El Estado fantasma en la Honduras del coronavirus

 

Por: Erick Tejada Carbajal*

En Honduras no hay lugar para la sorpresa. Esa palabra la ha vaciado totalmente la narcodictadura. En el fondo no estamos sorprendidos por el presunto latrocinio de más de 900 millones dólares aprovechando la emergencia sanitaria mundial, ya sabíamos que eso iba a ocurrir.

Es el descaro lo que nos molesta. Pero en realidad lo que ha desnudado la pandemia va más allá inclusive de la caterva de políticos mafiosos que puebla Casa Presidencial. Se ha evidenciado un Estado inepto, inoperante y endeble. Construido (o destruido) así deliberadamente por la oligarquía local. La única fuerza con capacidad de logística y presencia nacional, son las Fuerzas Armadas, poco útiles en tiempos de emergencia sanitaria, de ahí, ha quedado evidenciado de forma grotesca que las élites hondureñas y la clase política tradicional han sido incapaces de consolidar al menos un Estado liberal medianamente funcional. Nos vendieron la idea de una república y sus instituciones. Nos dijeron que íbamos rumbo a la modernidad y el progreso.

En los ochentas, nos dijeron, asimismo, que éramos virtuosos, democráticos y civilizados por ir a votar cada 4 años disciplinadamente mientras las guerras civiles asolaban a los demás países del istmo. 30 años de ir mecánicamente a las urnas sirvieron de poco. Y al único gobierno que intentó atacar el problema de fondo de Honduras: la desigualdad material, le dieron golpe de Estado. Nos han mentido, siempre, nunca fuimos el país que FICOHSA y Televicentro nos quisieron vender con sus anuncios de la selección y la familia sonriente en derredor a un televisor con la camiseta blanquiazul.

Hay un metarrelato que se ha repetido hasta el hastío en Honduras y que es la impronta discursiva de algún sector de las élites: la modernidad, el progreso y la seguridad (léase bien, militarismo), acompañados de su brazo económico, sí, las políticas neoliberales. Suazo Córdoba encabezó la fachada de una democracia liberal legitimada por las ánforas electorales, pero que en realidad desencadenó una profunda militarización de la vida nacional. Callejas y su discurso de modernización del Estado fue un pretexto para el establishment y así poder privatizar algunas empresas estatales y desmantelar sindicatos. Después el Mitch, empezó a sentar las bases de la expansión de la marginación social.

Miles de millones de dólares en ayuda internacional se esfumaron sin rastro y la pobreza fue creciendo (aún más) como una sombra siniestra. Ante la aglutinación de esta juventud -excluida y en miseria- en maras, pandillas y barras, el Estado fantasma, ese qué sólo aparece para aplacar con violencia manifestaciones populares, reaccionó con represión -como siempre- y la sociedad catracha se tragó la narrativa de Ricardo Maduro y su lucha frontal contra la delincuencia mientras minaba a las clases medias con la devaluación galopante y otras medidas de “austeridad” económica.

Nos dijeron que éramos un país de clases medias. Que Maduro había saneado las finanzas públicas. También nos mintieron.
Los 10 años del Orlandismo fueron la materialización de la reacción conservadora a las políticas de inclusión social y democráticas emprendidas por el gobierno del poder ciudadano. Somos una sociedad de derecha, emprendedora, decía Micheletti, somos amigos de Estados Unidos, volvía a decir, con su voz carrasposa y lacerante, en pleno Golpe de Estado. Mientras el narcotráfico se relamía los bigotes y planificaba su asalto al poder de la mano de un tipo inescrupuloso y con desmedida ambición.

La pandemia ha desnudado al Estado de Honduras como un corpus que prácticamente sólo es funcional a la hora de reprimir, cobrar impuestos y proteger los intereses de un grupúsculo privilegiado. Es un Estado de la clase dominante, como meditaba Rosa Luxemburgo hace más de 100 años en “Reforma o revolución”. Si la comparación no fuese tan grosera, diría a su vez, que tiene algo de aquel Estado absolutista que definió Perry Anderson en aquel maravilloso libro justo con ese título. Hay entre 60-68% de la población en pobreza, y, entre 35-40% en pobreza extrema según diversos estudios. A través de teletones, caridad falsa y evangelización, se les pretendió integrar a la sociedad. Esa fue una mentira también, la exclusión social se profundizó y los pobres se multiplicaron.

