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Por: Guillermo Serrano

En septiembre comienzan a celebrarse en América Latina la independencia de muchos países del continente.

Desde Haití, que comenzó su revolución en 1771 hasta Cuba a fines de 1880s, las fiestas, desfiles y fuegos artificiales que recuerdan a los habitantes que ahora se es independiente… y muchos se lo llegan a creer.

Pero, ¿independientes de qué? No es independencia económica, ya que, en su conjunto, hablamos de 1,87 billones de dólares según los cálculos hechos en 2020, que deben todos los países del continente y del caribe a instituciones basadas en Estados Unidos y Europa, que prestan dinero con intereses para los cuales nunca alcanzan los presupuestos nacionales.

Tampoco podemos hablar de mucha libertad política, cuando las presiones de las potencias se hacen sentir en votaciones de la Naciones Unidas o en acuerdos bilaterales que se imponen, como lo dice un escudo de armas de un país latinoamericano, “por la razón o la fuerza”.

Además de lo anterior, tenemos que hablar también de la imposición religiosa, que ha campeado desde “el encuentro de dos mundos” para traer a las conciencias de los habitantes sojuzgados la presencia de un dios tiránico y castigador que podía mandar a la muerte a los que pretendieran cuestionar algunos de los extraños dogmas de los vencedores.

¿Será por eso que, en muchos de nuestros países existe un pesimismo que lleva a muchos a buscar en la emigración la solución a todos sus problemas? ¿Puede este fatalismo tener una incidencia en los 65 mil suicidios anuales que forman ya parte de las estadísticas?

Y, sin embargo, el continente latinoamericano y los países del Caribe tienen todo el potencial para darle un aceptable nivel de vida a todos sus habitantes ya que producen la cantidad suficiente de alimentos como para paliar el hambre mundial. Además, se tienen todos los minerales de los que se nutren los llamados países industrializados, pagando centavos por todas las toneladas que se llevan todos los días.

Hay, entonces, un problema que nuestra llamada independencia no ha podido solucionar. Y todas las celebraciones entonces, son un canto a la desesperada condición de millones que solo se contentan momentáneamente mirando los desfiles, explotando los fuegos de artificio, que a vece son una especie de escape a la decepción y la frustración.

Es tarea de los gobiernos latinoamericanos revertir la situación de desesperanza y comenzar un cambio en las condiciones de injusticia de todo tipo que se viven y se aprecian todos los días. Para ello, hay que ponerle un alto a la corrupción de funcionarios de gobierno y de empresarios cuya única meta es el enriquecimiento personal en desmedro de familias que se sacrifican todos los días, creyendo que hacen un aporte al beneficio común.

Los poco más de 200 años de independencia del continente deberían encontrarnos en mejor situación. Y para ello necesitamos un cambio de un hombre gastado y corrompido a un nuevo hombre renovado y con una nueva visión para salir definidamente del subdesarrollo y alcanzar el ideal y el sueño de los libertadores que dieron su vida en busca de un destino mejor.

(guillermo.serrano@ideasyvoces.com)

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