la pólvora que puede estallar en cualquier momento.

La violencia genera su propia dinámica y escapa fácilmente de las manos de sus promotores y ejecutores, ya sean materiales o intelectuales. Una vez desatada, no conoce límites ni objetivos, como el caballo del poeta Federico García Lorca “que se desboca/ encuentra por fin el mar/ y se lo tragan las olas…”

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