Hoy, vemos que necesitamos a esas hordas de marginados, a los olvidados. Necesitamos que se queden en sus precarias casas, hacinados. Que no propaguen el virus. Hoy sí somos todos hondureños. Y si salen a vender sus productos para sobrevivir, es culpa de ellos y de su ignorancia, dicen, sectores de la clase media con sus refrigeradoras atiborradas de comida enlatada con etiquetas de Pricemart. Hoy nos damos cuenta que se ha forjado una sociedad profundamente fragmentada, individualista y con cierto repudio a todo lo que huele a público. Consumista y remesera. Una sociedad fallida que se ve indefensa ante la estructura de crimen organizado que ha terminado de saquear el país sistemáticamente.

Pero no todo es malo, como lo escribió Camus en “La Peste”, las pandemias también sacan lo mejor de las personas; la gente se ha organizado en lo que denomino autodefensas epidémicas. En otros sectores del país, muchos compatriotas han salido de sus casas -arriesgando a ser contagiados- a repartir comida a las aldeas más recónditas. A los lugares donde la crisis es una cuestión de vida o muerte. Varias medianas y pequeñas empresas pronto dijeron que no iban a despedir gente y que respetarían salarios.

Es el pueblo -los que no participan en las decisiones de país- los que han sacado la casta en medio de la emergencia sanitaria. Algunos grupos económicos poderosos han suspendido contratos y despedidos trabajadores. Algunas maquilas han obligado a sus empleados a trabajar sin las condiciones mínimas de bioseguridad o suspendiendo contratos también. El gobierno y el Congreso Nacional en manos del oficialismo, rechazaron la aprobación de un paquete de medidas dirigido a menguar el hambre de los desposeídos. La dictadura se apoya en el COHEP para legitimar su latrocinio, como siempre lo ha hecho. Y, el pánico cunde, la histeria se propaga con la misma letalidad del virus.

La gente sabe que el Estado que hay no funciona para ellos y que, más bien, es su enemigo y no su aliado. Saben que el Estado fantasma sólo aparece cuando hay que lanzar bombas lacrimógenas a diestra y siniestra. Los doctores, enfermeras, personal administrativo y de limpieza de los hospitales, se fajan diariamente sin los insumos básicos en la encarnizada batalla contra la pandemia. Ellos le dicen a la gente que no está sola. Y entre todos los hondureños, los de a pie, poco a poco, van volviendo a pensar en la importancia de lo común, de lo comunitario. Paulatinamente vamos viendo que juntos somos más fuertes. Nos vamos dando cuenta que el Estado debe de ser funcional a la mayoría de la sociedad y no sólo a la élite más miserable del hemisferio occidental.

Muchas lecciones nos ha dejado hasta ahora la pandemia. Lamentablemente ese 67% de la población segregada por sus precarias condiciones materiales, no tiene tiempo ni fuerzas de engendrar ciudadanía, ni de integrarse a la participación política. Su única patria es el hambre. Para la mayoría, su principal aspiración es llegar a la potencia del norte, al hegemón, y así, salir de esa pesadilla eterna que consiste en sufrir y morir en Honduras. La maquila más grande de emigrantes del planeta. La trituradora más implacable de sueños y esperanzas juveniles. Nuestra sociedad también es un inmenso fantasma. Quizá vaya siendo hora que decida aparecer.

Erick Tejada Carbajal
Zacatenco, Ciudad de México
7 de abril del 2020

Un comentario en “El Estado fantasma en la Honduras del coronavirus

  • el junio 15, 2020 a las 4:21 pm
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    hola mi nombre es oscar quisiera saber exactamente si Juan Orlando esta verdaderamente apoyando al hondureno o solo nos esta encerando para para hacerle creer a la ONU que honduras necesita esos fondo pero en si solo espara enriquecer mas la dictadura de JOH.?

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